EL SOPLO de “EL PALIQUE”

Son las 19:45 de un día que llueve según le viene en gana a la naturaleza, como es de Ley, ella es quien manda y los demás, meros inquilinos y espectadores. Me acaban de dar un soplo en un sitio llamado El Jardín del Edén, en Ciempozuelos, -mi rincón de recreo y ventura-rodriguez-ciempuzuelspluma cuando necesito algo de inspiración en vivo, -algo tan importante que no me queda otro remedio que comprobar. Me voy a toda prisa en dirección al Capitán Trueno, abro la puerta, me siento y le doy a la llave que hace crujir con ganas el motor. Treinta kilómetros de  lluvia intensa me separan del punto en el que se supone hay un restaurante recientemente inaugurado con un chef de la escuela del Palace, y eso queridos amigos y amigas, es algo que no puedo resistir, probar, comprobar y verificar si lo que dicen es verdad o un cuento de Michelón.

Es de noche, sigue cayendo agua, gotas caen en alemán, me dice mi hijo por teléfono, un golpe de risa y otro de tos. La carretera es una gozada, voy circulando solo ante la luna que empieza a resurgir, la superluna con más notoriedad, luz y fuerza desde el 48 del pasado siglo. El coche se desliza disfrutando de la calzada y el momento, lo noto en el volante, suave, dulce y amable.

Necesitaba algo nuevo, como investigador que he sido toda mi vida, me alimento de la creatividad, de esa misma que me ha dado durante mi trayectoria profesional tantas alegrías, dolores de cabeza y desilusiones, porque de todo hay, y ésta, podría ser una de ellas.

Dejo Titulcia a mi izquierda, me guio las estrellas que no se ven y llego a Chinchón, lo bordeo pasando al lado de la Benemérita, sigo el camino y en diez minutos más me he plantado en Colmenar de Oreja, un pueblo que para el que no lo conozca, tiene historia para dar tomar y regalar, Apios Aureliae, rezaba el nombre por el que se conocía a esta población en los tiempos de Roma.

Me encuentro una glorieta y el cartel que indica a la Plaza Mayor, ahí está el supuesto lar donde veré el firmamento o el tormento, cualquier cosa puede ser. Encuentro la plaza y el restaurante, pero el que veo responde al nombre de El Palique y me han dicho que era El Penique, se habrán confundido o quizá sea mi teniente oído. Aparco en la puerta, cierro el si-vCapitán Trueno y entro. La primera impresión es buena, la barra a la izquierda, hay gente en ella dándole a la lengua a base de prosa y vino. Me acomodo…

-¡Buenas noches!, ¿me puede servir un tinto de la tierra por favor?

Espero un poco y vierten el caldo de Baco en una hermosa copa, grande y de cristal fino, perfecto para menear, oxigenar, olfatear y saborear. Me llama la atención el momento en el que lo están vertiendo, su espuma es violácea y grácil. Espero y cuando ha finalizado el ritual, cojo el recipiente muevo dulcemente de manera circular y acompasada en el mismo sentido que el eje de rotación de nuestro planeta…, observo la lágrima, ¡es buena! Acerco mis napias para que llegue el aroma…,  acompaña. Me lo llevo a los labios, un sorbo pequeño, pruebo y confirmo que el caldo se deja llevar…, es de la tierra y bueno.

Traen el aperitivo, parrochitas fritas y bien servidas. ¡Ummm!, he ahí una primera prueba digna para saber si la cocina es de confianza o no. Uno de mis pescaditos preferidos y resulta que los bordo en mi fogón.

Cojo una, aún está caliente pero me da igual, con cariño separo el primer filetín y…, ¡voilé!, de muerte, ¡está de locura!, saben tratar el pescado, creo que aquí voy a disfrutar de lo lindo, pero… no tiremos cohetes, que las cosas pueden cambiar. Están crujientes por fuera, cocidas por dentro, en su punto y jugosas, con todo el sabor que el mar les dio.

Apuro el zumo de la vid, pido mesa y espero. Al par de minutos aparece el que se supone será el cheff, me saluda e invita a subir unas escaleras, he ahí el restaurante. ¡Qué sorpresa!, cocina a la vista, tan solo unos cristales lo separan de los fogones, arte y quehaceres de la gastronomía al ojo del consumidor. ¡Me place!

si-xiSolo hay una mesa libre, pero afortunada, enfrente de la pantalla en cinemascope y auténtica realidad virtual, un emplazamiento único para el que le guste observar el trabajo y cómo se mueven los artesanos dándole vida a las viandas en su mundo real.

