Un millón de gracias al blog “El Escritorio del Búho” por haberme nominado a los premios Liebster.

No  me esperaba tanto honor, por ello mi más sincero agradecimiento al blog “El Escritorio del Búho”, y a ti “Thelma” su auténtico alma, por haberme nominado  a los premios Liebster, el cual tiene como finalidad, que se den a conocer blogs, entre los propios bloggers. Dicho objetivo se consigue a través de cadenas, si te nominan puedes nominar a tu vez hasta 20 blogs, que te gusten para aumentar la difusión.
¿Por qué decidiste hacer un Blog?
Sentía la necesidad de dar a conocer parte de mi literatura y pensamientos en un formato que permitiera compartir opiniones sinceras, libres de cualquier presión o recelo. La mejor crítica es la de alguien que no te conoce.
¿En quién confías para revisar lo que escribes?
Si son novelas en cinco personas, pero muy en especial en Rafa Gálvez.
¿Cual es el primer libro que leíste?
No estoy muy seguro de cual fue el primero, pero seguro que uno de estos tres. La Odisea, La Ilíada o Los Tres Mosqueteros, tenía entre 6 y siete añitos.
¿A qué autores admiras?
A muchos, pero podríamos empezar por Pérez Reverte, Matilde Asensi, Isabel Allende, Julia Navarro, Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones, Eslava Galán, Calvo Poyato, Christian Jacq, Vázquez Figueroa, Follet, ….. entre los que están, y de los que se fueron, Cervantes, Quevedo, Galdós, Garcilaso, Becquer, Zorrilla, Saramago…
¿Tu Mayor Éxito?
Con mis ideas partir de cero en un proyecto y hacerlo realidad, pero nada tienen que ver con lo que hago ahora.
¿Tu Mayor Fracaso?
Haberme quedado corto de recursos en uno de esos innovadores proyectos.
¿Te sientes satisfecho de lo que has conseguido a la fecha?
Me siento muy satisfecho de como he crecido como padre y ser humano, en cuanto al resto es lo de siempre, una carrera de obstáculos.
¿Sobre qué, no escribirías nunca?
Sobre nada. Ya conoces el refrán, “nunca digas que de este agua no vas a beber y que este cura no es tu padre”.
¿Tu principal motivación para escribir?
Dejar una pequeña huella de mi vida a mis hijos donde puedan ver que siempre se puede partir de cero y que cuando ya no esté con ellos, puedan sentirme y palparme mientras leen algo de mi puño y letra. Es muy egoísta por mi parte, pero…
¿Qué consejo le darías a otros bloggers?
Disfruta todo aquello que escribas y nunca lo hagas sin ganas. De la vergüenza no se come, así que no te dejes nada en el tintero, que lo que tal vez a ti no te guste, puede ser una obra de arte para otras personas.
¿Cambiarías algo de tus libros, escritos o poemas ya publicados?
Siempre que escribes y publicas algo te queda ese, “podría haberlo hecho mucho mejor”, pero si intentas mejorarlo continuamente, al final no publicas nada.
Deseo nominar al premio Liebster a los siguientes Blogs
El Escritorio del Buho
Lihembensayel
Almenas-waylander78
Altiradopaginasalviento
Angelocampionev
Los nominados debéis rellenar el siguiente cuestionario
Por que decidiste hacer un Blog?
    2- ¿En quién confías para revisar lo que escribes?
    3- ¿Cual es el primer libro que leíste?
    4- ¿A que autores admiras?
    5- ¿Tu Mayor Éxito?
    6- ¿Tu Mayor Fracaso?
    7- ¿Te sientes satisfecho de lo que has conseguido a la fecha?
    8- ¿Sobre qué, no escribirías nunca?
    9- ¿Tu principal motivación para escribir?
   10- ¿Qué consejo le darías a otros bloggers?
   11- ¿Cambiarías algo de tus libros, escritos o poemas ya publicados?

