Crónicas de una asociación versal.

Crónicas de una asociación VERSAL, “piensen vuestras mercedes lo que deseen.

Viernes día nueve de octubre, 13:50 horas y la alfombra roja aterciopelada y en cruz a las puertas del punto de encuentro, el restaurante La Flamenca en los Acorcojones, ¡los de toda la vida!, dando a entender que cualquier entrada era buena para los asistentes de la primera reunión de dos grandes de la literatura, por la izquierda, por la derecha, por el centro, pero…, ¡pero por detrás, no!, ¡ehh! Por detalles que no vienen a cuenta, todo se quedó en asfalto, unas colillas, algunas servilletas arrugadas en la acera, pero bien dibujadas, que parecían de verdad. Vaya artista el escultor, ¡sí señor! o señora, que también puede ser, incluso pintura al más puro estilo del hipermágico realismo.

Por un lado Don Ismael Álvarez de Toledo, tieso y recto, digno del porte distinguido que lleva en la sangre, como presidente de esa gran Sociedad Iberoamericana de Escritores. Por el otro, y dando la bienvenida, Ángela Piña, de ambas asociaciones y el resto de los mortales y miembros de la cuna literaria por excelencia de Alcorcón y otros lares…, Alfareros del Lenguaje, otros muchos dones , aunque todo hay que decirlo, ¡sin cojines!, Don Enrique E. de Nicolás, Rafa Gálvez, Ignacio León, nuestra Matilde, Julio Valencia, José Francisco Sastre y las damas y damiselas que por ello y queda mal, trataré de sus mercedes, María Rey y Altamira Sarabia, empresaria a la que debemos entre otras cosas el certamen literario internacional de Microrelatos “Dando vida a objetos inanimados,” www.compraventacoleccion.com que en colaboración  con Thelma del Escritorio del Búho, nos han permitido crear un sueño que ya es realidad. Por supuesto y que no falte el cronista de siempre, al que ya conocen sobradamente todos ustedes, on Fernando Cotta, al que falta la d para que se cumpla la profecía del idioma de la iglesia, ya saben ustedes, Don sin Din…, rimen sus señorías…, en latín.

Saludados unos a otras y otros, como es de Ley y acompañados por unos ruedas, riojas y crines de orina de caballo, ¡perdón, que no estamos en el siglo XVI!, a las cañas de cerveza me refiero, comenzó el acercamiento entre ambos entes, ¡en ten cuidado que me tiras el vino, ¡hostias que salpica la cerveza!, que te doy la espalda, ¡perdón!, y esos menesteres tópicos y típicos de los sitios donde todos nos aproximamos para dar una feliz acogida a nuestro anfitrión, ¡al de la casa de Toledo me refiero!, ¡por Dios!, vaya memoria la mía.

Entrados en los entremeses de las conversaciones, porque visto que todos ni arrimaos cabíamos en la misma esquina, cada cual se acopló al grupo que por inercia de empujones y otros…, el final del pareado a sus anchas, ¡por favor!, hasta que por fin el Santo que tenemos en los fogones, dionos el aviso y seña de bajar de una vez al salón tan ricamente dispuesto para esta memorable ocasión.

¡Qué puedo decirles!, el rectángulo de juego de los once valientes estaba dispuesto, noventa grados a ambos lados de la mesa, así que con metro y lápiz marcamos el territorio de cada cual, para evitar ante todo, un bocado al plato del vecino en desigual condición, pero por fortuna eso no ocurrió.

Apoyadas las asentaderas cada uno de los presentes, ¡en su sitio!, ¡no vayan a pensar…!, comenzó la llegada de lo elemental en este tipo de situaciones, así pues Baco en forma de exquisita y hermosísima mujer rellenó hasta el punto adecuado, según los intereses de cada cual, ¡por supuesto y que siga siendo así!, los recipientes del oro líquido de la concordia y la discordia, que por cierto, ¡no la hubo!

Buena uva, hay que reconocerlo, sobre todo nuestro mentor, que como entendido que es en materia de viñedos, cataba y recataba el zumo con la mejor intención, con la intención de saber si era el adecuado, pero solo el tinto, porque del blanco…, ¡no!, que eso es para otras poéticas antologías.

