LA POSADA DE EUFRA… ¡FANTASMAS!

Seis lunas y un tanto más, buena manera para definir el tiempo que llevaba residiendo en la Posada de Eufrasio, una parto prematuro y sin dolor. Las cosas me habían cambiado para bien, ya no estaba a destajo con la radial a cuestas, sino en puntos especiales, algunos de ellos podríamos definirlos casi como espaciales, pero no viene al cuento ponerles en antecedentes sobre mis tareas profesionales, aunque anécdotas, haylas y muchas, ya irán saliendo como chascarrillos a media que vayan conociendo, si es que les place en ésta, su casa.

Había hecho migas con muchos compañeros de trabajo y paisanos, ¡por supuesto!, pero había un sevillano de cuyo nombre no me acuerdo, ¡ojo!, que no lleva mala intención, sino la realidad de los años que han pasado desde entonces, muy simpático y con el que en muchas ocasiones me reía en la barra del pub que servía de antesala al mesón y la posada. Le pondré un nombre por necesidad, en este caso Pepe, que siempre hubo muchos y es posible incluso que acierte.

Hablaba de ahorrar, ¡cómo no!, ganábamos un dinerillo importante por aquellos años, pero el día veinte de cada mes y esto es de Ley, íbamos a ver al tiraduros, que ya estábamos más pelaos que los honestos con los impuestos. Para quien no lo sepa, un duro eran cinco pesetas, hoy el equivalente a tres céntimos de eurillos de, de manera que en este país, como en tantos otros, le dieron ese cariñoso apelativo que además, José Luis recibía con aprecio. El caso es que mi amigo se empeñó en buscar un piso para compartir y lo encontramos. Una primera planta en el pueblo, en zona añeja con una buhardilla inmensa de techo, de manera que con mis respetos se lo dije a la propietaria, con la que ya había entablado amistad y lo comprendió, no solo era cuestión de dinero, sino de ciertas libertades que allí no nos podíamos tomar, que les puedo decir, que eran otros tiempos.

-Ahora vas a saber lo que es pescaíto frito y la tele solo para nosotros, vamos a vivir de lujo. –Me decía el del Guadalquivir.

Les puedo asegurar que tenía razón, ¡y tanto que la tenía!, el que vivía de lujo era él, que no cocinaba el muy cabronazo, jajajaja, con cariño y respeto, que amén de la faena en la cocina, con el resto siempre dio el Do de pecho, salvo…

Venía a verme de vez en cuando la que fue mi compañera cuatro veces y hoy madre de mis maravillosos hijos, pero eso sí, cada uno por su lado, que cuando dos no se entienden dos pares de veces, es mejor no dejar de comprobar si los tornillos están bien dispuestos y apretados. Elvira reza por nombre.

Llevábamos dos semanas en aquella fabulosa casa, por supuesto yendo y viniendo a ver a  Encarna, que ya se había hecho como de la familia. Mi tío Ángel, ya les hablé de él, había trabajado en sus tiempos mozos en los servicios secretos, CESID eran las siglas que distinguían a los espías de nuestro país, él concretamente en contraespionaje. Un día hice el mejor guiso de mi vida a base de pollo de corral y níscalos, “nicalo, nízcalo, rebollons o lactarius delicousus”, para quienes no conocen otra de mis pasiones, cocina y micología. El caso es que durante la cena se escucharon unos ruidillos en la buhardilla,  motivo por el cual mi compañero de casa salió pálido de su habitación para preguntarnos si habíamos sentido lo mismo.

-Hace unos días también pude oír algo parecido a unos gemidos, pero ya sabes que estamos en época de celo y puede que alguna gata esté buscando algún devaneo amoroso, que cuando pica, también tienen derecho. –Contesté en aquel momento, si no fue así, seguro que de manera similar, el caso es que Pepe recuperó el color y en apariencia se quedó más tranquilo. Mi querido tío para aliviar sus temores comentó…

-Seguro que es un minino, no obstante si tienes chocolate en polvo, las llaves, hilo y unos palillos pondremos unas trampas que pueden servir para definir qué tipo de animal es, a ver si por casualidad va a ser una leona. –Carcajadas que van y que vienen, pero el giraldillo no cesó hasta que finiquitada la cena comprobó cómo y de qué manera Ángel llevaba a rajatabla su promesa, que lo hizo. Polvo de cacao por muebles, mesas, marcos de las ventanas, suelo en la buhardilla, total, aquella zona llevaba siglos sin tocarse y palillos con hilo muy finamente atado, para saber si alguien entraba o no en aquel siniestro lugar que reposaba sobre nuestras cabezas.