Tres Hidalgos y un destino

            Ayer presentaron una nueva edición del Ingenioso e Hidalgo Don Quijote de la Mancha. La pluma es buena, nada más y nada menos que la de Don Arturo Pérez Reverte. Aún no he tenido la suerte o desgracia de palpar esa nueva gracia que el académico español pudiera darle, pero si puedo decir que quedo tranquilo, puesto que si de algo estoy seguro es del amor que este autor tiene a nuestra literatura.

            De niño y en un castigo ejemplar que no viene a cuento explicar, los dos libros mas traducidos a nivel mundial tuve con la mano copiar, creo que es menester explicar que en seis meses de condena, todo, lo que se dice todo… no entraba en la vena, ni por supuesto en aquellos cuatro cuadernos cuadriculados donde expié todas mis penas, las de las aventuras de Sancho y el hidalgo caballero y por supuesto la Biblia, que en aquellos seculares tiempos era lo primero.

            Tontos no fueron mis padres, porque por una lado me daban el amor y desamores de Cristo, y por el otro la fe de un artesano y artista montando el cisco, de manera y aunque no lo crean, esa forma de ver las cosas, y enredar el sistema quedose en mi, como compañera de vida y gracia.

            Este pasado siglo ha dado grandes escritores, unos siguen y otros se fueron entre clamores, nombro a los vivos que de los que no están ya se encargan los corazones de los amigos y enemigos de su forma de ver las cosas.

            De Don Alberto Vázquez Figueroa aprendí a sentir y amar la literatura, a darle ese toque de revoque que tanto me gusta y a otros que no le entienden disgusta. Esas formas de plasmar sobre el papel la narrativa de forma amena, fresca y desenfadada no he vuelto a ver, y es una pena, porque el humor y la historia no están reñidas, más puede ser lo contrario, con simpatía entra mejor la leña.

            En cuanto a Don Arturo, ¿qué decir se puede de un hombre que pega la historia con tanta gloria y trabajo?, ¡no me envíe al carajo vuestra merced!, que viendo estoy volando el grajo. Hay dos libros que cada año leo y disfruto, uno de su preciada diestra y siniestra, que si la memoria no me engaña fue el primero, ¡si a ese me refiero!, al del Petite Cabrón, con el que río hasta no poder más, y el otro, en esta ocasión y espero disculpe, que no es por la marrana joder, es por poder y lo sabe, de una taberna en la Española, a la que los cuatro vientos le daba y por ello iba sumando conquistadores, insensatos, mal hablados, soñadores, soldados, valientes, pendencieros, oportunistas, crueles esclavistas, apellidos de traidores, y demás calaña, putas reputas y otras honradas, y así tira y afloja, y todo en la mitad de un libro de ciento y pico páginas, donde después de leerla se tiene la sensación de haberla vivido, estado y conocido a personajes históricos tan importantes como Don Alonso de Ojeda y Anacaona, Pizarro, Cortés, Núñez de Balboa, Obando el cruel y traidor apellido astado en muy buenas cargas, Ponce de León en búsqueda de la isla de la eterna juventud,…

            Con el tiempo y una buena caña, el canario autor y a mucha honra, enamorado de la vida y la aventura nos regaló de todo, desde el África que tanto amaba, hasta las Américas que tanto quiso, pasando por nuestra España, Cristo, el diablo y hasta tecnología, que para mí, fue su real perdición.

            El Cartagenero, con mayúsculas que muy bien se las merece, buen marino y de perfecto castellano, no nos dio ni nos da menos, a diferencia del chicharrero puntualiza la historia con más esmero, sumando datos y añadiendo ese humor del que no es canarión, que tanta gloria le ha dado con el Águila Imperial y su matachín y militar favorito. ¡Juro a ambos! que soy adepto e incondicional de dos literatos tan iguales en su ingenio y destreza para con un poco de tinta, ser capaces de describir los anales, ¡ojo!, a las crónicas de las memorias me refiero, con tanta destreza y humor, siendo tan iguales y dispares, que de las otras, ni me va, ni me viene, sin embargo le da ese toque que tanto gusta y entretiene.