Llegó la harina en forma de masa horneada y seguido, ¡la mariscada y el desconcierto!, así fue, pues dos bandejones de esos…, ¡sí!, con muchos…, ¡talentos señorías, talentos!, a uno y otro lado y el medio centro, ¡sin cubrir!, y eso no, ¡ehhhh!, por lo que nuestra rupestre pintura de Cantabria tomó la decisión y de un golpe levantose de la mesa y ordenó la situación, como si fuera costumbre y tradición, de manera que deformando el terreno de juego lo transformó en un perfecto cuadrado de noventa grados por todos sus lados y las suculentas gambas, langostinos, y no se cuentas cosas más que voluntariamente se dejaron cocinar, pues sabiendo cómo eran del destino que les esperaba y los estómagos que les amparaban, desde Coruña, Cádiz y Huelva a dedo fueron llegando hasta la plancha que mejoró su sabor.

Bien situados geométricamente cada uno y antes de dar el primer bocado, nuestra María colocó su Rt Silver Fashion Panoramic In The Hazlo Como Puedas, una cámara fotográfica de la más alta estima en posición de cuenta atrás, y…, a velocidad de rayo colocose en sus medidos perímetros para lucir esa espléndida mesa y su perfecta sonrisa, ¡que lo es!, tras lo cual empezó la función.

Bigote va, ¡o viene!, según se mire, chupetón al ino o la gamba, sobre todo al inquilino y la charla que entra en vena, el tempranillo y la blanca paloma en forma de bendita unción, así que unos por un lado y otros por el suyo, dimos rienda suelta a la sagrada tentación y en dos periquetes, ahora cotorretes, ¡porque de otros pájaros ya quedan pocos!, de lo que había nada quedó.

A los minutos, Baco camuflado de Bibi empezó a traer el resto de la camarada, arroz con ante, ¡perdón!, con bogavante y lo había, quizás porque el día que contratamos el menú al propietario de dicha taberna, a Don Alfredo Otero me refiero, y visto el precio le pregunté si los bichos eran una ilustración o de verdad, ¡y si lo tomó en serio el caballero!, nada mejor que tocar el pundonor o los…., para que te respondan con un tono al derecho, es decir, bogavantes con arroz, que no al revés. Puedo decirles además, que el día de la contrata y aprovechando el lapsus, le pregunté si esa hermosa sala donde tan bien nos iban a tratar podría ser utilizada en alguna presentación de nuestros libros, a lo que el caballero, sin dudarlo un instante contestó…

-Si la sala no está ocupada, ¡por supuesto!

Tanto énfasis puso en la respuesta que aproveché con una contraoferta.

-Pues te vas a hartar a comprar libros.

Punto al cual le salió muy del fondo una sonora y nerviosa carcajada, ¡si señor!, el de Otero había caído en la trampa y así lo reconocía, como toca, ¡con buen humor!

Y continúo con el resto. Supo el maestro de cocina darle un toque portugués que a todos agradó, cilantros en su justa medida que hizo que los comensales en su inmensa mayoría, salvo nuestra Matilde que no pudo y arremetió con un filetazo al viejo estilo de la época del siglo X, ¡pero con tenedor y cuchillo!, y Ángela que con tiempo avisó y se cepilló el lomo alto de un buen recebo, compartiendo con su siniestra en este caso Sastre, José Francisco Sastre, a lo 007 del medievo que es lo que le va, algún que otro trozo de tan suculento manjar.

Cuando nada quedaba de los fogones sobre el altar, de nuevo apareció nuestra gloriosa Baco, ¡qué maneras!, ¡qué cuerpo!,  ¡qué posturas!, ¡así, así, así gana el Madrid!, sobradamente preparada tomó nota de los postres cafés y otras malas hiervas. Mientras llegaba la musa, ¡qué cintura, por Dios!, del resto no hablo, que la conversación es sobre otros lares, y ahora no es menester, ¡que de nuevo estoy soltero! y un poco de publicidad no me viene mal, sobre todo y en especial después de mi cuarta separación, ¡sí!, como lo leen y está escrito, soy un auténtico Don Juan, pero manda narices, ¡siempre de la misma!, pero se acabó. Lamentablemente hay algunas diferencias en años, en esta ocasión un quinto sobre cien, menos uno sobre mi inspiración, la edad…, no engaña.

Por cierto, he de decirles que entre cigarros y demás temas en cuestión, la configuración de la mesa cambió, las chicas como suele ser habitual optaron por estar más cerca de nuestro anfitrión, quien bien rodeado, todo hay que decirlo, ¡no se quejó!

