El cuento de nunca acabar

Queridos amigos y amigas:

Me apetecía escribir algo diferente, una parodia de la vida misma, y por una de esas y aprovechando un pequeño relato de mi puño y letra con el que respondí a otro sitio, comencé la idea. He de decir al lector, que aunque parezca rebuscado es un acertijo entrecruzado, un requiem a la muerte y al olvido, un cuento, que para el que me conoce, sabe lo que digo, pero eso sí, analizando cada paso, como cuando buscas algo y te cuesta. Una realidad más de nuestra vida hecha jirones por los amargos y dulces sabores de la travesía en la que estamos.

Que ustedes lo disfruten, ¡si es que pueden! 😉

El cuento de nunca acabar

Con el tintineo de las copas, una tras otra, empezábamos a recuperar las ropas, que perdidas en otros tiempos y lugares lejanos a conciencia o sin ella dejamos.

Esa piel invisible para unos y palpable para el aventurado, estaba de memoria colmada de momentos complejos de la historia, de la que duele y de la que el bien consuele, pues en unas no había justas, las mas dolorosas y en otras que sí, con sonrisas el gallo de mañana acontecía.

Hoy a mis años en la reserva, nada me enerva más, que vivir de mis gloriosos recuerdos, de las añoradas tierras en las que de niño, aún un poco desvalido, al vecino le quitaba el maíz, zanahorias y patatas para compartir con mis aguerridos compañeros en la brasa de aquellas enormes fogatas, soñando cuando nuestras largas sombras veíamos moverse en las paredes, ¡que ya éramos mayores!

La melancolía y el anhelo de volver a vivir las experiencias, en aquel entrañable pueblo, a veces me desbocan la furia y el recelo, pero en otras, encuentro el consuelo de haber disfrutado de la hospitalidad de aquellos que me la brindaron en esta capital.

Somos de donde pacemos, eso reza y dice el famoso dicho, ¡mas os juro que ahora mismo!, ¡el que pace no reza! y si hace falta ¡se come el bicho!, pero luego… al rato… mas tarde, repasando la frase, voy y me digo, ¡pero por Dios!… !si esto es un nicho!

Y así es, porque viviendo del recuerdo no nos queda nada que vivir del futuro, pues solo miramos atrás, cuando debemos alzar la cabeza como chulo por Castilla, que es ancha, pero para mí, ¡no lo suficiente! Esta dichosa mente que se va y vuelve de repente, a traerme la tristeza y la añoranza cuando delante de mi tengo a Sancho Panza, y si no es él, ¡pardiez!, lo creo.

Soñando así, luchando con el final y con el destino, tomo un café, otro, que no es hora del vino, ¿que será de Baco?, fiel compañero de todos y todas durante algunas temporadas, en las que en ocasiones de buenas andanzas, se nos antojaba abstemio. ¡Vaya toalla!, y en aquellos tiempos no estaba de moda el bocadillo de caballa, que el zurrón llevaba queso, pan y chorizo, que si la necesidad era de pescado, ¡íbamos a otro lado!

Mirando al alba, compungido y herido por los tiempos pasados, de recuerdos hendidos y urdidos eternamente en mi conciencia, repaso la enciclopedia, desde la primera hasta la última encíclica de esta vida en la que estoy, y en la que estuve. ¡A lo hecho pecho!, ahí va el mío, asumiendo los errores como el que asume el divino pecado, perdonando la magnitud de una obra aún sin acabar.

—¡Hostias, que carajo!, anda y que le den al grajo, que vuele más alto, que ya está bien de quejas sin sentido y sentido sin quejas. Dicen que el que no llora no mama, pues que empiece el primero, ¡leches!, que ya veremos a quien le toca luego, pero a mí…, ¡a mí no!

Y así discurriendo las miserias de la vida, hablando conmigo mismo, un ojo abierto y el otro al descubierto, observando el general plano y el estrellado horizonte, dóime cuenta que viajando estoy o quizás en el otro lado, en la solar barca camino de los tribunales de los dioses. Es entonces cuando por el trayecto, un ave se presenta en la mitad de mi destino, cantando, balando, ladrando, rebuznando, vamos por el… y me dice:

—¡Id con Dios!