Pasaron unos días y sin novedad, ¡mi fantasma!, se ve que el felino tuvo oído fino y decidió que el momento no era el oportuno, el caso es que el de la Torre del Oro empezó a disfrutar de nuevo la aparente tranquilidad del hogar. Al siguiente fin de semana mi amigo se marchó unos días a su ciudad natal, tiempo que aproveché para que Elvira viniera de nuevo. Una noche mientras dábamos placer al paladar a base de otros tantos de setas, era temporada y ese año salían hasta encima de los capós de los choches, comenzó la sesión supuestamente gatuna a importunarnos, pero como Pepe no estaba en casa lo le prestamos la debida atención. El caso es que a partir de ahí y ya de madrugada, se empezaban a escuchar lamentos y gritos, y eso cambiaba un poco el cariz del acontecimiento, entre otras cosas juro y perjuro que el sonido que nos llegaba a los tímpanos, no era de gato. Aguantamos la noche y vino el sevillano, más feliz que una perdiz cuando ve que se escapa del caldero.

-¡Cómo me lo he pasado!, ¡de lujo siquillo, de lujo!, ¿y vosotros, qué tal? –Aún recuerdo perfectamente aquel estribillo y muestra de felicidad como si lo estuviera viendo.

-Bien, muy tranquilos y sin novedad, salvo por algunos ruidillos, pero de poca importancia. –Intenté quitarle algo de interés al asunto, todavía guardo en la retina cuando salió de su habitación tan pálido y frío como un fantasma, pretendía quitarle algo de hierro a la materia.

Lunes después de trabajar, ambos llegando del tajo, unas cervecitas donde Encarna y a la ducha.

Al rato apareció Elvira harta de pasearse por todos los rincones del pueblo, preparé la cena y hala, a jamar que son dos días.

Cuando llegó la hora, cada uno a su habitación y a dormir, pero a eso de las dos de la madrugada comenzó la sesión, ¡y en primera fila!, vaya nochecita que nos dieron los gritos y lamentos, Pepe tocando cada dos por tres en la puerta…

-¿Fernando, pero, pero, pero es que no escuchas lo mismo que yo?, ¡Ay la madre que me parió que aquí hay fantasmas y yo, yo, yo así no puedo vivir!

-Tranquilo hombre, que es un gato, mañana llamamos a mi tío, lo comprobamos y te relajas, que te va a dar algo.

Mi por entonces mi querida novia y yo andábamos también un poco mosca, como antes se decía y era cojonera la muy c… no había forma de pegar ojo hasta las tantas y es que los gritos iban en aumento.

Al día siguiente, el del Guadalquivir tenía la cara desencajada del agotamiento y miedo, ¡qué digo miedo!, terror lo llevaba incrustado en cada una de las ojeras y arrugas de su rostro, ¡se lo digo yo!, por lo que viendo lo que podía ocurrir, “que en un arranque de valor se tirara por la ventana por miedo a coincidir con el bicho que nos hacía la gracia de cantarnos jotas sin saber que debería ser música y no quejidos de lamento lo que debería cantar”, me desplacé a la oficina para comunicar al incidente a mi querido pariente.

-No te preocupes, esta tarde llevo unas linternas y echamos una ojeada, nos vemos en la posada, dile al sevillano que no se preocupe, que si hace falta llamamos a la legión. –Y ahí se quedó la cuestión.

Acabada la faena y como era Ley cada día, nos reunimos unos cuantos compañeros en el mismo jardín de siempre, Encarna dale que te doy botellines, bolígrafo en mano, ¡que sí, que sumo y sigue!, ¡ya sabes, el día veinte!, no te preocupes que ya casi hemos llegado!, ¡pero con todos!, que después del quince, ya no había tela, tan solo la que nos habíamos dejado en Lerma a base de buenas chanzas, cervezas y cubatas.

Apareció el familiar exmiembro del CESID especializado en tareas de contraespionaje en otros lares y años y ¡hala!, pá casa, que toca averiguar la realidad aparente o la desdicha del que allí siente, lo que no pudo olvidar durante la muerte.