             A los dos chapó, y ahora más, Don Arturo, que si de algo estoy seguro es que la obra póstuma de la literatura universal, ahora será mucho mas cercana a los estudiantes, que falta hacía para que con los años, cuando despierte y se abra la celosía que cubre la capacidad de entendimiento, el que lea las antiguas ediciones, ría hasta perder los calzones y el aliento.

             Sin más les ruego acepten de mis partes, un enorme abrazo, que con tres duros pares, la historia de otra forma se pace. Dicho ya de paso y por si fuera menester y a estas horas despierto el ingenio de tan poderosos hombres, en la mula pongo dos alforjas, esperando que la carga no se desplace o desparrame y despatarre el animal.

  

¡Señor presidente, Soraya!, ¡por Dios!

Señor presidente, Soraya, ¡por Dios!, ¿no se dan cuenta que todo lo que nos cae es metralla?, si no es por un lado es por otro, ya no es suficiente con el coselete y la cota de malla, por sotavento, barlovento, proa y popa, y en esta última…, ¡ya duele!

Ahora la Pantoja, contratada para su Mío Cid se me antoja, y el público erario…, del que casi no queda,… ¡vaya paradoja!

No hay para la “C”, a la hepatitis me refiero y solo es cuestión de dinero, pero si es menester de los Cantares a los reos, ¡por supuesto, es lo primero!

¡Válgame el cielo!, porque a vuestras mercedes les llegará el infierno, y con la estela al resto. Proclaman amor a su país, y les digo, ¡que no son las tierras!, son las personas que ahí pacen y como pueden viven, aguantando y tirando de las carretas, de mierda llenas, que es lo que cada día florece.

Es de cobardes dejar que la tropa se hunda en el río, en el océano o allende los mares, y ese ejército somos todos, además los que pagamos y os permitimos llegar a vuestro destino, el mas hermoso que cualquier andante caballero hubiere deseado.

No sigáis ese camino, cambiad el rumbo, llevad a todos estos marineros con los buenos vientos, que si bien lo hacéis y los mares se tuercen, a todos nos tendréis a diestra y siniestra, defendiendo la justicia con pericia, con justas o sin ellas, pero a vuestro lado.

La Venganza del Altozano, capítulo III

LA VENGANZA DEL ALTOZANO

Capitulo III

A media mañana del día siguiente, Don Ferrando siendo consciente de la debacle del día anterior, prometió tomarse las cosas con mas calma. Agarró un poco de pan y queso que a duras penas pudo masticar.

— ¡Diantres!, ayer se me fue la mano y no fue con la espada, tanto esfuerzo elevando el codo no es sano. Un vino aliviará el temporal, eso espero.

Bajó las escaleras de la pensión en la que se albergaba, tanteando las paredes por si volvía el vendaval, sujetando las piernas con el honor que le quedaba, esperando que nadie le tomara por un don nadie que todo lo tragaba.

Pisando firme cuando podía llegó a su primera morada, allá donde las bellas lozanas, esperaban escuchar los versos que de su pluma escribía para hombres, doncellas y puritanas, acabando en miles de ocasiones, recitándolos él mismo por la mañana.

— ¡Buenas tardes Don Ferrando!

— ¿Buenas tardes?, qué rápido se me ha pasado el día, ponedme de beber, pero en esta ocasión con saber, no sirváis mis vasos, que ya lo haré yo.

— ¡Como ayer entonces!

— ¿Como ayer?, pues sírvame vuestra merced, pero con calma, que hoy ando buscando lo que me queda del alma.

A la segunda copa ya había recuperado el risueño, empleando el tiempo en su mesa y escribiendo con brío a la caridad del amor de su próximo empeño. Mientras el versado deslizaba el plumín sobre el papel arrugado, apareció el carnicero con fruncido rostro e inclinándose ante nuestro héroe, se dejó caer sobre la butaca para soltar sus penas y lamentos.

— Buenas tardes tenga vuestra merced.

