La Venganza del Altozano, capítulo III

LA VENGANZA DEL ALTOZANO

Capitulo III

A media mañana del día siguiente, Don Ferrando siendo consciente de la debacle del día anterior, prometió tomarse las cosas con mas calma. Agarró un poco de pan y queso que a duras penas pudo masticar.

— ¡Diantres!, ayer se me fue la mano y no fue con la espada, tanto esfuerzo elevando el codo no es sano. Un vino aliviará el temporal, eso espero.

Bajó las escaleras de la pensión en la que se albergaba, tanteando las paredes por si volvía el vendaval, sujetando las piernas con el honor que le quedaba, esperando que nadie le tomara por un don nadie que todo lo tragaba.

Pisando firme cuando podía llegó a su primera morada, allá donde las bellas lozanas, esperaban escuchar los versos que de su pluma escribía para hombres, doncellas y puritanas, acabando en miles de ocasiones, recitándolos él mismo por la mañana.

— ¡Buenas tardes Don Ferrando!

— ¿Buenas tardes?, qué rápido se me ha pasado el día, ponedme de beber, pero en esta ocasión con saber, no sirváis mis vasos, que ya lo haré yo.

— ¡Como ayer entonces!

— ¿Como ayer?, pues sírvame vuestra merced, pero con calma, que hoy ando buscando lo que me queda del alma.

A la segunda copa ya había recuperado el risueño, empleando el tiempo en su mesa y escribiendo con brío a la caridad del amor de su próximo empeño. Mientras el versado deslizaba el plumín sobre el papel arrugado, apareció el carnicero con fruncido rostro e inclinándose ante nuestro héroe, se dejó caer sobre la butaca para soltar sus penas y lamentos.

— Buenas tardes tenga vuestra merced.

— Muy buenas y agradables, ¿que le trae hoy por estos lares?

— La carta que ayer me dio, no ha dado el resultado esperado.

— ¿Qué ha pasado, que os ha dicho?

— Nada, que es lo peor, esto me está llegando al corazón.

— No os preocupéis que es parte de su estrategia, mantenerse firme y sin perder la compostura, pues si a la primera se dejara vencer, sabedora es que todo lo echaría por la borda sin poder recobrar la honra que toda mujer ha de tener.

— ¿Estáis seguro?, ¡yo no lo estoy!, no veo tan claro que por unas cartas con rima, suelte el rodillo en la cocina y se deje embaucar hasta el cuerpo entregar.

— Paciencia, hoy deberéis hacer lo mismo, colocando esta carta que os entrego en su almohada y esperad, mañana sabremos si las lee y que tal le va. Os la leo, a ver si así recuperáis el ánimo perdido, no puedo veros así de rendido.

¡Buenos días Sra. Marquesa!:

En este soleado día donde algunos alcanzan la gloria y otros esperan el turno de la victoria, aprovecho antes de seguir con mis labores, a deciros que, ¡esta mañana estabais linda con honores!

Ese pantalón que  os pusisteis, embellece mas vuestro precioso rostro, ¡sí!, y no me digáis que me deje de palabrerías, pues no hay nada mas bello que disfrutar de la sonrisa cálida y prieta del ajustado velo que lo acaricia.

¡Qué envidia!, ¿y si paso por el sastre le digo me transforme en un lindo y ajustado calzón?. Qué sueño, que anhelo, por fin tocando el cielo, pero y…, ¿si me deja hecho un desastre?, cuanto riesgo, ¿o no?, sentir ese balanceo que ahora solo veo, puede acarrear consecuencias imprevistas.

¿Lo veis?, no soy yo, es la tentación divina, o quizás el mismo demonio, que quiere que tiente para disfrutar y meter el diente…, donde hasta ahora no he podido ni por oriente ni por occidente. Otra cosa es poniente y… ¡Ummmm!, levante. ¡Que gozada y todo por delante!

¿Qué culpa tiene este desposado?, todos los días una obra de arte pasa por la antesala, alcoba y cocina, sin poder hacer otra cosa que observar la menina, ni palpar las poderosas razones de quien siempre he amado, hasta el punto de haberos transformado en mi única golosina.

Dejadme hacer y haré que sintáis el calor del fuego amable, para que con el roce se fundan nuestras drogadas almas, del natural narcótico que generamos mientras nos vemos, tocamos y nos besamos. 

