LA POSADA DE EU – Sin frenos

-Fernando, te han llamado por teléfono, un tal José Manuel Sandaza para que lleves el coche a Madrid.

-Gracias Encarna, ¿te han dicho hasta que hora puedo llamar?

-No, pero me ha recalcado que te dijera que era urgente.

Un día entre semana, por supuesto, después de rematar la jornada, hasta el cuello de limaduras de acero y revestimiento negro de las tuberías y un botellín de cerveza en la mano para refrescar, había sido un día muy duro, cada vez que atravesábamos una chopera lo pasábamos fatal, esos árboles no permiten que fluya el aire por el interior, de manera que se almacena el calor en bolsas donde podrían asarse pollos a canícula lenta y que nos gs-celeste-nuevopermitían hacernos una idea de cómo debería ser el infierno. Llevaba dos semanas en Lerma y aún sin cobrar, los émbolos de la amortiguación habían decidido pasar a mejor vida y como el sistema hidráulico estaba conectado a los frenos, aquel viejo trasto celeste mariquita ilusión ya no disponía ninguna forma específica para reducir la marcha, salvo como supondrán, detener la velocidad violentamente con algo que tuvieras de frente o a un lateral. Debía llamar para explicar la situación actual del ORSF, para ustedes Objeto Rodante Sin Frenos a la oficina e intentar que esperaran a la llegada de mi primera nómina en forma de pesetas sonantes.

-Encarna, tengo que hacer una llamada telefónica, ¿me pones el marcapasos?

No piensen vuestras mercedes que el aparato era para el corazón, ¡que no!, nuestros chavales de hoy no lo saben, pueden estar seguros de ello, que antes en los bares había teléfonos públicos y que por supuesto en su inmensa mayoría disponían de una pequeña caja blanca de plástico o metálica en la que se distinguían limpios y relucientes los números que  indicaban el dinerillo que debías pagar por la conferencia con Madrid, ¡qué tiempos aquellos!, doscientos kilómetros de diferencia y una conferencia, más o menos el rooming de ahora. Aunque parezca mentira las cosas ya habían evolucionado, los teléfonos de rueda con orificio estaban desapareciendo, empezaban a verse los de colores rojos o blancos con botones negros, era otro siglo, pero solo había tres o cuatro años de diferencia, y sin embargo ahora  incluso críos con medio siglo sobre sus espaldas con la película “Buscando a Pokemon desesperadamente”, ¡vaya fututo que nos espera!

-¿Aló?, ¿quién llama?

-Jóse Manuel, soy Fernando, me has dejado un recado para devolver el Citroën en la calle Orense. No funcionan los frenos y en estos momentos no puedo arreglarlo, tan solo llevo un par de semanas aquí, por lo que estoy sin blanca, a primeros te lo dejo en el garaje.

-Cotta, búscate la vida, pero el coche tiene que estar aquí éste fin de semana, el lunes viene gente nueva y salen de viaje.

-En grúa no lo puedo llevar, cuesta una pasta, por lo que no me queda otro remedio que llevarlo como está. Por mí no hay problemas, pero cuando me tire puerto de Somosierra abajo, si salgo bien de allí, aún me queda la caída de la Sierra Pobre, y si todabía con esas tengo a los ángeles de mi parte, que alguno habré atropellado intentando frenar el trasto, me falta entrar en la Castellana, los semáforos y la madre que parió a todo aquel que se interponga entre el vehículo y los cinco kilómetros que necesitaré para detenerlo.

-Tú verás, pero tiene que estar aquí.

-Ok, pero si no llego, dile al equipo que ha sido un accidente, seguro que no se lo van a creer. ¡Tango, Charly, corto y cierro el grifo!

Encarna había escuchado toda la conversación, ya me iba conociendo, sabía que el tema no era para bromas, ¡doscientos kilómetros con dos puertos de montaña y sin frenos!, no había forma de detener aquel trasto, el pedal solo servía de entretenimiento, no funcionaba ni tan siquiera el de mano, ese estaba de decorado del sistema paranormal, así me lo dieron. Me miró fijamente a los ojos, hizo una mueca un tanto extraña y…

-No se te ocurrirá ir así a Madrid, ¿verdad?

-Ponme otro botellín, tranquila encontraré la manera de solucionar el problema, quizá unos zapatos con una buena suela sean suficiente.