Cruzo la mirada de esos rapiñados ojos, y aprecio que hay un incandescente destello en ellos, es la furia de los míos y me doy cuenta que ya se sabe la respuesta.

—¡Id vos, que yo no tengo prisa!, y ya da paso le decís que me dé más tiempo, pero rogando. Así el del mal agüero se marchó, sin decir ni más ni menos, relinchando graznidos de locura, la del negro corcel halado que torna su forma según quien le haya llorado, pero que cuenta se ha dado que el que la pone, sigue vivo y con el cirio preparado.

Ya en la firme tierra, medito, pienso y al tiempo otorgo un prologando plazo de aburrimiento, aún no estoy jubilado y ya estoy medio pirado, ¡manda huevos! Esta puñetera desidia me está cabreando.

Salgo a la calle, soñando con la primavera, para adorar la belleza, el arte, la perfección de la arquitectura, y recoger el bálsamo de la sabia y el vigor de la existencia.

—¡Sí!, la que me hace falta, ¡y no me andes con chorradas!, que a la vista nada malo hace disfrutar del paisaje en movimiento, el de las esculturas finamente talladas, a mano, cincel y lija, pero de la Divina Gracia. Ave que vuela a la cazuela, aunque con esas pintas, no hay quien coma ese despojo, así que fuera, inmundo ser malvado, ¡anda y que te den!, por donde quieras, pero déjame saborear la vid, el jugo que me da vida, que hoy solo voy a estudiar catetos.

Unos catetos que van, otros que vienen, ¡si supiera lo que son en realidad!, ¡tela!. Todos ellos unidos en un punto, el de siempre, el culpable y creador de las pirámides. Esos egipcios sí que sabían lo que hacían, ¡sí!, una enorme escultura femenina, una hipérbole de la física, y no precisamente de la relacionada con las matemáticas.

—Esto es vida, y lo demás cuento, tocar no puedo, pero volar y soñar… ¡hasta el firmamento!

De uno al otro lado, pero el punto firme y en buen estado, sujeto justo debajo del ecuador por dos reales cordilleras.

—¡Eso es monte! y lo demás…, ¡orégano!

Ángulos que van otros que vienen, pero, pero… ¡por Dios!, qué vértices, ahora entiendo a Pitágoras, ¡ahora sí, coño!, ese sabía más que los indios coloraos, ¡la madre que lo parió!, Newton con la manzana y el otro midiendo áreas. Ese pedazo cabrito era sastre, por eso aprendió tanto y tan deprisa, si me lo hubieran explicado así en el cole…, a la primera lo habría entendido, pero claro, en aquellos tiempos una exposición tan realista, y el cura salía hecho una fiera a ver a la caridad, y estudiar mejor la teoría con un poco de práctica.

¡Mira por dónde!, si es el pajarraco de las narices, pero viene blanco, ¿habrá sido por naturaleza divina o por tan evidentes cuestiones?

—¿Qué te trae de nuevo?, de nada te sirve el cambio de traje, que el hábito no hace al monje. ¿Por qué cantáis tan plácida y de melodiosa manera?

—Es vuestra clemencia la que me ha llamado, la inocencia del alma, vuestra candela llama a la esperanza y clama al cielo con el mismo anhelo con que Dios os dio la vida.

Ese bicho estaba empezando a caerme un poco mejor, pero que no se haga ilusiones, que esas me las quedo yo, ¡faltaría más!, solo faltaba compartir los deseos, ¡pero bueno!, ¡qué se habrá creído!, antes negro como la muerte y ahora ¡blanco, vivo y con gracia!

—No puedo fiarme de vuestra merced, en los días grises traéis ponzoña y miseria, cruel desatino que ahora negáis en esta plaza.

Desplegó las alas mostrando todo su cuerpo y batiéndolas habló de nuevo.

—No soy paloma, gorrión, águila o cuervo, soy Fénix en su mismo nacimiento, tú me has salvado de la hoguera, del mismo infierno del Averno, vengo a disfrutar de los conceptos que ya había perdido, de la gloria de los sabores, olores y vista, así que aquí me tenéis, a vuestro lado, esperando que me aceptéis como compañero de alegrías, vinos y placeres, con o sin quereres que para eso estamos dispuestos.