— Muy buenas y agradables, ¿que le trae hoy por estos lares?

— La carta que ayer me dio, no ha dado el resultado esperado.

— ¿Qué ha pasado, que os ha dicho?

— Nada, que es lo peor, esto me está llegando al corazón.

— No os preocupéis que es parte de su estrategia, mantenerse firme y sin perder la compostura, pues si a la primera se dejara vencer, sabedora es que todo lo echaría por la borda sin poder recobrar la honra que toda mujer ha de tener.

— ¿Estáis seguro?, ¡yo no lo estoy!, no veo tan claro que por unas cartas con rima, suelte el rodillo en la cocina y se deje embaucar hasta el cuerpo entregar.

— Paciencia, hoy deberéis hacer lo mismo, colocando esta carta que os entrego en su almohada y esperad, mañana sabremos si las lee y que tal le va. Os la leo, a ver si así recuperáis el ánimo perdido, no puedo veros así de rendido.

¡Buenos días Sra. Marquesa!:

En este soleado día donde algunos alcanzan la gloria y otros esperan el turno de la victoria, aprovecho antes de seguir con mis labores, a deciros que, ¡esta mañana estabais linda con honores!

Ese pantalón que  os pusisteis, embellece mas vuestro precioso rostro, ¡sí!, y no me digáis que me deje de palabrerías, pues no hay nada mas bello que disfrutar de la sonrisa cálida y prieta del ajustado velo que lo acaricia.

¡Qué envidia!, ¿y si paso por el sastre le digo me transforme en un lindo y ajustado calzón?. Qué sueño, que anhelo, por fin tocando el cielo, pero y…, ¿si me deja hecho un desastre?, cuanto riesgo, ¿o no?, sentir ese balanceo que ahora solo veo, puede acarrear consecuencias imprevistas.

¿Lo veis?, no soy yo, es la tentación divina, o quizás el mismo demonio, que quiere que tiente para disfrutar y meter el diente…, donde hasta ahora no he podido ni por oriente ni por occidente. Otra cosa es poniente y… ¡Ummmm!, levante. ¡Que gozada y todo por delante!

¿Qué culpa tiene este desposado?, todos los días una obra de arte pasa por la antesala, alcoba y cocina, sin poder hacer otra cosa que observar la menina, ni palpar las poderosas razones de quien siempre he amado, hasta el punto de haberos transformado en mi única golosina.

Dejadme hacer y haré que sintáis el calor del fuego amable, para que con el roce se fundan nuestras drogadas almas, del natural narcótico que generamos mientras nos vemos, tocamos y nos besamos. 

Vuestra merced juega con ventaja, consciente del anhelo de mi fantasía, puesto que sabéis que os rindo pleitesía, mientras mi garganta se seca y acongoja cada día y cada tarde, hasta que el sino, crece y crece dando tanto dolor…, que arde. 

Siendo la hora de tornar a otra escritura, donde los bravos no riman pero saben lo que dicen, os dejo pensando en la montura, y a Dios gracias, para que no me parta un rayo y permita volver a ser jinete de trote y galope, hasta donde el cuerpo aguante, todo el tiempo por delante.

— Vive Dios que sois osado!,  ¿pretendéis que estando las cosas como están, le entregue esa misiva situándola con dulzura a su lado?

— ¡Pardiez, querido amigo!, pongo la mano en el fuego. Podéis estar seguro que no me quemo, quizás vuestra merced sí lo haga, pero entre el ego de sus pechos, con esta perderá la entereza que hasta ahora está protegiendo, pues no hay mayor amor, que aquel que nace del odio de un error. Y recordad, ¡sujetad bien los machos, que de esta no saléis ni a cachos!

— Pues espero que esos trozos no sean parte de vuestro rancho, ya sabéis que mi María sabe utilizar el cuchillo de la misma forma que vuestra merced la espada. Quiero salir de una pieza, y no por la ventana sino por la puerta, con la cabeza bien alta y la tranquilidad y el sosiego de mi alma.