La broma no le hizo ninguna gracia, ¡no!, ni siquiera una sonrisa, simplemente me puso el botellín y…

-Si se te ocurre hacerlo aviso a la Guardia Civil, no quiero que te mates por el camino.

Su respuesta me quedó tan clara como el agua, así que ella no debía saber nada del momento preciso de salida, amén de su madre que ya se iban haciendo a la idea de verme destrozar manteles de tela y servilletas a base de plasmar mis ideas con un bolígrafo y la cosa les caía en gracia.

No volví a comentarle nada durante los dos días siguientes. Mañana sábado, partiría para los Madriles, de manera que debía hablar con la posadera para que le quedara claro que había reparado el turismo.

-Muy buenas tardes, ponme un botellín. Por cierto ya arreglé el problema de los frenos, el mecánico de la base me he echado un cable.

Me puso la cerveza al estilo del viejo oeste, sin decir nada y siguió con sus cosas, que ya empezaban a llegar los compañeros de otros puntos del tajo.

Esa noche me acosté como era costumbre sobre las doce horas, dormí en paz y a gusto, y a eso de las ocho y sin prisas, me levanté, cumplí como cada mañana con la ducha, dientes, pitos… y otras flautas, bajé al bar tomar un café con leche y bollos, saludé a Esperanza ¡y a la aventura!

He pedido consulta y sobre el tema, por si las moscas, pero como ya hace la friolera de treinta años desde entonces, no hubo heridos, muertos o sucesos paranormales, resulta que ya no me pueden meter en la cárcel, y es que les doy mi palabra de honor, ¡y la tengo!, que lo que viene ahora fue tan cierto, como que me llamo Fernando, que gobernaba Tierno Galván en Madrid y Felipito con Guerra en el altar de su majestad Juan Carlos I y Franco ya llevaba muerto unos cuantos años.

Me introduje en el interior del transporte imparable, puse en marcha el motor, comprobé el rugido y…

-¡Joder!, si solo bajar la cuestecita desde la pensión me va a costar un riñón, ¡vaya tela!, pero mirándolo bien me servirá de ensayo y práctica para lo que viene. Creo que marcha atrás irá mejor, le dejo en primera y voy jugando con el embrague.

Efectivamente, ¡funcionó!, pero claro ahora entraba en la parte más interesante, ¿cómo demonios salía marcha atrás a la carretera? Pensé, analicé la situación pacientemente, aunque, ¡me sudaban las manos!, cómo me sudaban, ¡mamma mía!, una fuente tenía en ellas y es que la adrenalina va por un lado y tú por el otro.

-Ya está, espero y en el momento que no venga nadie le dejo caer marcha atrás con la primera puesta, freno el coche a base de acelerar y embragar y tiro para adelante.

¡Perfecto!, ¡qué maniobra, señores y señoras, si me llega a ver el Fitipaldi de la época, me ficha como number one, pueden estar seguro de ello. Una vez en camino, sin superar jamás los 80 kilómetros por hora en líneas rectas, bien definidas y conocidas por el conductor de la cantidad de viajes que había realizado con el bólido anterior, comencé a sentirme un tanto más seguro, las manos iban recuperando el equilibrio de deshidratación natural, todo iba viento en popa y a media vela. Unos kilómetros antes de llegar a Aranda de Duero, está a la distancia de cuarenta de Lerma en dirección Madrid, vi de lejos una parejita de chavales con sus mochilas haciendo dedo, ¡autostop!, para quienes no sepan que antes era una manera de viajar, de echo así me recorrí Francia y gran parte de la península ibérica, incluyendo territorio luso.

-Con el calor que está haciendo estos días y esos al sol. –Tomé la fantástica decisión de parar y embarcar en aquel trasto a los dos. Puse las luces de peligro, reduje a segunda y apagué el contacto sin embragar. ¡Qué maravilla!, frenó a saltitos, poco poco se fue acercando a los viajeros, como si estuviera calculado perfectamente la fuerza del viento, grados de caída, velocidad y peso el vehículo, y al que por aquel honor llamaré “007 con licencia para atropellar”, se detuvo justo al lado de ellos. Bajé la ventanilla a la vieja usanza, entonces sí que teníamos los brazos fuertes y les dije…

-Hola voy para Madrid, cerca del centro, si os viene bien os acerco.

