La Venganza del Altozano – Capítulo IV

Capítulo IV

En una soleada mañana de primavera y la cabeza en su sitio, el maestro de la pluma y papel, oteó los primeros rayos del astro a través de la ventana, esperando que aquel nuevo día, tuviera un final feliz, pues su amigo bien lo merecía por todo el amor que desprendía.

Ya vestido y coselete ajustado, con  las armas que un preciado soldado debe tener, bajó las escaleras y torció a la derecha con la intención de dar un paseo y aprovechar aquella magnánima luz que Dios le daba para ajustar sus ideas y de una vez por todas, encontrar al cliente que necesitaba para volver a ser un hidalgo con la bolsa llena…, ya no le quedaba ni para la cena.

Sosegado y en paz consigo mismo, iba disfrutando del bullicioso ruido del gentío que rodeaba los puestos de carnes, pescados, frutas, verduras y flores. Viendo que era la hora de un buen almuerzo, tomo el camino directo al lugar sagrado, aquel donde escribía y daba lo mas amado, donde unos le rendían honores, y otros obligada pleitesía para evitar el temido cruce de espadas y puñales, del que era tan valedor como con la pluma que a él, tan bravamente le servía.

Saludando a izquierda y derecha a cualquier dama o doncella que se le cruzaba, llegó a su acostumbrado figón, en el que le daban buena comida sin quitarle un riñón.

— Buenos días tabernero.   

Éste situó en su habitual puesto, aquel que todos conocían por ser del mas apuesto.

— Buenos días Don Ferrando, hoy se le ve mas fino y relajado.

— ¿Sabéis algo del carnicero?.

— Aún no ha aparecido, pero a buen seguro que lo hará, y de buena cara en esta ocasión

— ¡Eso espero!, merecidos tiene ya los favores de su María, aunque con semejante carácter, puede ocurrir de todo, que lo ame hasta la muerte, que de carestía lo deje inerte o simplemente de un certero tajo,  le cercene sus honores para luego depositarlos y cuidarlos junto a las flores.

— ¡Pues anda bien el patio!, vaya favores que le hacéis entonces.

— En líos de faldas puede ocurrir de todo, que el toro salga ego de victoria, o que la brava le dé una de buenas, en las penas. Servidme unos duelos y quebrantos , que hoy ando con buen  apetito.

— Imagino que con riego.

— ¡Faltaría mas!, ¿que son las viandas si no las acompañas con un buen zumo de vida?

Tomada la comanda, el cantinero llamado por todos José, se fue a la barra, aquella donde tantas veces había servido a todo tipo de gentes, buenas y malas, truhanes y macarras, que de todo viene a este buque, desde un miserable hasta un duque.

El creador de cartas de esperanza, mientras esperaba la chanza, discurría que sería de su gran amigo, unas veces compañero de jarcias y otras valedor. En esas estaba cuando de pronto apareció Don Francisco, humillado, cual soldado que pierde y hunde la rodilla, rogando que solo sea una pasajera pesadilla.

— ¡Por Dios!, ¡vaya pinta traéis!, estáis como si os hubiera pasado por encima toda la carga de la caballería.

— Y así ha sido Don Ferrando y buenos días. ¡Ya no puedo mas!

Ocupó la butaca frente a su amigo, esperando que Dios le diera la sabia definitiva que le permitiera ganar aquella guerra, pues batallas…, todas las había perdido.

— ¡Ponedme al día!, que si seguís así, poco podré ayudaros.

El hundido personaje, cabizbajo y sin coraje, ni hablaba ni sentía, o al menos así parecía aquella masa humana deshecha y tirada y un millón de veces maltratada.

— Don Francisco, ¡poned los arrestos sobre la mesa!

— Pero si ya no me quedan.

— ¿Os los han cortado?

— Peor aún, pues así al menos no tendría la necesidad de dárselos a mi ser amado.

— ¡La madre que os parió!, y ella no tiene culpa. Sabed que así no llegaréis a ningún lado, os falta la seguridad que cualquier mujer que se precie, necesita para saber que su compañero es su hombre, la de esa especie que con sus prestaciones, la deje henchida de vanidad y orgullo, suspirando mientras cocina, compra o trabaja, perdida en su mundo, soñando con verle y volver a sentir el cielo con el mismo anhelo con el que un suspiro le da la vida.

