La Venganza del Altozano I

La venganza del altozano

Don Ferrando, hidalgo apuesto y rudo, es antecesor de Don Juan Tenorio, y por sus periplos en tierras de Países Bajos, Florencia, Génova, Venecia, Sicilia, y Saboya, de Casanova. Hoy a sus treinta y cinco años harto de picar, suele visitar en la calle Tudescos un lugar por soldados bien conocido, el famoso Mesón de la Tinaja donde suele ir de rondas con sus amigos y viejos camaradas . Estos en ocasiones le solicitan consulta, y muy en especial, si hay faldas complejas que lidiar, pues hablan las malas lenguas, o las buenas, según tercie el interés, que no hay moza en España, que pudiere resistir sus encantos, no por guapo, sino por su lengua y pluma que le hacen atractivo con y sin motivo.

Hombre enjuto, rápido de movimientos y muy bien encorsetado, hecho en mas de mil crueles batallas, de espadas, guerras y muchas posadas, según se dice, posee en el fondo un buen corazón…, pero muy en el fondo.

Don Enrique, alma permanentemente en pena y fiel compañero y amigo de Don Ferrando pide consejo, a ver si puede, de alguna vez empezar un buen cortejo. Y así  transcurre y discurre la conversación y la historia:

— Y dime mi buen amigo. ¿Qué osa molestarte que tan preocupado os veo? Pues sabed que no por callado es necesario ser tonto, y que un buen oído vale mas que un riñón.

— No es menester juzgar ni el contenido ni el contencioso, que para líos, ya no está mi cuerpo, aunque puestos…, hasta el catre.

— ¿Catre?, ¿y esa es la raíz del problema?

— No mi querido amigo, el catre no es la cuestión, es el corazón, que no me cabe en el calzón, y es necesario indicar…, que está a dos tientos de sufrir una grave irritación.

— !Pardiéz que el problema torna grave!, pero hay fácil solución.

— !Fácil!, lo que se dice fácil, lo será para vos, que sois hombre de buenas palabras, verso y prosa remunerada.

— Pero D. Enrique, que de poeta, poeta, solo al comienzo, y siendo cuestión de bragueta, que una vez entrado en discurso, prefiero la prosa, pues con algunas groserías, se pone mucho mas hermosa. Sabed que el catre no es matemática, pero si ciencia y que a vuestra merced con un pequeño curso, no os faltará ni cita, ni audiencia.

— Buen humor nunca os falta D. Ferrando, y en especial con carne ajena, pero cuente, cuente y póngame al día con ese curso, que me pierdo la cena.

— Unos pequeños consejos, y luego un periodo de entrenamiento, que ahí está el sustento. Debe empezar por olvidar la vergüenza, andar erguido y parecer sin serlo…, un sinvergüenza. Esto no es tarea de diez minutos, pero empecemos.

— Supongo que nos llevará un buen tiempo, a ver si con tanta formación en breve cae un batallón.

— Pronto y bien empieza D. Enrique, que en la caza mayor, tan necesario es el humor como la compañía de un buen altozano.

— Pues a por el altozano  y que me venga de mano.

— Al porte y la desvergüenza debe añadir la etiqueta, y ésta, clara y concisa, y que se note la piruleta.

— !Coño, D. Ferrando!, que armado estoy, pero llevo daga, y en este terreno la pica no es viable, que para marcar, marco, ¿pero y luego?

— Si lleváis daga, simulad una espada. Luego Dios dirá, utilizad vuestra cordura, saber e inteligencia con un toque de zorrería, humor, un par de versos, y ya entrados en calor, mucha prosa, agua de Lanjarón y limonada de Moya para vuestra merced. Para ella, algunos mejillones, almejas y un buen vino blanco, que abre el apetito, y a veces con espanto.

— Ya tenéis  la receta, de manera que ahora os toca tirar de la carreta.

— Muy bien D. Ferrando, y hasta pronto, espero que este curso esté bien probado, y que el corazón por fín rompa la carestía, que el hambre acucia y a esta paso, termino con la malvasía.

Pasaron los meses y D. Enrique no aparecía, este motivo era de preocupación, pues no tenía noticas ni sabía de su paradero desde el curso de formación, por lo que a las dos semanas, y haciendo agravio del bolsillo, se dedicó a visitar todas las tabernas de la ciudad. Mira por donde, en esto que paseando por la Calle Mayor y camino de Casa Botín, apareció como alma que lleva el diablo.

— Pero  D. Enrique, !pardiéz! que no se nada de vuestra merced desde la antaña formación y andaba con suma preocupación. Pero si estáis como la bota de vino después de las viandas, escurrido y chupado de frente y de lado. ¿Cuantos días lleváis sin probar bocado?, pinta tenéis de haber dormido mucho tiempo al rocío.

— No me hable vuestra merced, que ando buscando escondite, que por tanta chanza, ya no me queda ni pito ni panza, y ahora estoy en busca y captura y a Dios rogando para que no aparezca ni se repita la escena.

— ¿Pero que me decís caballero, es que no os han ido bien mis buenos consejos?. ¿Que avatares os han tenido tan lejos de vuestra cotidiana vida?,¿Habéis entrenado y entrado en materia?

— Si no es por vos, creedme mi querido y buen amigo, es por la fortuna que tengo, que andaba buscando jaula para un buen pájaro y me encontré en la jaula y el pájaro atado.

— Amigo mío, os garantizo que no era mi intención haberos metido en semejante  lío, pues a Dios pongo por testigo, que solo pretendía enseñaros a conseguir algo de trigo.