El chaval ojeó dentro del coche, algo muy natural, iba muy bien acompañado y nunca se sabía quién era el que tenía el detalle, lo mismo que sus intenciones y…

-¡Vale, gracias!

-Una cosilla, se me pasaba deciros que los frenos no funcionan, pero como hay poco tráfico yendo despacio no hay cuidado. –Y se subieron, ¡con una par, sí señor, qué atributos! los de él y los de ella, seguro que si aún están vivos, se acordarán de esa experiencia, ojalá me los volviera a encontrar o leyeran esta crónica. Pasaríamos un buen rato recordando aquél día.

Una vez dentro, nos saludamos, presentamos y puse a “007” de nuevo en marcha. Con el viento a favor o en contra, que igual nos daba, mantuvimos una buena charla sobre los viajes por España, hasta que pasado Aranda, calculo que sobre el kilómetro 130 y empezando a subir en dirección “Somos La Sierra”, Somosierra para vuestras mercedes, pero es que era tan grande y alta, que mi recién llegado viajero me preguntó si podían fumarse un porrete.

-A mí, como si os lo queréis comer, pero cuando comencemos a bajar el puerto podéis alucinar más de lo habitual, en especial si se nos pone un camión delante.

Aquellos chavales tenían una fe ciega en el conductor que acababan de conocer o estaban tan desesperados por llegar a sus casas que les deba igual jugarse la vida. Se hicieron su chiri, como decían los legionarios, no viene reconocido en la RALE, supongo porque los miembros fumaban eso pero con otros nombres, tales como peta, porro, caña, cargao, matarife, dale, cachimba, peta, en fin, son algunos de las denominaciones que por entonces definían un cigarrillo manualmente elaborado con extracto de hachís o María de la Juana, la Antonia, o de Maíz, que cuando te la colocaban, te podían dar membrillo y además decirte que era “un 00 de la hostia”, como la cerveza sin alcohol, ¡vamos!, que lo sé por amigos, no es por otra razón, jajaja.

Mientras se fumaban su cargaíto, que lo estaba, ¡y cómo olía!, se iban entreteniendo en contarme sus venturas y desventuras. Yo escuchaba pero no oía, tenía todos mis cartel-de-somosierrasentidos puestos en la carretera, nos quedaba poco para coronar la hostia que nos íbamos a dar de bajada, ¡VAYA TELA!, ahí, subiendo la N-I de antes, a unos pocos kilómetros del ¡enorme y gran puerto de Somosierra!, supe que me había pasado mil pueblos tomando aquellas dos decisiones. La primera enfundarme con “007” en la aventura y la segunda, la que más me dolió, haber subido al coche a los dos chavales. ¡Qué remordimientos!, y a punto de llegar al vértice justo que marca la diferencia entre ascender y ver como te das un leñazo.

-¡Chicos!, estamos llegando arriba, bajar es muy arriesgado, no quiero asumir esa responsabilidad os dejo justo antes de bajar.

-¡Venga ya!, pero si lo estás haciendo de abuten, tú sigue que estamos flipando en colores, jajajajaja, ésto no se vive todos los días, jajajaja.

Vaya pedo que tenían las criaturas, les miré, primero a él y luego a ella y comprendí que se lo estaban pasando de lujo, como quienes se juegan el tipo haciendo rafting, vueling, zapating, cuerding, botelling, o saber qué otra modalidad de banca, y ésta no era Master Card, sino directing al ollo de ING o comúnmente llamado hostioning.

-¡Bueno, bueno!, pero os advierto que es muy posible que tengamos que utilizar los frenos de los Hermanos Picapiedra.

-Jajajajaja, ¡qué bueno, qué bueno! –Se reían a carcajadas sin parar, aquella marihuana debía ser excelente, seguro que sí, pero a mí no me hacía ninguna gracia porque lo que estaba indicándoles no era una broma, ¡sino la realidad!

-A ver chicos, escuchadme atentamente porque estamos a punto de empezar a bajar, si os digo que abráis las puertas y os tiréis, ¡os lanzáis a la calle!, ¿vale?, y si os digo que haypuerto-de-somosierra-antes que ayudar a detener el coche a base de suela, sacáis una  pierna, el resto del cuerpo dentro y a frenar lo que se pueda, que algo hará, ¿ok?

-Jajajajaja.  –Y que no había manera, la madre que les parió, con lo importante que era el asunto y estos dos se lo estaban tomando a guasa.