Como les decía, y no puedo porque se me va la vista con los recuerdos, pero lo intento, ¡que conste!, sucedió lo que es normal en estos tiempos, uno de nosotros, no voy a decir quién, ¡te lo juro!, que me lo callo como puedo, ¡ya lo ves!, pidió algo de nuestra pasada y contemporánea historia, un poco de sol y otro de sombra para cuando calienta, que en estas tierras todos sabemos que San Lorenzo cuando cabreado está, tuesta la testera como el difunto marisco que en nuestras digestiones estaba, ¡vamos y en castellano de los siglos XIX y casi al XXI!, ¡un sol y sombra!, y ahí se lio Dulcinea, ¡como lo leen! Transcribo situación. Modo oral.

-¡No le entiendo!, ¿un sol y sombra?

Bibi que no se expresa con clarividencia en ese oportuno momento, y la pluma de esta crónica que ve la cara del que no entiende que estas cosas ocurren, y la recurrida, ¡que no sabe qué carajos pasa!, así que intenté intermediar con la faena.

-Anís y brandy en idénticas proporciones.

Dada la breve explicación nuestra bien fabricada criatura, vuelve a preguntar.

-¿Marie Brizard y coñac?

El interesado en tan elemental y paradójico líquido, supongo que quizás pensando que se habría encontrado con otra Tere como la de Santiuste de San Juan Bautista, no daba crédito a lo que escuchaba, así que vista la situación…

-Coñac con anís El Mono, Chinchón o similar, ¡leches!

Para que decirles, lo de Chinchón…, pues claro que sí, lo conocía porque había visitado tan bella e histórica población, pero no le encajaba que aquello se pudiera beber. No obstante afirmó que ahora estaba al día y desapareció. A lo minutos de nuevo se presentó con un vaso de sidra al que se le salía el hielo por todos los lados, y claro, al que no quiero nombrar para que no se conozca su identidad, perplejo se quedó y volvió por sus fueros,

-¿Para qué es esto?

Ella sin dudar un ápice confirmó que era el recipiente en el que iba a ejecutar la perfecta mezcla de licores, y el otro…

-¡Que no, que no!, en una copa de coñac.

La pobrecita Dulcinea, viendo que no acertaba, volvió a preguntar.

-¡Ya se!, usted quiere que le ponga la copa de lado y hasta el límite del cristal, ¿no?

El otro que mira a uno y otro lado, buscando las palabras con las que exponer la lógica de un viejo resultado, pero que no salían de ninguna parte, ¡asintió!, pero con la cabeza, porque la lengua se la había comido el gato.

A los segundos apareció con una copa de balón, pero de las de verdad, una de esas en las que te puedes bañar y que por norma, se sirve el culín, ¡pero claro!, viendo que nuestro alma mater se despistaba, hizo lo que todo buen feligrés haría para que no le llamaran más la atención y le puso, señoras y señores, ¡el culazo!

Visto el contenido, el contencioso y que las cámaras volvían a apuntar a la mesa, Don…, tapaba como podía el sacramento del pecado, una servilleta al puro estilo Dalí para no ser grabado con la prueba del delito.

Entrados en los fastuosos vapores, comenzó la tertulia esperada, aunque afirmar puedo que fue una negociación entre ambas entidades, y en las que a todos nos sirvió para ampliar el puente de culturas con todos los hispano hablantes, que por supuesto y visto el amor que nos tienen, también podemos incluir a China, faltaría más, pero eso sí tendremos que cambiar o introducir la “L” como una letra pronunciable, que no legible cuando de la “r” se trate y por supuesto japoneses y rusos, que también nos quieren.

Llegados los casi acuerdos y a eso de casi las 10:30 horas dimos por finalizada una histórica jornada, memorable para todos los participantes por todo lo que allí se vivió, así pues, y siempre de la mano Don Ismael, abriremos caminos y tiraremos las murallas que impiden el acercamiento entre todas las culturas que amen la lengua de Celvantes, en chino mandarín, ¡por supuesto!, y no se preocupen que Don Quijote está exento de estos avatares, lo mismo que de la Mancha. Así pues…, otras cuestiones no, y en vista del futuro y la expansión que nos ampara  “En un lugal de la Mancha de cuyo nomble quielo acoldalme, pelo no puedo”…

さようなら – Sayonara

Hariató, tal y como se pronuncia, porque escribirlo…, me cuesta.

Fernando Cotta

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