— ¡Hombre de Dios!, id tranquilo y disfrutad del resto, si aún sigue en bravas, con la de mañana acabará rindiendo vuestro favor con tanto amor, que disfrutaréis de una plaza para toreros con destreza, aquellos que con un capote someten a la dama con dulzura y aspereza, para luego muleta y espada en mano, rematar la almena dejando su alma en trance ante semejante faena.

— Vuestra merced es capaz de convencer al diablo para que se haga monaguillo.

— Fue fraile antes que demonio. Id y cumplid con vuestra parte, que sin esa ni hay toros ni arte.

Así se marchó de nuevo el enamorado, pensando que quizás el sabio experimentado en la vida, tuviera tanta habilidad como para devolverle a su ángel amado.

El poeta de bragueta ese día templó el codo, llevando de compañera a prudencia, evitando incurrir en mas delirios de hígado, estomago y cabeza, rogando al Altísimo clemencia para que se llevara todos los males que hoy le habían sacudido a raudales. De manera que a la caída del sol y un poco mas, visto que nadie ocupaba la silla que tanto trabajo le daba, se levantó yendo hacia la puerta y aprovechando para soltar unas monedas al tabernero, comprando y sellando así el silencio del día anterior, los remordimientos lastraban su propia conducta manchando su honor.

Paseando en dirección a la posada, se le acercó una lozana con intenciones claras, seducir al soldado que tanta fama tenía con las damas. Este negó con una certera disculpa y sonrisa en la cara, la petición que le hacía la Marisa, así se llamaba aquella peligrosa pendenciera, ligera de cascos y una auténtica fiera.

— Buenos noches caballero, va vuestra merced de un poderío que no hay quien se resista a pasar la noche con tanto artista.

— Disculpadme señorita, no hay nada que más apetezca que un buen bocado, en vuestro caso de cualquier lado, pero asuntos me obligan a postergar tan excelente manjar, por otros menos agradables, no por ello debo olvidarles, por lo tanto vuelvo y os repito, en otro momento hay quito.

Así acabó la jornada, trastocada por don Francisco y por supuesto, la resaca pero sin nada que mereciera especial interés para seguir con las andanzas y demás chanzas.

Con los primeros rayos de aquel Madrid lleno de gitanos y payos, el Don Juan  se levantó, alabando al sol mientras vestía las ajustadas ropas que le marcaban la estopa. Lavada la cara y envainado el estoque se dispuso a dar un paseo por las calles aledañas, esperando que en cualquier momento de la mañana, alguien con talentos le diera una buena contrata, pues la bolsa aflojaba de tal manera, que en breve tendría que pedirle a su fiel carnicero, un bocado primero, y un venablo como protección después, porque seguro que su Tizona quedaría durante un tiempo empeñada sufriendo por estar tan mal acompañada.

Al medio día y después de la caminata, como era costumbre se dirigió a ver a su amada, aquella taberna que todo lo tenía y nada le daba.

— Buenos días tenga vuestra merced.

— A la paz de Dios y que no falte.

— ¿Os sirvo lo de siempre o consideráis esperar a que venga otro cliente?

— Últimamente escasean miuras y celosos, así no hay quien infle el zurrón. Por esperar puedo y espero, pero no es cuestión que os ocupe la mesa sin dar algo por ello, de manera que aunque ando flojo, servidme un buen vino, que estoy de antojo.

— A primera hora os vino a ver vuestro protegido.

— ¿A quien os referís?.

— A vuestro amigo Don Francisco.

— ¡Vaya por Dios!, ¿traía buena o mala cara?

— Cabizbajo, como un toro destronado.

— ¡Pardiez!, si es así, seguro que habré de verle otra vez, ponedme el caldo, que el ingenio y talento de la divina inspiración a veces llega por sí sola, y otras con un vaso y devoción.

Saboreó un poco de tinto para posteriormente coger pluma y el papel y sobre él, empezó a dibujar la caligrafía que tanto bien y mal hacía, según se leyera o interpretara quien fuera el destino de aquella dulce paradoja, que provocaba risas o llantos y otras…, espanto.