-¡Joder, que va en serio! –Dejaron de reírse un rato y confirmaron que harían lo que les ordenara en cada momento.

En cuanto comenzó la bajada sus semblantes cambiaron de forma automática, y qué decirles del piloto, agarrando el volante con fuerza, mandíbulas, tensas, tanto como el arco de Ulises antes de soltar la flecha, sudando a chorros por todos los costados, y rezando para que un camión, autobús, caravana o turismo no se pusiera delante en el descenso, que la pendiente era larga y pronunciada como un año sin pan, no como ahora, con varios carriles y descafeinada y aún en esas circunstancias sigue siendo un puerto respetable.

Había salido del punto de partida sobre las 9 horas, el recorrido de 110 kilómetros me había costado la friolera de dos horas y algo, sin tráfico, lluvia, niebla o granizo, con toda la carretera para mí, lo único que me encontré es algún coche en sentido contrario, poco más pero cuando atravesamos el punto que define la vida y la hostia que nos podíamos dar, empezaron a aparecer por detrás, y era de Ley, bajando en tercera con el motor revolucionado a tope, cualquiera se situaba delante, mientras siguieran su camino sin reducir la marcha, no habría problemas.

En el interior de “007” ya no se reía ni el Tato, mis compañeros se dieron cuenta que jugábamos una partida muy seria, él llevaba el cinturón puesto y agarrado al sujetamanos del techo, cómo si se fuera a marchar volando, ella atrás también con el cinturón abrochado y de un pálido natural con toque de blanco nuclear.

-Tenemos un camión detrás, va despacio, casi tanto como nosotros. –Me comentó el copiloto.

-¡Ya! –No dije nada más. El momento requería el máximo de atención y el mínimo en expresiones. La ausencia total de líquido hidráulico en el circuito de la amortiguación me proporcionaba curiosas vistas en el retrovisor, en especial cuando miraba para saber si el camión se iba acercando, relajaban un tanto, todo hay que reconocerlo, los “boing, boing, boing” de los pechos de la viajera eran un buen entretenimiento, ¡corto!, para no ofender, pero me servían de bálsamo, la criatura estaba tan tensa que no se sujetaba sus elementos primordiales, bien hechos, derechos y enfilados al firmamento, ¡por cierto! Mirar no es un pecado, eso dicen, y mala intención no había, tan solo un remedio para reducir el estrés del momento.

-¡Delante, se ha puesto delante el muy c…!

Efectivamente, el camión cargado por encima de los límites, cómo era costumbre, un Miura de la época, o PEGASO de los primeros que salieron con la cabeza cuadrada nos había adelantad, se había situado justo en nuestro carril.

-Tranquilos, a la pendiente ya le quedan pocos kilómetros, luego hay otro ascenso importante y la bajada de la última sierra. Va un poquito más deprisa que nosotros, pronto se le tendremos a la distancia oportuna para evitar empujarle con cariño.

Sigo sin entender por qué nos adelantó, el conductor del vehículo pesado apenas nos dejaba diez metros de distancia entre ambos, por lo que en el caso de un frenazo nos íbamos a comer la carga de fruta de un solo golpe, sin lavar y pelar.pegaso-de-cabeza-cuadrada

Los chicos empezaban a ponerse nerviosos, de manera que en previsión de un desenlace previsto, porque imprevistos a aquellas alturas solo podría ser una rayo, avión o un meteorito, metí parte del vehículo en el arcén, de esta manera si las cosas se complicaban, al menos podría frenar contra el quitamiedos de la derecha, aunque francamente, ya no recuerdo si eran vallas o la sierra directamente.

Llegamos al primer llano desde el descenso sanos y salvos, manteniendo siempre una velocidad baja e intentando que el Miura de las narices se marchara y nos dejara en paz de una vez, ¡pero que no!, podía adelantar a aquel dinosaurio del tres al cuarto y mucho más, pero ¿y luego?, si surgía algún casual que no estuviera calculado sería nuestro hostiazo. Por otra parte ahora íbamos a una velocidad adecuada a las circunstancias, el problema se nos podría presentar otra vez en la pendiente que nos venía en unos minutos, si el Pegaso echaba anclas para reducir la distancia en el espacio, nos tocaría la fruta que antes nos dejamos sin tocar.