¡Pobre chaval!, quién lo diría, a estas alturas y empezando a saborear la existencia de la creación, gozando del ocaso de cada día como el que ve el comienzo de una noche que nos devuelve un renovado sol. Habrá que darle esa oportunidad, que le quitaron los egipcios cuando era Benuu, para que los griegos y los árabes le dejen en la paz, que por una vez venga y no se vaya y no se cumpla esa maldita presencia del fuego y su agonía.

—Ponte a mi lado amigo, pero prometer no te prometo nada, vuestro entusiasmo me agrada y como compartiendo se aprende más y mucho antes, aprovechemos y a cantar vayamos, pero primero es necesario un bautizo, ¡el tuyo!, para que esa ilusión te permita ver la realidad como un sueño, ese que muy pocos somos capaces de sentir, volando hasta el recóndito paraje, el más escondido en la imaginación, ese universo engalanado de diminutos puntos blancos para unos, y enormes y vivas estrellas para nosotros.

Hablando de sus experiencias y mientras en dirección a la iglesia marchábamos, el recién llegado fue cambiando su física presencia por la de un ser más honrado, a mi vera se dispuso la feliz compañía de aquel animal de verdad halado, cuatro piernas tiene el gato, pero no era tal.

—¡Que no!, que no me engañas, que lo haces fatal.

La transformación surgió y del resultado de esa metamorfosis total, un animal empezó lamiendo y corriendo de par en par, saltó a mis brazos y no pude más, por su corazón me había ganado el muy cabrón y en un puñetero pispas, dándome lo que me faltaba, compañía y felicidad.

Una vez en la iglesia, la del parque la de toda la vida, donde la curia ni reza ni se tira todo el día, a Baco me encomendé, que nunca hubo Dios más comprensivo que el que dejar… te deja hasta con la vida fornicar.

—¡Camarero!, un par de vinos y los que se tercien, ¡coño!, que somos dos y los que vengan.

Acompañado de aquel chucho de tres al cuarto y mitad, me acordé del pájaro y caballo que graznaba, relinchando el mal agüero, ese que te da por un lado y por el otro, siempre con el mismo esmero, que viendo lo puro que era en sus principios y a Dios rogando para que no cambiara, con el tiempo tornó en lo que precisamente no quería, intentando además que por sus santas quietudes todas las virtudes que amé se fueran de verbena, la de la Paloma o la procesión de los borrachos, ¡manda huevos!, pero por correo, los aprietas y que no se rompan. Qué pena me da San Donato, es cosa de mujeres atarle con fuerza los atributos, ¡si señor, con dos!…, hasta que su pobre Santidad, que culpa ninguna tiene, buscando tenga que andar lo que la fémina perdió, ¡tela! y luego dicen que no dejan cicatrices, hasta en las más sensibles y nobles partes del hombre.

—Perro, tú a mi lado, ¡eh!, a ver si alguna bendita perruna le va a dar por engañarte como a los demás, que el patio está harto complicado para los varones, ¡por mis talentos! que no es poco, redondos, duros y apretados, como mandan los cánones, ¡a los míos me refiero! y que al final, son lo mismo.

—¡Guau!

—Lo sé, y tienes razón.

Entre vino y copa, vino la estopa, allí andábamos más felices que en los cuentos de hadas, nadie nos decía ni maldecía, pero sí miraban, pero al pairo nos las traían, las de aquellas gentes que con su puñetera cordura aflojan verbos maltratando la literatura al pobre que le escucha y cuando surgir, surge uno de más talento, lo envían a tomar viento, que no se diga, que es más fino el aire aunque mierda suelte.

—¡Ya estás con lo de siempre!

—Y a ti, ¿quien carajo te ha llamado?, anda y marcha por donde has vuelto, que estoy en gratas y agradables conversaciones con este can tan bien parecido, honrado como Dios y sincero como el alcohol.

—¡Guau, guau, reguau!

—Creo que en lugar de llamarte lo que eres, voy a utilizar otros nombres más adecuados, por eso y tal como dijo el pajarraco original, con Fénix te vas a quedar, que gusta y bien te lo mereces.