Subimos las escaleras, Pepe el último, Ángel comprueba la primera trampa, el hilo, los palillos y unas finas servilletas no se habían desplazado, lo que en términos profesionales venía a decir que por allí no había pasado ni Dios, Él seguro que sí, son maneras de expresión.

Con las linternas y sumo cuidado vamos comprobando el polvo de cacao que dejamos extendido suavemente por el suelo, ¡ni una huella!, encima de los muebles, armarios, lámparas, marcos de las ventanas, ¡tampoco!, de manera que bajamos a casa, nos tomamos una cerveza reflexionando lo que habíamos comprobado y…

-Pues francamente, si lo que me habéis dicho es cierto, es posible que tengáis un fantasma en la buhardilla. –Y se quedó tan pancho, soltó la artillería como quien tira una colilla al suelo y Pepe con la el recogedor.

-Pues yo me voy de aquí, que donde Encarna no hay bichos. –Respondió de forma inmediata nuestro compañero de piso.

En unos segundos envejeció diez años, qué digo diez, veinte. Agachó la cabeza, nos miraba, pero no a nosotros, sino a las paredes a través de los cuerpos, unas lágrimas asomaron la comisura de sus ojos, ¡no aguantaba la presión!, estaba perdiendo todo el valor que le quedaba.

-Pepe, no sé si será un ente del otro mundo o un gato, pero si es felino, una noche al fresco y se le pasa la tontería, ya sabes que por estos lares te dan gato por liebre y no te enteras. –Intenté darle un toque de humor al momento, pero con escaso resultado.

-¡No estoy para bromas, siquillo!, otra cosa sí pero espíritus donde vivo, ¡no, no y no!

Ángel quien siempre tuvo un humor especial e irónico muy particular, tomó la batuta de la conversación.

-Os voy a contar un caso parecido al que tenéis aquí, es real y de cuando mi hermano y yo éramos unos críos, en Figueras. –Y comenzó a narrar lo que les ocurrió en dicho pueblo, en un caserón antiguo donde vivían. La historia la conocía por mi padre y mi tía Conchita, la habían contado muchas veces, tantas que levantaron mi interés en las ocultas ciencias, espiritismo, ouija, piramidología, numerología, cacofonías y otros fenómenos paranormales.

-No le cuentes esa experiencia que se va por peteneras sin tan siquiera llevarse la ropa. –Le contesté.

Pero no me hizo caso, narró con detalle los sucesos de un espectro que se paseaba arrastrando las cadenas sujetas a los pies y que a veces pasadas las doce de la noche se dejaba incluso ver, y como no, el final de la experiencia, mis abuelos cambiando de casa, que el caso se quedó sin resolver.

El especialista en radiografiar soldaduras de tubería al aire libre, Pepe, por supuesto sudaba lo que no estaba escrito. La cara le cambiaba por momentos, estaba aterrorizado, el más allá da miedo, lo reconozco, pero a mi compañero le superaba con creces hasta el punto de ser pánico.

Acabada la visita y solos en el tenebroso hogar…

-Fernando, mañana buscamos otra casa.

-¡Pero hombre, sé que es molesto, pero ya se cansará de gritar a las tantas de la noche, te tomas un par de cubatas más y duermes como un angelito.

-¡Ojú que balones tienes!, yo no aguanto más, o limpiamos la casa con una gitana y romero para dar y regalar o yo desparezco.

Nos fuimos a nuestras respectivas habitaciones y de nuevo empezó a complicarse el panorama, en esta ocasión hasta nosotros nos preocupamos, los gritos eran tan potentes que parecíamos estar escuchando cómo desgarraban a una mujer encima de nuestras cabezas. Ahora sí que era algo imposible de aguantar. Pepe salió como alma que lleva el diablo, colocándose los pantalones como pudo. Elvira y yo aún controlábamos la situación, de manera que bajamos discretamente y en la calle, al lado de la puerta nos encontramos a nuestro vecino, completamente aterrorizado.

-Esta noche el bicho o lo que sea se ha pasado mil pueblos, vamos al puesto de la Guardia Civil y que vengan a ver lo que está pasando, a ver si por casualidad es otra cosa. –Comenté por decir algo, ya me contarán que pueden hacer los agentes de la Ley y el orden, si el origen del desorden ni se ve ni se palpa, ¡solo se oye!

A toda prisa y en dirección de la benemérita seguridad nos dirigimos. Una vez allí nos atendió uno de los agentes.