Vuestra merced juega con ventaja, consciente del anhelo de mi fantasía, puesto que sabéis que os rindo pleitesía, mientras mi garganta se seca y acongoja cada día y cada tarde, hasta que el sino, crece y crece dando tanto dolor…, que arde. 

Siendo la hora de tornar a otra escritura, donde los bravos no riman pero saben lo que dicen, os dejo pensando en la montura, y a Dios gracias, para que no me parta un rayo y permita volver a ser jinete de trote y galope, hasta donde el cuerpo aguante, todo el tiempo por delante.

— Vive Dios que sois osado!,  ¿pretendéis que estando las cosas como están, le entregue esa misiva situándola con dulzura a su lado?

— ¡Pardiez, querido amigo!, pongo la mano en el fuego. Podéis estar seguro que no me quemo, quizás vuestra merced sí lo haga, pero entre el ego de sus pechos, con esta perderá la entereza que hasta ahora está protegiendo, pues no hay mayor amor, que aquel que nace del odio de un error. Y recordad, ¡sujetad bien los machos, que de esta no saléis ni a cachos!

— Pues espero que esos trozos no sean parte de vuestro rancho, ya sabéis que mi María sabe utilizar el cuchillo de la misma forma que vuestra merced la espada. Quiero salir de una pieza, y no por la ventana sino por la puerta, con la cabeza bien alta y la tranquilidad y el sosiego de mi alma.

— ¡Hombre de Dios!, id tranquilo y disfrutad del resto, si aún sigue en bravas, con la de mañana acabará rindiendo vuestro favor con tanto amor, que disfrutaréis de una plaza para toreros con destreza, aquellos que con un capote someten a la dama con dulzura y aspereza, para luego muleta y espada en mano, rematar la almena dejando su alma en trance ante semejante faena.

— Vuestra merced es capaz de convencer al diablo para que se haga monaguillo.

— Fue fraile antes que demonio. Id y cumplid con vuestra parte, que sin esa ni hay toros ni arte.

Así se marchó de nuevo el enamorado, pensando que quizás el sabio experimentado en la vida, tuviera tanta habilidad como para devolverle a su ángel amado.

El poeta de bragueta ese día templó el codo, llevando de compañera a prudencia, evitando incurrir en mas delirios de hígado, estomago y cabeza, rogando al Altísimo clemencia para que se llevara todos los males que hoy le habían sacudido a raudales. De manera que a la caída del sol y un poco mas, visto que nadie ocupaba la silla que tanto trabajo le daba, se levantó yendo hacia la puerta y aprovechando para soltar unas monedas al tabernero, comprando y sellando así el silencio del día anterior, los remordimientos lastraban su propia conducta manchando su honor.

Paseando en dirección a la posada, se le acercó una lozana con intenciones claras, seducir al soldado que tanta fama tenía con las damas. Este negó con una certera disculpa y sonrisa en la cara, la petición que le hacía la Marisa, así se llamaba aquella peligrosa pendenciera, ligera de cascos y una auténtica fiera.

— Buenos noches caballero, va vuestra merced de un poderío que no hay quien se resista a pasar la noche con tanto artista.

— Disculpadme señorita, no hay nada que más apetezca que un buen bocado, en vuestro caso de cualquier lado, pero asuntos me obligan a postergar tan excelente manjar, por otros menos agradables, no por ello debo olvidarles, por lo tanto vuelvo y os repito, en otro momento hay quito.

Así acabó la jornada, trastocada por don Francisco y por supuesto, la resaca pero sin nada que mereciera especial interés para seguir con las andanzas y demás chanzas.

Con los primeros rayos de aquel Madrid lleno de gitanos y payos, el Don Juan  se levantó, alabando al sol mientras vestía las ajustadas ropas que le marcaban la estopa. Lavada la cara y envainado el estoque se dispuso a dar un paseo por las calles aledañas, esperando que en cualquier momento de la mañana, alguien con talentos le diera una buena contrata, pues la bolsa aflojaba de tal manera, que en breve tendría que pedirle a su fiel carnicero, un bocado primero, y un venablo como protección después, porque seguro que su Tizona quedaría durante un tiempo empeñada sufriendo por estar tan mal acompañada.

