«LA LIMITADORA»

A estribor soplan los vientos, «la pilota» de la nave no se da cuenta, «las pañas» se cierran. ¡Abran velas!, grita «la comandanta«, son horas de luz sin sol ni luna, «la fara » enciende la antorcha, pide candela a «la ciela«, pero este solo escucha gritos allá en «la horizonta«.

Es Irene Montera, la bien caída al suelo con la suerte de su misma calle en otros tiempos, La Montera, donde ni ellas la quieren, pues saben que detrás de sus zanahorias solo hay alfalfa, corrales llenas de ellas, antes bellas y hoy perdidas entre las estrellas apagadas del Misterio de Desigualdad Social.

Ensayistas para un cuento pide la menestra, un libro donde las mejores no se pueden medir en todos los terrenos. Irene las protege, no quiere verlas caer de sus sueños. Para ello coloca el premio de la intolerancia, un concurso para ensayistas donde solo las mujeres pueden presentarse, y yo las digo, a mis amadas y queridas féminas, doncellas o damas, duquesas, marquesas o plebeyas. ¿Hay alguna manera mejor para hundir la humanidad de una mujer y despojarla de ella, que evitar el combate a pluma sin tener en cuenta el sexo? A tal punto llega la gerente del ministerio, solapar la actitud y aptitud de todas las mujeres a cambio de un precio, saber que ellas serán las ganadoras del más injusto certamen. Nada sabe de la sangre diluida en el plumín, tinta de sentimientos, emociones llegadas de millones de confines, donde no hay sitio a un conjuro tan necio.

Irene Montera es una limitadora, colocadora de fronteras a la capacidad femenina, necesita controlar sus voces, y para ello, es capaz de rugir sin piedad sobre todas las flores del jardín, no quiere rosas, anthurium, jazmín o azahar, ansía el control y el poder sobre su hermandad a cualquier precio, por eso ha creado un concurso púbico, para demostrar que las mujeres son las mejores entre todas las mujeres.

Irene las ha metido en el fango, tan solo tienen la boca libre para respirar. Si mañana se presentan para ser las ganadoras de este libro de ensayos, será el ensayo de cómo no se deben hacer las cosas jamás, la prueba evidente y escrita, muestra de una princesa sin corona, pues jamás podrá llegar a ser reina por saber de antemano, que ganó en desigualdad.

Para escuchar en «Cita a las 3 con Rafa Vega», pincha en RadioInter

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