El sermón dio los frutos  deseados, levantó la barbilla alzando la vista, hacia los ojos de su mentor, que tanto interés estaba poniendo en su favor, y pidiendo disculpas…

— Tenéis razón, ¡pero es que ya no puedo mas!, el corazón se me parte y estoy perdiendo la sazón necesaria para dejar de parecer un paria. Ella me puede, me quiere…, pero no me deja, me necesita, pero me da lentejas, y así…, así no puedo continuar, prefiero como vuestro amigo Enrique, convertirme y vivir entre rejas.

El poeta se revuelve en la silla, dando un fuerte golpe en la mesa.

— ¡No, eso no!, a mi no me vengáis con esas, soportaría perderos en lances  de alcoba con vuestra María, ¡pero ni en broma en un monasterio!, debéis volver a recuperar vuestro risueño, aquel que tanto la enamora y por la que pierde el sueño, a mi no me carguéis mas la conciencia con otro amigo pidiendo a Dios clemencia, mientras se azota como un auténtico idiota, ¡antes os finiquito yo! 

— Vamos Don Ferrando, se que no queréis recibir la visita de la Santa, pero no es para tanto.

— Vuestra merced no sabe que ánimos gasta el fraile inquisidor, prefiero cruzar la mar océana a nado, que aguantar dos veces las gracias del aniquilador.

En esas estaban los dos amigos, uno bravo y justiciero y el otro derrotado y perdido el honor del fiero, cuando de pronto una lozana tapada de arriba abajo, entró en la taberna, clavando la mirada en la coronilla del carnicero y sin esperarlo, se lanzó sobre el cogiéndole del brazo con tanta fuerza, que la víctima creyó llegada su hora.

— ¡Venid sinvergüenza!, que dejáis los trapos sin lavar, y ¡eso…, eso no!

— ¡Doña María!, no os esperaba por estos lares, ¡que hacéis!, ¡no tratéis así a un hombre en público!

— ¡Vuestra merced!…, ¡a callar!, si no queréis mancillar vuestro honor y apellido…, que con mi marido, ¡tengo ahora mismo que hablar!

Don Ferrando, viendo lo que se avecinaba intentó aflojar a la casada, buscando piedad en su mirada, pero no la había, mas bien parecía que el carnicero pasaría a ser parte de la carnicería, colgado y abierto como una vaca,  un cordero o un toro mal avenido, porque de esta no le salvaba ni su espada.

— ¡Pardiez, doña María!, no se que os pasa, jamás os había visto con tanta energía. Id con vuestro esposo, pero ¡por Dios os lo pido!, no le hagáis mas daño, su corazón ya no es el de antaño, que a base de tanto sufrimiento como le habéis causado, está casi en el otro lado.

— ¡No aguanto ni mas tonterías ni sandeces!, ¡que este hoy lava!, ¡vamos lo va a dejar todo como la patena!

La herida dama tiró del brazo del casi muerto, solo le quedaba eso, un par de hostias en el huerto, mientras que los allí presentes, callaban y miraban a otro lado, pues a justas de mujeres no estaban acostumbrados. Aquellos valerosos hartos de mil guerras y batallas, agachaban la cabeza, por sin venir al caso, sufrieran ellos las desvergüenza de un tirón de orejas sin saber, ni cómo ni por qué había llegado.

Don Francisco arrastrado por la fuerza de aquella fiera, se tambaleaba como los que sufren la tortura de los inquisidores, sabía que ahora ya no tendría mas vida y mas honores, ella…, su mujer, su dulce, su antojo, en presencia de todos le había dejado hecho un puñetero despojo.

Cuando se hubo ido, los altaneros hidalgos que allí bebían y almorzaban, empezaban a levantar la cabeza, pero con cuidado, no sea que una cornada les viniera de costado, hasta que hizo entrada otro valeroso soldado.

— ¡Vive Dios Don Ferrando!, ¿qué pasa aquí, que no se oye ni una mosca?

