1ª aventura de El Duque del Altozano

Disfrutando estaba el Duque del Altozano en mirlo blanco recién resucitado de su primer vuelo al luminoso y raso cielo, sintiendo el aire fresco penetrar por boca y nariz, ¡perdón!, ahora pico y plumas, ¡pardiez qué despiste! mientras un águila planeaba en las alturas.

-¡Qué bello día de otoño!, no siento frío ni calor, tan solo la brisa seca mientras cortando voy el viento cual flecha directa al corazón. ¡Vivo!…, al fin y al cabo estoy, aunque mi física apariencia en plumífera ave haya quedado y duras promesas haya que cumplir, esta sensación, ¡me place! Qué bendición volar.

El blanco mirlo tan feliz sentíase, que por un momento perdió la situación en la que estaba. Cerraba los ojos mientras se dejaba caer, volvía a revolotear sus alas y para arriba de nuevo, consciente de que su vida habíase transformado en un bello cantor de pío, píos y consejos de amor, cuando de pronto en una de esas piruetas hacia el cielo miró y lo que vio…, ¡no le gustó!

-¡Vive Dios!, tiene las plumas y garras más grandes que las mías. Ese pico que engarfiado viene raudo y veloz…, ¡Santiago y cierre España!, que el alimento…, ¡soy yo!

El rapaz volador entró en caída libre en una sola dirección, ¡la suya!, mientras gritaba en alta y viva voz su derecho al cotidiano pan. Preso en una desacostumbrada situación, pensó. Espero a que llegues, y con el quitapenas y mi toledano acero, darte te voy a regalar un buen revolcón, así que se preparó batiendo las alas de espaldas al suelo, enseñando el pecho descubierto y de pronto…, ¡cuenta se dio!

-¡Releches!, que esto no es la tierra, sino el cielo, no tengo coraza, coselete, malla, ni armas con las que defenderme, me temo que una de mis plumas con la punta hacia delante, solo sirva para provocar una muerte por infarto a base de carcajadas del imperial pájaro, así pues, ¡a poner pies por polvorosa!

Hacia abajo miró buscando parapeto, escondite o a sus viejos camaradas, pero nada vio, y si les viere tendría un problema de comunicación, a base de pío, pío, poco podrían hacer por él.

A un par de centímetros paso el aguerrido águila de su cuerpo, parando unos metros abajo y mirando a su presa cuando un silbido desde lejos sonó.

El símbolo vivo del escudo imperial sacudió las alas clavando su cruel mirada en el Duque, dándole a entender que por esta vez… se había librado, ¡y así fue!, planeando se dirigió a la mano de su amo y ahí se quedó.

-¡Al enemigo puente de plata!, nunca mejor dicho y mejor interpretado, ¡en otra ocasión será!, ¡para chulo yo! De esta por muy poco me he librado, vaya tiempos me esperan, por un lado si no cumplo, el ano me dejarán de por vida eterna destrozado y si no ando con cuidado, seré un lindo y blando bocado. Tomaré otro camino, en aquella curiosa dirección de casas altas y apiladas.

Se desplazó a toda velocidad hacia lo que por primera vez veía, una gran ciudad en la que de lejos leyó, Bienvenidos a Alcorcón. Cuando se dio cuenta que nada tenía que temer de rapaces aves ni de la madre que las parió, vueltas y revueltas entre edificios se dio, colándose en algunas viviendas a través de las ventanas para luego, volver a salir.

-Curiosa forma de vida la de estas gentes, carros sin equinos, caballos con dos ruedas, y muchos hablando con una negra piedra que sujetan junto al oído.

Todo era nuevo para el recién resucitado de la edad de oro, que de golpe se vio en el siglo XXI. Para seguir observando el ir y venir de los lugareños y demás leños, se posó sobre una dura cuerda de toledano acero que cruzaba la vía que divisaba. Unas horas llevaba en la ciudad cuando sin saber ni cómo ni de qué manera, se le escapó parte de la digestión por las traseras partes y a caer fueron sobre la cabeza de un viandante, que mirando hacia arriba, juró, perjuró a base de lengua y gesticulaciones, y ¡por Dios!, el Duque que acostumbrado no estaba a aquella jerga, se sonrojó primero por el desliz de la situación, para posteriormente enojarse, y así pasó.

-¿Quién sois vos para escupir semejantes mal sonantes palabras por la boca?, sabed que no fue mi voluntad, pero sí la vuestra, puesto que cuando un estómago anda irritado, las cosas del interior salen sin avisar y a traición. Es más, el que estaba abajo, no era yo, sino vuestra merced, por eso caballero exijo disculpas o por las armas habréis de pasar.

El ensuciado varón mientras la testa limpiaba de excrementos caídos del cielo y sin razón, ¡perdón!, que sí la había, pero él no merecía, hacia arriba miró. Buscaba, rebuscaba y quería saber quién demonios le había hablado con semejante desdén, pero vio solo un blanco mirlo batiendo las alas como si espadas y sayo fueran a la misma vez, pero nada más observó. No obstante el caballero no se dio por vencido, así que queriendo conocer y batirse a manos, piernas, pies y lo que falta hiciere para la ocasión, hacia el cielo a viva y alta voz gritó.

-¿Quién es el cobarde que me falta al respeto y se esconde como una gallina?

Los oídos del gran señor jamás habían escuchado tal grosería y falta de galantería, ¡cobarde le había llamado!, y eso… ¡eso sí que no! Calculó la distancia, con el pico se arrancó dos plumas y como si picas fueran, de golpe se lanzó a por quien no solo faltaba en respeto sino que acusado había por falta de valor.

-¡Allá voy mentecato de cuarto y mitad!, daos por muerto y de pronto… ¡zhasss!

Primer fragmento capítulo II de la serie El Duque del Altozano en http://www.fernandocotta.es

Anuncios

4 pensamientos en “1ª aventura de El Duque del Altozano”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s