Cuando por fin consiguió centrar la atención en su labor, apareció el carnicero con cara de ternero degollado, o mejor dicho, antes del degüello, que una vez hecho el tajo, el animal ni siente ni padece, pero hasta ese final, sus ojos son el reflejo del alma.

— Muy buenos días caballero, hoy no os veo muy entero.

— Razón tenéis Don Ferrando, no me dice, no me habla y no me toca, si esto sigue así terminaré colgado de una estopa.

— ¡Pero que negativo sois!, ¿no os dais cuenta que vuestra bella doncella no puede ceder ni ná, ni un poco?, así pues tendréis que rendirla, hasta que ya no pueda con el toco. La estáis armando, pero de calentura amigo mío, mas pronto que tarde caerá rendida ante vuestros encantos, tened fe, mirad, observad, esperad,  tentad y matad, seguid esto pasos, y desfallecerá.

— No estoy tan seguro, ¿y si la indiferencia con la que me castiga, es la paciencia del verdugo?

— No le deis mas vueltas, estoy a punto de finalizar vuestra última carta, aquella que romperá el silencio que ahora protege poniendo fin a vuestros desdichados días, con su adorable compañía.

— Pediré una jarra, a ver si cae Baco directamente de la parra.

El poeta volvió al trance, buscando las palabras que rompieran el escudo que Doña María había puesto a su corazón, tendría que hacer una auténtica obra de arte, para con mucha cortesía, obtener por fin la pleitesía con la que soñaba el enamorado varón.

Fruncido el ceño, perdida la mirada y jarra en mano, el enamorado seguía con el sueño, aquel que le permitiría rescatar a su venturada mujer y de una vez volver a desnudar aquella obra digna del creador, que entes suya era y desde una mala decisión, solo podía con la imaginación, observando el transcurso de la magna obra de su mentor, hasta que al fin, se escuchó:

— ¡Voilá!, con esta última carta se acabaron todos vuestros males, ahora debéis leer y entender los anales, porque entre otras cosas tendréis que averiguar si vuestra amada ojea lo referido o por el contrario estudia pacientemente el contenido.

— En cualquier caso, ¿cual es la diferencia?

— Indiferencia no puede haber, pero sí, un amor muy retenido, por lo que debéis cuidaos para llegado el momento, cuando ella no pueda más y haya agotado el aliento, ser consciente que os amarán hasta dejaros inerte en el mejor de los casos, y muerto si nos hemos excedido, leed pues.

Para no avasallaros con tanta fina, cursi y desmesurada palabrería, hoy me propongo demostraros mi talento con las matemáticas, por ello mi dulce doncella, sabed que os la doy toda, toda ella…

El Cateto

Hoy de geometría va la cosa, puesto que vuestra merced, del sino, no quiere saber ni en prosa.

Sabed pues que un triángulo es un polígono de tres lados. Pitágoras hombre sabio donde los haya, creó un famoso teorema que lleva su nombre. Con este tema que hoy nos ocupará, hablaremos de grados por todos los lados, ya se verá.

Dibujad un hermoso poliedro, para darle algo de dimensión, que así será mas fácil explicar en esta ocasión. Ya de paso lo colocáis en pié, teniendo como resultado que a la superficie apoyada llamaremos…, base. Fijaos ahora hermosa dama, porque tocaremos la hipotenusa del cateto en esta trama.

¡No penséis mal, os lo ruego!,  ¡el cateto nada tiene que ver!, es el ángulo el que hay que medir, para estos menesteres os tendré que pedir algo extraordinario, pero que como ejemplo, es lo primario. 

Abrid vuestros ángulos, y fijémonos en la hipotenusa, ¡si ahí, justo en el vértice!, siendo esta la unión mas alta de ambos, ¡Ahí, ahí!…

Ahora dejemos al cateto que haga su trabajo, desde arriba hasta abajo, así hallaremos la superficie, y calcularemos también la temperatura.