— ¡Han salido volando!, solo quedamos las ánimas de los vivos que hemos sido testigos, Don Enrique. Sentaos y hacedme compañía, que hoy os juro que la necesito, nunca jamás había visto semejante ultraje a todo un personaje.

El compañero de lances en batallas y otras chanzas, tomó asiento en la afamada butaca y con el semblante muy serio, interrogó a su colega.

— ¿Que ha pasado para que no se escuche ni siquiera un murmullo?

— El barullo ya lo hubo unos minutos antes de aparecer vuestra merced, ahora ni Dios se atreve a levantar la voz, no sea que le toque a él el demonio que ha pasado y con tantos cojones a Don Enrique se ha llevado.

Don Ferrando puso en antecedentes a su viejo camarada, decidiendo darle el turno al vino.

— ¿Y me decís que se le llevó en volandas?

— Por decirlo de alguna manera, pero os juro que fue mucho peor. No me gustaría estar en su pellejo, si es que le queda algo, ¡claro está!

— Desollado como un pobre cordero, así va a quedar nuestro querido carnicero.

Pasaron las horas hasta que el espíritu patrio empezó a recuperarse, Baco todo lo puede, quitando las penas a base de alcohol en vena, jarra va…, vaso viene, hasta que se hizo la noche, fue entonces cuando Don francisco apareció con brillo en sus ojos, altanero y entero, de una pieza se acercó a la mesa, sirviéndose una copa del caldo que allí estaban tomando y levantándola brindó:

— ¡Gracias Don Ferrando!, hoy he cumplido y arreglado ese corazón herido, restableciendo así la armonía del amor que tanta falta hacía a mi amada, y a mi mismo.

—¡Brindo por vuestra merced!, querido amigo, visto lo de hoy, pensábamos que mañana serías carne de mordisco.

— Traía tanta rabia y amor desmedido, que me ha dejado para el arrastre. Os garantizo que jamás volveré a cometer errores que me impidan amar a mi María de noche y de día. Le dejo una buena bolsa, que bien merecida la tenéis. Gracias a vuestra sabiduría, he recuperado lo que mas falta me hacía. Ahora os dejo, no quiero perder ni un segundo más del cortejo.

— Id con Dios y tomaos las cosas con calma, no es necesario dejarse el alma en la primera batalla, que la guerra puede ser dura y larga.

— ¡Gracias de nuevo!

Y así se despidió el ahora afamado marido, preparado  para lance y  las justas con su mujer, ahora y por doquier, dispuesto de dejarse la vida por tanto querer.

Pasaron los días y Don Ferrando nada sabía de su amigo el carnicero, tal que un sábado como otro cualquiera, mientras a base de vinos y tapas, las mejores del tabernero, brindando como era menester después de la cuarta, quinta copa o yo que sé, escuchó las puertas del paraíso en forma de campanas, aquellas que avisaban que algún alma buscaba el camino de la gloria, esa de la que tanto se habla desde que tenemos memoria, pero que nadie tiene prisa por ver.

— ¡Repica a muertos!, ¿quien será el desdichado?, vaya día para morir, en sábado unos se van y otras a punto de parir.

En esas que el poeta hablaba a solas, consigo mismo, como tantas y tantas veces había acontecido, avistó la puerta y le vio parar, mirar y seguir su camino, entonces dio un fuerte golpe en la mesa, rompiendo la jarra y pronunció.

— ¡Adios Don Francisco!, ¡que Dios te tenga en su gloria!, porque podéis estar seguro, ¡que siempre estaréis en mi memoria!

Dicho esto en voz alta, bajó la cabeza, se cubrió con el sombrero de ala ancha y sin siquiera pagar su deuda con el tabernero, salió de la cantina, sin prisa, sin esmero, de nuevo había vuelto a perder a otro amigo, otro que su ayuda le había pedido y que él no le había negado, y gritando al cielo.

— ¡Dios!…, ¡hoy te he enviado otro siervo!, ¡otro ser humano que de amor a muerto! luchando como un soldado por la noble causa de su esposa. ¡Esta si es forma  dulce y honrada de irse a vuestra diestra!, ¡Amén!

Y así volvió el altozano, a tomarse la justicia de su mano.

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