-Tenga, la carta, si necesita ayuda no tiene más que decirlo. –Me comenta y deja.

Aparece una señora, viene a tomarme la comanda, no me he decidido, prefiero que sean ellos quienes rompan y sorprendan.

-¿Podría indicarme qué recomienda el cheff? –Pregunto.

Me observa con una sonrisa de quien sabe que con cualquier cliente se la juega, y contesta…

-Cualquier cosa, está en buenas manos, ¿pero qué prefiere, carne o pescado?

Pescado, Dios de mis amores, el fruto del mar que tanto me apasiona y que tan mal tratan en la mayor parte de los restaurantes, decido jugármela, que las sardinitas estaban de escándalo.

-Frutos del océano, usted dirá y en función de la selección, el primero.

-El atún rojo de la almadraba lo trata con tanto amor como los demás, pero hoy ha llegado un lomo con el que seguro disfrutará, entre otras cosas porque éste lo fríe al revés.Atún rojo de la Almadraba.jpg

-¿Frito al revés?, si me lo explica se lo agradezco.

-Se coloca el carpaccio en el plato y se vierte el aceite de oliva hirviendo por encima y con cuidado, solo se hace la parte superior. Va acompañado de algas wakame y huevos de pez volador de guarnición.

¡Hostias!, un restaurante en Colmenar de Oreja donde fusionan la cultura culinaria. –Pensé sin decir esta lengua es mía.

-Me parece perfecto y de primero… algo suave por favor.

-¿Qué le parece una ensalada de jamón de pato, queso de cabra y confitura casera de tomate?

¡Rediez!, otra mezcla que a priori no me cuadra, ya me pasó en La Cueva de la Luna y me llevé un sorpresón muy agradable, de manera que…

-Estupendo y por favor, tráigame de ese tinto de cabernet, syrah y tempranillo de la tierra que me han servido en la barra, he disfrutado con él.

-Buena elección. –En lo que el gallo abre el pico lo tiene en la mesa.

Al minuto escaso abrió una botella del caldo, sirvió y desapareció. Aproveché para volar con la imaginación dentro de la cocina. Ahí estaban dale que te doy, que te quites de en medio, ten cuidado, que se caen los tomates, aparta la bandeja, cuidado con el aceite, coloca el mango y el melón, dale candela, ¡cuchara!, bien esto sale correcto, ¡vaaa!, ¡la si-xiicinco, que pasa con la cinco!, esas cosillas que se ven dentro de los fogones y que la gente por lo común no ha disfrutado, sin contar a lo que se conoce come “la puré” y otros nombres menos acordes a una mesa en la que estaba a punto de comenzar a cenar, solo se apreciaba comunicación, buen hacer, concentración y a veces, cuando le daba el punto, ¡felicidad! He ahí la perfecta televisión en 100 D.

El tiempo se va contemplando la excelencia en el origen de las manos de las viandas que estoy esperando, el restaurante lleno pero el servicio puntual y tranquilo, como si allí no pasara nada, indudable señal de la calidad de los profesionales.

Una sonrisa destaca en la cocina, creo que es mi ensalada, sale la camarera con un plato, pero no es el mío, según lo veo, la boca se me hace agua. ¡Dios, llevo menos de diez jesus-en-los-fogones-del-paliqueminutos esperando y no puedo más!, como la cena esté igual que eso que acaba de pasar frente a mi nariz, voy a disfrutar como un enano.

Abren la puerta de la cocina, una ensalada viene de camino, ¿será la mía?, unos segundos de intensa espera y… ¡lo es!

-Aquí tiene la ensalada de jamón de pato con queso de cabra y confitura de tomate

-Gracias. –No alcancé a decir nada más, la presencia era perfecta, un círculo con mano magistral de confitura caramelizada indicaba que lo que estaba por ver, era el interior, el auténtico secreto, diversas lechugas partidas a mano, como rigen las normas de los reales sitios del placer, cherrys a la perfecta mitad indicando las coordenadas, los filetes de jamón de pato repartidos con amor sobre el verde hogar, en medio el rulo de queso de cabra, sobre el que posa la confitura casera de tomate y para darle un toque de vanidad y si-2suerte, el símbolo del dólar a base de la misma base caramelizada. ¡Vaya tela!, no estoy conforme, ¡rediez!, podían haber puesto la peseta o el euro, que me place más, pero por ese detalle, no me voy a quejar.

