«Jurar la espalda» Relato ganador Villa de Lerma 2.017

«Jurar la espalda»

-¡Dale rocín, que no llegamos!, desde que he eliminado las espuelas, poco caso me haces y es que a caballo regalado, tú le estás mirando el diente y obligándome a mantenerte. Somos amigos y eso te salva, esos juramentos de espalda, ¡duelen!, ¡pardiez que sí!

Camino de Lerma iban el caballero y su fiel corcel, al que al ver su mirada, ese mismo día llamó por siempre Cariñoso. Años ya habían pasado desde que el potro cambió de manos, hoy, cascado como su amo rumiaba despacio mientras por dentro la vida se le iba yendo. Pitágoras sabía que pronto perdería el único matrimonio que tuvo en vida, su inseparable compañero de andanzas.

-Dos leguas nos faltan y aún te quejas, con los años ni lentejas malandrín, tantas aventuras vividas y mira cómo andamos, los dos a pie, menudo zorro que estás hecho, ahora torcido y nunca derecho. No sufras compañero de fatigas, que ya tiro y te empujo, quién me iba a decir que así andaría un par de años por los tiempos en los que sobre tu grupa, corríamos caminos como un solo paladín, defensores a ultranza del linaje de quienes no por clase sino por humanidad nos hicieron ver que no hay mejor verdad, que ayudar a quienes valen la realidad.

Lentos se desplazaban, perezosos ante el destino, pero animosos hacia la vida, su villa, el pueblo que les vio crecer ofrecía la coraza ante el dolor del sonido de sus bisagras. El jinete tiraba del penco de buenas maneras, despacio y acariciándole la cabeza, dándole los ánimos que le faltaban para llegar al único sitio en el que el animal recuperaba el brío, aunque fuera tan solo por demostrar lo que fue.

-¡Hiiiiii!, ¡Hiiitágoras! Hasta tu nombre sé pronunciar, debe ser cosa de la edad, ¡viejo pellejo!, que el que tira del carro y del humano, soy yo. ¡Hiiitágoras!, sigue adelante, que nuestra villa es refugio del alma, desmontado caballero.

Los dos se hablaban sin oír lo que escuchaban, palpando el sabor de la añeja ciudad que les vio nacer. Un paso, otro y ya estarían en el mismo lugar que fundirían sus almas para volver a renacer.

-Ya estamos mi fiel montura, ¡rediez, que eso en otros tiempos fue!, hoy soy tus piernas y espalda, ¡lo que con el tiempo he de ver!, ¡válgame el cielo que si lo sé!, otro nombre te habría puesto, ¡Cariñoso!, que pesas todas las picas de Flandes a la vez.

Cruzando el arco, en la puerta de la vida estaban, cuando el corcel cayó de bruces con las piernas arrodilladas. Giró la cabeza, miró a su amigo, le guiñó un ojo, luego el otro.

-¡Hiiitágoras!, hasta aquí he llegado, éste es el final que siempre deseé, acabar donde nací y a vuestro lado. ¡Hiiiadios compañero de fatigas!

El jinete, arrodillado ante su más preciada amistad, posó la cabeza sobre su pecho, acariciándole con la mirada perdida, allá en un horizonte donde no hay más que apariencia. Se acercó al oído…

-¡Ni adiós, ni leches!, mi leal e inseparable camarada, aquí me quedo yo también, junto a tu lado, ¡bribón del tres al cuarto y mitad!, que tú no te vas solo, ¡faltaría más!

Siglos pasaron desde aquel día en el que dos rudos soldados, guerreros por las Españas se fueron en cuerpo, corazón y alma, para volver a jurarse las espaldas en el cielo, ¡o a saber!

Hoy se recuerda con justicia que un camarada es en su esencia, un amigo del alma, un guerrero al servicio de las espaldas de las antiguas camaradas, las de máximo diez, como mandaban los cánones de los siglos dorados de antaño, fieros con el enemigo y honrados hidalgos con sus destinos.

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