Al medio día y después de la caminata, como era costumbre se dirigió a ver a su amada, aquella taberna que todo lo tenía y nada le daba.

— Buenos días tenga vuestra merced.

— A la paz de Dios y que no falte.

— ¿Os sirvo lo de siempre o consideráis esperar a que venga otro cliente?

— Últimamente escasean miuras y celosos, así no hay quien infle el zurrón. Por esperar puedo y espero, pero no es cuestión que os ocupe la mesa sin dar algo por ello, de manera que aunque ando flojo, servidme un buen vino, que estoy de antojo.

— A primera hora os vino a ver vuestro protegido.

— ¿A quien os referís?.

— A vuestro amigo Don Francisco.

— ¡Vaya por Dios!, ¿traía buena o mala cara?

— Cabizbajo, como un toro destronado.

— ¡Pardiez!, si es así, seguro que habré de verle otra vez, ponedme el caldo, que el ingenio y talento de la divina inspiración a veces llega por sí sola, y otras con un vaso y devoción.

Saboreó un poco de tinto para posteriormente coger pluma y el papel y sobre él, empezó a dibujar la caligrafía que tanto bien y mal hacía, según se leyera o interpretara quien fuera el destino de aquella dulce paradoja, que provocaba risas o llantos y otras…, espanto.

Cuando por fin consiguió centrar la atención en su labor, apareció el carnicero con cara de ternero degollado, o mejor dicho, antes del degüello, que una vez hecho el tajo, el animal ni siente ni padece, pero hasta ese final, sus ojos son el reflejo del alma.

— Muy buenos días caballero, hoy no os veo muy entero.

— Razón tenéis Don Ferrando, no me dice, no me habla y no me toca, si esto sigue así terminaré colgado de una estopa.

— ¡Pero que negativo sois!, ¿no os dais cuenta que vuestra bella doncella no puede ceder ni ná, ni un poco?, así pues tendréis que rendirla, hasta que ya no pueda con el toco. La estáis armando, pero de calentura amigo mío, mas pronto que tarde caerá rendida ante vuestros encantos, tened fe, mirad, observad, esperad,  tentad y matad, seguid esto pasos, y desfallecerá.

— No estoy tan seguro, ¿y si la indiferencia con la que me castiga, es la paciencia del verdugo?

— No le deis mas vueltas, estoy a punto de finalizar vuestra última carta, aquella que romperá el silencio que ahora protege poniendo fin a vuestros desdichados días, con su adorable compañía.

— Pediré una jarra, a ver si cae Baco directamente de la parra.

El poeta volvió al trance, buscando las palabras que rompieran el escudo que Doña María había puesto a su corazón, tendría que hacer una auténtica obra de arte, para con mucha cortesía, obtener por fin la pleitesía con la que soñaba el enamorado varón.

Fruncido el ceño, perdida la mirada y jarra en mano, el enamorado seguía con el sueño, aquel que le permitiría rescatar a su venturada mujer y de una vez volver a desnudar aquella obra digna del creador, que entes suya era y desde una mala decisión, solo podía con la imaginación, observando el transcurso de la magna obra de su mentor, hasta que al fin, se escuchó:

— ¡Voilá!, con esta última carta se acabaron todos vuestros males, ahora debéis leer y entender los anales, porque entre otras cosas tendréis que averiguar si vuestra amada ojea lo referido o por el contrario estudia pacientemente el contenido.

— En cualquier caso, ¿cual es la diferencia?

— Indiferencia no puede haber, pero sí, un amor muy retenido, por lo que debéis cuidaos para llegado el momento, cuando ella no pueda más y haya agotado el aliento, ser consciente que os amarán hasta dejaros inerte en el mejor de los casos, y muerto si nos hemos excedido, leed pues.

Para no avasallaros con tanta fina, cursi y desmesurada palabrería, hoy me propongo demostraros mi talento con las matemáticas, por ello mi dulce doncella, sabed que os la doy toda, toda ella…

El Cateto

Hoy de geometría va la cosa, puesto que vuestra merced, del sino, no quiere saber ni en prosa.

Sabed pues que un triángulo es un polígono de tres lados. Pitágoras hombre sabio donde los haya, creó un famoso teorema que lleva su nombre. Con este tema que hoy nos ocupará, hablaremos de grados por todos los lados, ya se verá.