-Buenas noches, ¿qué ocurre? –Normal, si ven a tres con los pelos de la cabeza tiesos, es algo que a primera vista debe preocupar, y no era la posición del caballo habitual, sino haber salido de la cama a toda pastilla, perdón, en quinta sin embragar y mil caballos de potencia para doscientos kilos de peso, ¿se lo imaginan?

-Buenas noches, no sé cómo explicarlo, verá no es un caso palpable y lógico. –Comencé desarrollando, no sabía cómo decirle aquel caballero que nos estaba cediendo su tiempo y seguridad, que buscábamos especialistas en  fantasmas para acabar con ellos, ¡y es verdad!, palabra de honor.

-Es muy sencillo, relájese y muy despacio cuénteme lo que ha sucedido. –Así cualquiera, al menos me quitó el primer miedo de encima, siempre le tuve respeto al cuerpo, si veían o creían que les estaba tomando por el pito del sereno me podría caer la porra que llevaba, o unos vinos, que nunca se sabe.

-Mire, hace unas semanas alquilamos una casa en Lerma, somos trabajadores del gasoducto. Antes estábamos residiendo en la Posada de Eufrasio, pero por eso de ahorrar un poco nos decidimos a buscar otro sitio y compartir los gastos. –Seguí.

-Eso ya lo sé, pero siga con lo que venía a contarme y no se vaya por Utrera, que mi pueblo lo conozco, ¡y bien! –Más o menos, quiero decir, que no recuerdo su respuesta con exactitud, pero por ahí fue la respuesta.

Elvira y Pepe callados, esperando que soltara lo que realmente tendría que haber hecho desde el principio, pero cuando un hombre se la juega, hay que dorar las mejillas a partes iguales, que con suerte no encuentran la diferencia y se quedan como estaban.

-Hace unos días empezamos a escuchar ruidos extraños en la buhardilla, mi tío nos ayudó a colocar trampas para averiguar si dichos sonidos podrían ser de un gato u otro animal, soltamos cacao en polvo por encima de los muebles, sillas, mesas, marcos de ventana, suelo, etc, amén de colocar un rústica trampa de dirección de intrusos en la puerta a base de palillos, servilletas de papel e hilo. El caso es que ayer estuvo con nosotros cenando cuando y de pronto empezó la jauría en la parte superior, subimos con linternas y pudimos comprobar que no había una sola huella en todo el recinto. Esta noche ya es imposible de aguantar, ¡se lo juro!, da la impresión que están rajando a una señora en la planta de arriba, los gritos y alaridos son terribles, indescriptibles, por eso hemos venido a verles, a ver si se da el caso que tenemos algo encima que puediera ser peligroso.

Ni que decir que el escrutinio fue perfecto, el que nos hizo claro está, nos analizó hasta la calidad del agua de las pupilas y eso a una simple y rápida pero profunda ojeada.

-Esperen aquí, enseguida vuelvo. –Y se fue.

En menos de dos minutos teníamos tres guardias que nos acompañaban, ellos en coche y nosotros a pie llegamos en lo que canta un gallo con la voz ronca. Abrí el portón, subí las escaleras hasta el primer piso…

-¡Ahí es!. Introduje la llave del siglo que fue, giré, abrí la puerta. -Ya pueden ustedes pasar.

-Usted delante. –¡Ayayay!, una de dos, o tenían más miedo que nosotros o no se creían un ápice de lo que les había contado.

-¡Oiga!, que la Guardia Civil son ustedes y van armados, yo solo tengo mis manos para defenderme. –Les miré y me di cuenta que no estaban para bromas, de manera que me tocó atravesar el portal como vuluntario forzoso, ¡el primero!, esperando que no se llevaran un susto y por error soltaran el cargador sobre el que precisamente era de carne y hueso.

Pasamos al interior, ellos iban alumbrando con las linternas todo lo que se podía y dejaba ver, con cuidado, paso a paso, algo parecido a esos momentos que se deben vivir en la guerra o enfrentamientos armados, agazapados, esperando un yo que sé, y ná, que ni ruido, ni espectro que nos diera un chutazo de adrenalina y nos hiciera salir escaleras para abajo.

-Aquí no se ve, ni oye nada. –No nos estará tomando el pelo, ¿verdad? –Malo, no él, sino el puñetero fantasma, que ahora no se dejaba sentir.