Pasaban los minutos como si horas fueran, pero lo cierto es que aunque parecía que el tiempo lo habían retrasado por alguna orden divina, una vez consumido parecía que una milésima parte de un millón de lo que teníamos por delante.

De nuevo estábamos llegando al punto sin retorno, y como en una montaña rusa, para abajo, ¡hala y que nos den!, leña al mono y por Santo Tomás, ¡que no lo vuelvo hacer!, ¡que sí que me voy a portar muy bien!, ¡palabra! –Rezaba para mis adentros, rogando que todos los ángeles que no estuvieran en la reserva o de vacaciones estuvieran dispuestos para echarnos un cable por detrás y tiraran para sujetar a “007”.

En esta ocasión, ¡ni retrovisor!, el camión estaba delante y una décima de segundo nos podía costar la extremaunción o un buen sopapo de mi padre y de un batallón de la guardia civil.

Me separé un poco más de nuestro Miura, la bajada iba a ser dura y esos cuando ven que se les pueden calentar los frenos, ¡tela!, reducen la velocidad a base marchas cortas y nosotros a esas alturas, ¡ni de coña!

-¡Qué frena, qué frena! –Gritó nuestra encantadora compañera, la situación se estaba complicando, tal y como había calculado el conductor del PEGASO había metido la reductora y nosotros ¡el leñazo que nos íbamos a dar a cámara lenta!

-¡Qué viene, qué viene! –El copiloto.

-Los que vamos somos nosotros, ¡coño!, callad, me estáis poniendo nervioso.

Estábamos a menos de dos metros de las posaderas que cargaban toda la fruta de Europa y acercándonos.

-Chicos, no queda otra, voy a quitar el contacto, el coche se irá frenando, si veis que no funciona el invento, ya sabéis, saltáis por la puerta trasera. –Aquello sí que era una película, ¡pero real!, tanto que la estábamos sudando la gota gorda y en todas las dimensiones, y una de ellas, su trasero, a punto de recibir un lindo besito por detrás, pero claro, ni se iba a enterar.

-Giré la llave y el coche empezó a reducir su marcha tras pegar sus labios a aquél cabrito que teníamos delante, ahora el problema era otro, la distancia aumentaba entra ambos, pero la dirección del coche, ¡no funcionaba!, estaba más dura que el acero toledano.

Los brazos que habían demostrado los atributos con la radial durante dos semanas a destajo, empezaron sujetar e intentar darle un par de grados a la derecha, ¡pero que va!

-¡Ay va la hostia!, ¿no funciona el volante? ¡la madre que me parió! –Mi copiloto a veces se lo pasaba en grande, otras alucinaba, pero en esta ocasión se quedó con la boca abierta, supongo que esperando la fruta, jajajaja.

Cuando la distancia era la prudente y el coche era ingobernable, giré la llave, el motor volvió a rugir y recuperé la capacidad de maniobra.

-¡Plash, plash, plash!, aplausos de mi gentil porrero y nuestra común ya amiga que se le había pasado el globo de un golpe de muerte. ¡Vaya tela!

-¡Cariño! ¿y si nos bajamos en la próxima gasolinera? –De ella a su chico.

-Jajajaja, pues ya me dirás cómo lo hacemos para detener el coche cuesta abajo y sin frenos, jajajaja.

Jamás se me olvidó aquella irónica y sincera carcajada, sin duda alguna mi vecino de asiento era un intrépido aventurero, ya no me cabía la duda y además con un sentido del humor fuera de lo corriente.

-El auténtico peligro está a punto de acabar, dentro de ná estamos en la autopista, ahí será diferente, hay más carriles y menos cuestas, sujetando a “007” en cuarta y tercera será suficiente y en un extremo, como tendremos la distancia apropiada, segunda e incluso primera. Tranquila, que estamos llegando a Madrid.

Se hicieron otro peta ¡y hala!, a brincar el retrovisor, que son dos días. Ya estábamos en la autopista, a menos de 20 kilómetros de la capital, me preocupan los semáforos, ¿cómo haría para detener el coche?, he ahí la cuestión, una nueva aventura, esta vez menos peligrosa pero con un ligero aumento del cálculo de probabilidades a la hora de ir besando maleteros por los fueros madrileños.

-¿Os acordáis cuando os dije antes que quizá hubiera que frenar el coche al estilo Picapiedra?