— Vuelvo y repito que no es culpa vuestra, pues no encontré el límite en la meta, que por doquier os juro que he disfrutado de vuestra receta. Pero es de Ley,  saber parar buscando el equilibrio y en consecuencia, por abusar de la suerte, un buen altozano, no me dejaba ni el pié ni la mano, y no digamos  la bragueta.

— Pues bien os viene entonces esta experiencia, que la calle es la universidad, y lo que te llevas…, la renta.

— ¿Renta?, !madre de Dios!, ¿así llamáis a la tormenta?

— Relajaos, que después de la tempestad llega la calma.

— ¿La calma?…, será la de los muertos, que a este paso, me deja en los huesos y sin alma.

— Que no hay mal que cien años dure, Don Enrique.

— !Por Dios!, ¡ni cuerpo que lo aguante!

— Mirad que sois exagerado, ya será para menos, habréis de aprender que con las damas, hay que ser mas considerado.

— Pero Don Ferrando, si no es problema de consideración, es que si sigo, el cura tendría que haberme dado la extrema unción. Pero como vos me habéis dicho, y en aprender soy muy ducho, la próxima vez me tocará con cuidado estudiar el cuerpo del que temporalmente me habré de apropiar.

— No es menester que os culpéis, pues os garantizo, que unas veces llueve, y otras cae granizo, y para ello un buen sayo y hasta el cuarenta de mayo.

— Razón tenéis, en cuarentena me habré de poner, y buscar alguien que mientras espero,  me haga de cena, mero y cordero.

— !Pero hombre de Dios!, contad, contad que me tenéis intrigado y a ver si os puedo ayudar, siempre y cuando sea de vuestro agrado.

— Complicado lo veo, a menos que no os importe servir una temporada de señuelo, hasta que el tiempo olvide el chance  y de lágrimas seque el pañuelo.

— ¿Señuelo?, explicadme, pues algo se me escapa.

— Veréis, seguí a pié y juntillas vuestros consejos, todo iba a las mil maravillas, pues ese mismo día empecé con las prácticas, allá en las pedanías. Era salir, coser y cantar, que siempre había una buena moza esperando el yantar.

— Pero…, y entonces, ¿que ocurrió?, que me tenéis in albis.

— In albis estoy yo, que de tanto hambre que había padecido, no supe poner final a las viandas y en consecuencia ahora tengo que andar cabeza abajo, en agosto con sombrero de ala ancha y bigote recortado, pues me persigue un buen altozano, con cadena y candado en mano.

— No me digáis mas, por lo que veo, disteis con otra que tenía un corazón mas grande que el vuestro.

— ¡Ay si os contara!,  y qué siniestro, encerrado y encadenado me tenía en la bodega, dándome todos los días, buena cantidad de zumo de Moya y agua de Lanjarón, para que no bajara el volumen del corazón. Y para que no decayera, además me obligaba a comer como a un buen mozarrón y mire, mire vuestra merced en que me he quedado.

— Durante el día mientras el descanso la obligaba, yo no dormía, pues buscaba salir como fuere de tan brutal prisión, y por la noche, después de la campiña, o mejor dicho batalla, caía rendido hasta que volvía otra vez con el zumo de Moya y el agua de Lanjarón. Días enteros lamentando haberos hecho caso, pero al final y gracias a Dios, encontré la solución, pues se quedó sin remedios para mi corazón y no tuvo otra, que dejarme salir a por la receta, por lo que aproveché y cerrando la bragueta, salí corriendo como alma que lleva el diablo, hasta este momento que a Dios gracias me habéis localizado.

— Pero D. Enrique, si es que en todo hay que tener soltura, porque cuando se da con un toro, o matas o mueres, ese es un problema grave de mujeres, que cuando la plaza es grande, hay que pedir ayuda al primer andante, y salir por peteneras.

— Visto lo visto es mejor el celibato, que un te pillo y aquí te mato,  que para toro ya están los de Miura, que no soy nadie sin orejas y rabo, por lo que partiendo de ahora, me meto a cura.

— Ni tanto ni tan calvo, que vuestra merced es un hidalgo, que con un descanso, ganará mucho mas que rezando. Y…., para la próxima, anótese un tanto, que en esta vida tanto monta, monta tanto, vuestra merced o el altozano. Mas grave habría sido si vuestra doncella, no fuera bella, y puestos a monserga, hablad con ella con buena jerga.

— ¡No D. Enrique!, mas quiero vivir y seguir viviendo, en clausura en un buen convento, que a base de rezar hay buen sustento, que en estos casos mas vale el pájaro encerrado, que ave en cazuela. 

— Pero no sea tan severo, que una experiencia como esta la hará mas entero y a ciencia cierta, mil veces mejor que la omertá.

— Adiós D. Ferrando, que vuestra merced disfrute de sus encantos, que ya tengo bastante espanto.

— Adiós D. Enrique, espero que vuestra merced no vaya a tal residencia, pues el remedio que habéis buscado, carga mi conciencia y me vería obligado, a recluirme a vuestro lado, pues no quiero ser el culpable por haberos ayudado a conocer la ciencia de mi experiencia.

— Id con Dios Don Ferrando, que vuestras enseñanzas han sido buenas, mas no el enseñado, que no supo poner fin a la lozanía y de paso, ni os sintáis mal ni desolado, pues hincharme hice y de muy buenos bocados y ahora toca, lo que toca, hambre de lozanas y a pedir con la mano, para que no vuelva a repetirse, la venganza del altozano.

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