Mi querida y amada contraria desde inmemoriales tiempos en los que no dejábamos justas sin discutir como es debido, nos abandonó con muy terca mirada. Quizás sea por mi nuevo amigo y sus afilados dientes o porque por suerte y de repente, cansado se había de dar tanto por la popa, o simplemente esa perfilada y afilada lengua decidido haya dar a este caballero una tregua. No obstante sea el motivo que fuere, bien me venía, por lo que quejarme, no tenía sentido y si lo hiciera, seguro que cobraba algún capricho, de manera que aproveché ese viejo dicho que te alienta a vivir el momento, que volver, seguro hará el bicho.

—¿Otro vino fiel camarada?

—¡Guau, guau!

—¡Pues si que andamos bien!, ahora eres tú el que ordena, con triste felonía que parar debemos un rato de alzar el codo y pronto me parece, que con un par que llevo me falta mucho para estar beodo, pero caso te haré, vayamos a otra farmacia y allí seguimos la gracia, para vuestra merced el cordero y para mí que siendo no quiero ser egoísta, lo que acompaña a la tapa. ¿Os place?

—¡Guau!

Lejos estaba el otro pulido altar, diez minutos andando y claro, como éste acaba de llegar, no sabe los cuartos que cuestan las botas ¡carajo!, que yendo y viniendo de esta manera el caldo saldrá más caro que un reserva de la viuda, la que puede venir en cualquier momento si no me arrepiento de todo pecado mal curado, o vuelve el tormento a darme mi ser amado.

—Este establecimiento o no está del todo mal compañero, aunque no sé qué podrán con el pedido de vuestro bocado, ni por supuesto con el acompañamiento que habrá de servir para haceros compañía mientras dais el tiento de un jamón bien curado.

—¡Camarero!, dos tapas con sus respectivas guarniciones. Ya de paso os ruego que sea de líquido rojo y bien armado, de la tierra y si no lo hay de la otra, que a estas horas no discutimos ni por ello ni por la potra. Buena pinta traen esas salvas Fénix, pero cuidad, que no llevan llamas ni tiro para la vida segar, que a mi lado estaréis y seguro os sentiréis, ¡válgame Dios! y que me parta un rayo si cumplir no cumplo la promesa, viejo camarada.

Empezaban a cerrarse los algodones del cielo con velocidad, tornando del blanco sereno al gris de la verdad, cuando un fogonazo, de esos que te dan el paso a otra ciudad, dejóse caer sin ninguna suavidad sobre un alcornoque, uno de tantos que anda y desanda sin cesar rompiendo favores, fervores, honores con o sin maldad.

—¡Boooooom!

—¡Guau, guau, guauuuu!, ¡auuuuuuu!

—¡Leches!, que ha caído en el árbol, tranquilo que aquí estamos bien resguardados de la luz del trueno, y habiendo como hay uvas, cebada y centeno, mal se nos tiene que dar para no aguantar esta tormenta. A ese le pasa lo que tenía que haber sucedido, tanto corcho en la cabeza no es un buen aislante, ya lo has visto, ahora parece un plástico churruscado, otro capullo que llorar hacía y mucho, consecuentemente y por correspondencia le han enviado la réplica de las súplicas, y ahí se ha quedado, después de tanto rogar, ¡oliendo a quemado!

En esto apareció otro ser halado, blanco nuclear y con alas para volar. Relinchando el uno y ladrando el que a mi lado estaba, ¿cómo iba a decir que no?, de manera que nos subimos al potro y a navegar, que son dos días los que estamos, o tres si con suerte no aparecen antes de tiempo Seth y Zeus soltando latigazos que fulminan a cualquier mamífero llorón, que intentando sacar más provecho del necesario, se torna en un auténtico mamón, ¡y no es palabrota!, puesto que el que mama chupa de algún sitio, y casi siempre con premio, como en las ferias, siempre toca o un pito… o un par de pelotas. Y así pasó, volando entre las atiborradas nubes de negro satén, de tanto pedir, la luz apareció, tan intensa como la realidad de lo que empieza y siempre tiene el mismo final.

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