-¡Pues claro!, en cuanto des la orden sacamos la pierna derecha y hacemos lo que podamos. –Él.

-Yo llevo sandalias. –Ella

¡Válgame el cielo!, con eso no había contado, y era cierto, si ponía un pie en el suelo podría destrozarse el talón.

-¡No te preocupes!, entre los dos nos apañamos.

Primer semáforo al fondo, los carros frenando, mi compi disfrutando como un enano, solo le faltaba retrasmitir la jornada automovilística y ella seria, muy seria, a punto de llorar.

-Vamos “007”, que lo conseguirás. –Tercera, segunda, ¡glo, glo, glo!, primera ¡que no, que no para!, ¡a frenarlo! –Abrimos las puertas, se ven salir dos piernas, ambas apoyando el talón, iríamos a 5 kmts hora, quizá menos y a un palmo nos quedamos.

-¡Dios, el primero lo hemos vencido!, somos la rehostia, ¡bien! –Grité.

-Jajajaja, ¡me voy a quedar sin deportivas!, ¡cómo mola ésto! –Mi copiloto

Silencio, ¡un silencio inmenso! –Ella

-Se ha puesto en verde, ¡vamos a por él! –Le cogimos el gustillo y la sincronización, parece mentira pero ya no tuvimos que volver a utilizar el sistema Picapiedra, ¡perdón!, solo en otra ocasión.

Ellos se quedaban en la Plaza del Cuzco, ahí les dejé después de salir y darle una abrazo a mi aventurero amigo y un par de besos a su sufrida compañera del alma.

-Jamás olvidaremos este viaje, ¡te lo juro!, me dijo él, porque ella se había quedado muda, jajajaja.

-Puedes estar seguro que a mí tampoco se me olvidará, ¡vaya, vaya, vaya aventura!

Nos despedimos y me preparé para llegar al destino final, a solo unas manzanas, la calle Montevideo, una callejuela sin salida que da a General Perón, la zona de Orense, para aquellos que han venido por estos lares y les suena algo.

Llegué sin contratiempos, bajé al taller, hablé con el mecánico y le comenté lo sucedido.

-Baja el coche. –Me dijo.

-¿Quién yo?, venga ya!, esto son dos plantas con rampa en caracol y con doscientos kilómetros ya he tenido suficiente. –Me miró y…

-Marcha atrás y utiliza el embrague. –Respondió.

Otra vez me tocaba sudar la gota gorda, pero francamente, ahora me iba al pairo, poco me iba a ocurrir, salvo aprender cómo se bajan dos plantas haciendo giros, marcha atrás, sin frenos y utilizando el embrague, total, ya lo había hecho en Lerma. Así que subí y como si lo hubiera hecho toda la vida, dejé el coche abajo, donde el mecánico me dijo.

-¡Hostias!, era verdad, le has traído sin frenos desde Lerma, pensaba que me estabas tomando el pelo. Ven, sube conmigo a hablar con Freitas y le das las llaves, que te invito a unas cervezas y me cuentas.

Y eso hicimos, entregué lo que mío no era, y por cuenta ajena unos tercios bien regados de aperitivos, por supuesto a cambio de contar la aventura, tal y como aquí se ha descrito, salvo con los aspavientos y algunas exageraciones que le dan más vida al argumento.

Solo tuve tiempo para coger un autobús con destino Lerma, a donde llegué de noche. Encarna, como siempre estaba en la barra.

-¡Que tal el viaje!, ¿te han respondido los frenos?

-Por teléfono, jajaja, ¡buenas noches!, ponme un botellín, y algo de comer, que vengo hambriento. ¡Sí!, funcionó el invento los primeros tres kilómetros, luego se quedó como al principio. –Me miró, ella sabe que no miento, puedo evitar algo para no herir, de eso no digo nada, me puso la cerveza como siempre y…

-Tú estás más loco que una cabra.

No se lo tragó, jajajaja. Así son las cosas y en la próxima, “una de fantasmas”, tan reales como la vida misma, en Lerma, ¡sí!

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5 pensamientos en “LA POSADA DE EU – Sin frenos”

  1. Pues sí que eres un poco cabra, sí. Anda que tú también, no querías morir solo, ¿verdad? Los autoestopistas tenían disculpa, seguro que ya se habían estrenado con los porros antes de subir. Ansiosa espero la aventura de los fantasmas.

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