Cojo el tenedor con la siniestra, el cuchillo con la diestra y me ayudo con él, con cariño, que con las cosas de comer, ¡no se juega!, arrimo una porción, me la llevo a la boca… ¡Umm!, un 9,25 de media, el 0,75 lo resto por la moneda elegida, que por lo demás, ¡perfecta!

Dale que te doy, subo y bajo el tenedor, sigo paladeando la ensalada y al punto de finiquitar el primer esbozo, veo que el cheff levanta una sartén, vierte el contenido sobre algo que no distingo, hay una cazuela en medio, ¡puñetas!, ¿qué será? Se escucha un schiii muy suave, casi un murmullo, como cuando te quemas un dedo con la plancha o una sartén, creo que todos entendemos ese sonido, sale un poco de vapor del sitio donde volcó la salsa y en ese momento, otra sonrisa, señal de que el resultado es el que el jefe quería.

Acabo el manjar, recogen lo que queda, solo el plato que el pan también estaba de toma y moja, y vienen con el siguiente.

-Parece que el primero le ha cuadrado. –Me comenta mi atenta servidora, pero callo y veo lo que jamás habría de creer si no fuera porque el que estaba allí, era yo. El plato casi cubierto de carpaccio de atún de la Almadraba con el aceite dándole el brillo que le quitó la muerte, algas y huevas tiradas a lo Miró por encima del rojo placer. No puedo más y vuelvo a las andadas, pala, tenedor, empujo, coloco, sitúo y al paladar…cojonuda

¡Joder, joder, joder!, pero qué bueno está esto, ¡leches! –A baja voz y sin poder impedirlo, el atún en su punto, el aceite… ¡Dios!, las algas templadas y las huevas, ¡hostias con las huevas!, estaban tan perfectas que al caviar le dan morcillas, era como si el pez volador se hubiera despistado, le hubieran dado permiso y autonomía de pulmones para descargar sobre mi plato su amor por aquel lar. ¡Fantástico!, ¡qué placer!

Deleité poco a poco el amor que habían depositado sobre mi mesa, el arte que le habían dado, cerrando los ojos para volar y disfrutar de unos momentos que parecían eternos y sabía que se iban a acabar, hasta que no quedó ni la ilusión.

-¿Le ha gustado?

-¡Que va!, tenía hambre, ¡nada más!

¿Qué podía decir?, dos platos sin nada son dos medallas de oro, de manera que como lo saben, ¡a callar!, que luego suben los precios.

-¿Qué le apetece de postre? Hoy tenemos milhoja de crema con coulís de mango.

Mire, seguro que está de muerte, ¡pero no puedo más!

-Insisto.

-¡No por favor!, que luego me lo como.

Recoge el plato, cubiertos, migas de pan, se va y aparece con el dulce manjar, ¿y ahora qué?

-Esto va de parte del cheff, que le ha visto observar y disfrutar de la cocina.

-De acuerdo, pero luego tráigame un orujillo blanco que ayude con la digestión, que ya no están las cosas para abusar.

Meto la cuchara, y… ¡olé!

El chupitín de aguardiente llegó en su debido momento, ¡gracias doy!, que empujar tanto alimento por muy bueno que esté, cuesta trabajo.

Al pedir la dolorosa, no fue tanto, una cuenta que no dice lo que vale, pero supongo que será porque están empezando. Saludo al cheff, me da su nombre, Jesús y a la jefa que lo es, Lidia responde por nombre, y les digo.

-Hoy no he venido cámara fotográfica, me ha pillado de sorpresa, pero mañana vengo, hago unas fotos y revivo la experiencia de hoy sobre mi teclado. No saben que entre otras cosas, escribo sobre lo que disfruto y cuando no es así, se lleva su estrella Michelón.

¡Vaya soplo!, ¡mereció la pena!

¡Chapó!

Si alguien quiere conocer tan excelso lugar, recuerde que está en la Plaza Mayor y que responde al nombre de El Soplo, ¡perdón!, EL PALIQUE en Colmenar de Oreja, quería decir, el resto… sus ganas de vivir.

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