Dibujad un hermoso poliedro, para darle algo de dimensión, que así será mas fácil explicar en esta ocasión. Ya de paso lo colocáis en pié, teniendo como resultado que a la superficie apoyada llamaremos…, base. Fijaos ahora hermosa dama, porque tocaremos la hipotenusa del cateto en esta trama.

¡No penséis mal, os lo ruego!,  ¡el cateto nada tiene que ver!, es el ángulo el que hay que medir, para estos menesteres os tendré que pedir algo extraordinario, pero que como ejemplo, es lo primario. 

Abrid vuestros ángulos, y fijémonos en la hipotenusa, ¡si ahí, justo en el vértice!, siendo esta la unión mas alta de ambos, ¡Ahí, ahí!…

Ahora dejemos al cateto que haga su trabajo, desde arriba hasta abajo, así hallaremos la superficie, y calcularemos también la temperatura.

¡Perdón, perdón señora!, que se me iba la cabeza, con tanto cateto y tan largos lados, a veces uno no sabe lo que reza.

Andábamos con la tesitura de medir ambas piernas. ¡Pardiez!, perdón de nuevo, que la imaginación se me desborda a base de tanta hermosura, siendo complejo este teorema, que de sexo nada tiene y sin embargo sale el tema.

Intentaré centrarme en el cateto de la hipotenusa o la hipotenusa cuando ve el cateto en el vértice de isósceles. ¡Rediós que me pasa!,  la fiebre me la está jugando, ¿o son los calores tempranos los que me están matando?. 

Siendo hoy el primer día de clase, viendo que las cuestiones que nos ocupan se me van en cada fase, os libro de medir los lados, para entrar en otros temas, igual de ardientes y mas salados.

Así os dejo, sola en la clase pues no puedo seguir teorizando la geometría sin estudiar la vuestra, esperando que algún día estrenar la muestra.

Una vez leído el mensaje que pondría fin a su triste desatino, el prudente carnicero leía y releía para saber ¡que coño aquello decía!, hasta que el creador de aquella magna carta, le dio el suficiente aliento para estar mas atento y entender aquello que ahora no lograba comprender.

— Veréis mi querido amigo, entiendo que dudando estéis, mas podéis cumplir tranquilo, pues esas letras son vuestro abrigo. Coged la esperanza que ahí os dejo, y no sigáis titubeando, os garantizo, que esta vez no será granizo el resultado de la cosecha, serán los rayos del sol los que os cobijen la mecha.

— Don Ferrando, no dudo de vuestra intención, mas estáis demostrando tanta devoción, que temo que mañana mi María cuando se de cuenta que ni hablo ni escribo semejantes fechorías, cambie de varas y de tercios.

— Me subestimáis Don Francisco. ¡Jamás, vuelvo y repito!, ¡jamás traicionaría la confianza de vuestra merced!, con ello demostráis no conocerme, pues si hay algo a lo que tengo apego, es a la amistad, que pocos dedos tengo, y sin embargo, faldas ni os cuento.

— Me mal interpretáis caballero, quizás no supe expresar mi sosiego, no es por vos, es por el miedo a perder aquello que amo con tanto anhelo.

— Pues marchad y no tengáis mas temores, que a fe y ciencia cierta os digo, que cuando vuestra amada os rinda pleitesía, deberéis aguantar los machos como en  Flandes, y hasta la muerte llegar antes de entregar la bandera, pues ese si, sería vuestro propio paredón y ya no habría solución.

— Aquí hay toro, de eso no debe preocuparse, y del resto… ya veremos.

Finalizada la conversación, ambos y de un apretón de manos, sellaron su condición.

El que utilizaba la poesía para ayudar con maestría, a aquellos que de verdad necesitaban del consejo y secretos de la amatoria, decidió tomar a Baco con armonía, tanto que bebiendo directamente de la jarra tuvo un sueño de marras, que le decía que su deseo se cumpliría, pero que del carnicero, no encontraría pieza entera ni el el cementerio.

Supuso que el efecto del caldo comenzaba a dar sus frutos, así que al rato y sin mas preámbulos, se retiró a su posada, evitando el exceso de humores para el día siguiente, siendo así consecuente y evitando los rumores de alguna que otra retorcida mente.La

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