-¿Han visto nuestras caras?, ¿tenemos pinta de ir jugándonos el tipo gastando bromas personalmente y en directo a los representantes de la Ley?, lo que les he narrado es tan cierto como que me llamo Fernando y ellos lo pueden corroborar, si no fuera suficiente y  les parece nos acercamos a la base de trabajo y hablamos con el ingeniero que nos ha estado ayudando a intentar averiguar lo que ocurría. Si desean tomarse un café o una cerveza, en casa podemos seguir detallando algunas cosas que se nos hallan pasado tranquilamente.

Mira por donde cuando estábamos penetrando en el interior del alquilado hogar comenzaron los gritos, justo encima de nosotros. Los agentes miraron por todas partes, no encontraron nada, pero el semblante que dibujaban era del mismo color que el de nuestro sevillano y es que los casos de este tipo no son para menos, que lo que no se ve, asusta más que aquello que tienes delante.

-Buenas noches, descansen, descansen ustedes, ¡si es que pueden!, que nosotros nada podemos hacer aquí. –Y allí nos dejaron, sin más preámbulos ni rodeos, solos ante el peligro.

-¡Yo me voy! –No era para menos, Pepe salió por peteneras sin siquiera coger ropa para el día siguiente, en dirección Encarna, de manera que Elvira y esta pluma nos quedamos y aguantamos hasta final de mes, que por mucho espíritu que haya, si lo que hay que soltar son cuartos, para dar sustos ya estaba yo.

Finiquitado el tiempo de los treinta días establecidos y abonados por adelantados, nos fuimos de regreso a la Posada, todo perfecto como antes, y mira por donde un buen día charlando sobre el tema, nos dijeron que en esa vivienda, tiempo atrás había fallecido una señora mayor con unos dolores horribles. Se ve que quedó su alma en pena, o bien el rastro de la amarga desesperación de vivir el final del camino, como una amarga traición de la vida.

El caso por supuesto no se resolvió, años detrás volví a preguntar y nadie sabía nada. Como todo pueblo de este país ha ido evolucionando, en la calle San Blas de Lerma estaba, ahora no sabría decirles que edificio, ¡una pena!

Al cabo de un mes y un tanto más de Santo Tomás, se acabó el tajo, casi nueve lunas en un pueblo que se ganó mi cariño. Hoy, y desde hace ya una ristra, ¡de años!, que no de chorizos, cada vez que paso por la N-I dirección vuelta a Madrid, que a la ida suelo ir de madrugada, siempre paro en esa posada, La Posada de Eufrasio, un hogar de un rato en el que el café me sabe a gloria y la compañía, la de Encarna y Olvido, que sus padres ya comenzaron otros destinos, la de unas amigas que me traen de nuevo la vida. Por ello y en memoria de quienes en sus momentos compartieron ratos de charlas, chanzas, cervezas, discusiones y alegrías, el próximo capítulo irá para recordar brevemente lo que fue, y lo hoy es, de cómo dos mujeres, ¡perdón!, ¡tres!, que entonces estaba  Esperanza, su querida madre y después de echarle todos los ovarios a la cesta, ¡pueden estar seguros de lo que digo!, transformaron aquel humilde sitio de descanso, yantar y copas en lo que hoy es, ¡una posada como mandan los cánones de Lerma!, un sitio de esos que se denominan “con encanto”, y le sobra, con decorados exquisitos en pintura y otros telares, pero los de pincel, ¡oigan!, Las Meninas de Encarna, que tiene don y dotes para el óleo y para tomar decisiones con dos…

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5 pensamientos en “LA POSADA DE EUFRA… ¡FANTASMAS!”

  1. ¡Hostias! caballero y perdón por la expresión, solo de leer el articulo se me han puesto los pelos de punta. No me puedo imaginar por mucho empeño que le ponga como hubiera sido si la experiencia la vivo en persona, eso si el Pepe de Sevilla se porto como todo un valiente en esa situación en comparación conmigo porque estoy seguro de que a mi se me hubieran aflojado los intestinos y la vejiga.
    Y no puede faltar el agradecerte esta crónica basada en los recuerdos de la Posada de Eufrasio en Lerma.
    Un abrazo.

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    1. Pues creedme, fue tal y como se describe, había noches donde los gritos eran para salir pitando, pero… aguantamos hasta el final que la pela es lo queda en el bolsillo y si allí no está, te quedas que te pelan, jajajaja. Gracias por el comentario.

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