El Blanco ánima del conquistador

Tiempos de gloria a base de espada, misericordia, picas y otras penas en el dorado siglo de los hidalgos y otros largos caballeros, dieron el noble título de Duque al enseñador y domador de altozanos. Hombre lozano y curtido en crueles batallas y pendencieras justas, las más duras las del corazón, que no enseñando los rasguños de las heridas, sin embargo dejaban sus terribles huellas en las desconsoladas y perdidas miradas a un horizonte sin apariencia.

Muerto el perro se acabó la rabia, cantaba un ruiseñor en la tumba del que fue un soldado viejo a las órdenes de reyes y otros gobernantes con la misma devoción y que tan buen servicio hizo, que le nombraron con un alto cargo de la nobleza en su lecho de muerte como premio a su entrega y admiración.

La avecilla gargajeaba y piaba la misma y triste canción. ¡Qué hermosa tradición!, o por lo contrario, ¿será condena? Desde el entierro de uno de los grandes de España, cada día y en cualquier estación, igual daba que fuere en el tórrido invierno o en la canícula del verano y con la primera luz del amanecer, aparecía el cantaor y cuando éste fallecía, cumplía el descendiente, comenzando el rezo con un arte sin parangón.

Años pasaban de los cuatrocientos, desde el fúnebre cortejo hasta la sepultura del gran conquistador. Fue tal, que por toda la corte de los países conocidos en un par de meses se corrió a viva voz. Nunca se había dado el caso en que miles de bellas doncellas nobles, pobres o plebeyas, casadas, solteras o viudas, compusieran tan larga comitiva hasta el sitio donde descansaría el que fue el creador del arte de amar sin cuartel.

No había rencor en las miradas, sino desolación. Todas sollozaban y se abrazaban desconsoladas ante la pérdida de su gran amor, ese que dio, repartió y nada retuvo regalando a diestro y siniestro sus dos enormes corazones.

Corría el año 15 del siglo XXI de nuestro señor, cuando un negro mirlo se acercó a escuchar la melodía. A saltitos se desplazaba mientras alzaba graciosamente y giraba de uno a otro lado la cabeza, dándole armonía a los acordes de la musicalidad. No tardó en replicar con dulces tonos a su rival, hasta el punto que entre ambos llamaron la atención apareciendo jilgueros y canarios por doquier.

Se animó la velada cual musical banda en pique sostenido, dándole vida el camposanto que alegre vivía tan extraña reunión, cuando una blanca luz se posó sobre el mirlo negro y de pronto… ¡en blanco lo transformó! Viendo lo sucedido todos alzaron la voz, uniéndose a ellos, herrerillos, pintones, petirrojos, alondras y oropéndolas, todos cantores de corazón, hasta que el recién cambiado de color…, ¡habló!

–A despertarme habéis venido con bellas melodías y canciones en tonos dulces, graves, finos bien sostenidos. ¿A qué debo tal honor?

Fragmento del capítulo I del Duque del Altozano – http://www.fernandocotta.es

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