¡Perdón, perdón señora!, que se me iba la cabeza, con tanto cateto y tan largos lados, a veces uno no sabe lo que reza.

Andábamos con la tesitura de medir ambas piernas. ¡Pardiez!, perdón de nuevo, que la imaginación se me desborda a base de tanta hermosura, siendo complejo este teorema, que de sexo nada tiene y sin embargo sale el tema.

Intentaré centrarme en el cateto de la hipotenusa o la hipotenusa cuando ve el cateto en el vértice de isósceles. ¡Rediós que me pasa!,  la fiebre me la está jugando, ¿o son los calores tempranos los que me están matando?. 

Siendo hoy el primer día de clase, viendo que las cuestiones que nos ocupan se me van en cada fase, os libro de medir los lados, para entrar en otros temas, igual de ardientes y mas salados.

Así os dejo, sola en la clase pues no puedo seguir teorizando la geometría sin estudiar la vuestra, esperando que algún día estrenar la muestra.

Una vez leído el mensaje que pondría fin a su triste desatino, el prudente carnicero leía y releía para saber ¡que coño aquello decía!, hasta que el creador de aquella magna carta, le dio el suficiente aliento para estar mas atento y entender aquello que ahora no lograba comprender.

— Veréis mi querido amigo, entiendo que dudando estéis, mas podéis cumplir tranquilo, pues esas letras son vuestro abrigo. Coged la esperanza que ahí os dejo, y no sigáis titubeando, os garantizo, que esta vez no será granizo el resultado de la cosecha, serán los rayos del sol los que os cobijen la mecha.

— Don Ferrando, no dudo de vuestra intención, mas estáis demostrando tanta devoción, que temo que mañana mi María cuando se de cuenta que ni hablo ni escribo semejantes fechorías, cambie de varas y de tercios.

— Me subestimáis Don Francisco. ¡Jamás, vuelvo y repito!, ¡jamás traicionaría la confianza de vuestra merced!, con ello demostráis no conocerme, pues si hay algo a lo que tengo apego, es a la amistad, que pocos dedos tengo, y sin embargo, faldas ni os cuento.

— Me mal interpretáis caballero, quizás no supe expresar mi sosiego, no es por vos, es por el miedo a perder aquello que amo con tanto anhelo.

— Pues marchad y no tengáis mas temores, que a fe y ciencia cierta os digo, que cuando vuestra amada os rinda pleitesía, deberéis aguantar los machos como en  Flandes, y hasta la muerte llegar antes de entregar la bandera, pues ese si, sería vuestro propio paredón y ya no habría solución.

— Aquí hay toro, de eso no debe preocuparse, y del resto… ya veremos.

Finalizada la conversación, ambos y de un apretón de manos, sellaron su condición.

El que utilizaba la poesía para ayudar con maestría, a aquellos que de verdad necesitaban del consejo y secretos de la amatoria, decidió tomar a Baco con armonía, tanto que bebiendo directamente de la jarra tuvo un sueño de marras, que le decía que su deseo se cumpliría, pero que del carnicero, no encontraría pieza entera ni el el cementerio.

Supuso que el efecto del caldo comenzaba a dar sus frutos, así que al rato y sin mas preámbulos, se retiró a su posada, evitando el exceso de humores para el día siguiente, siendo así consecuente y evitando los rumores de alguna que otra retorcida mente.La

Algunas frases propias

Las emociones son como el alcohol, embriagan de tal forma, que a veces te impiden ver y sostener la libertad.

La sabiduría es la savia de los años. Empieza a dar jugo desde que naces y se mantiene viva en otros con la muerte. Es nuestro alma.

Los que manipulan la historia conscientemente, atentan contra los derechos y los principios de la humanidad.

Obsérvate muy a menudo en el espejo. Si sabes mirar y observar en el interior de tus propios ojos, te verás a ti mismo.

Si defiendes los Derechos Humanos siguiendo los criterios de los partidos políticos, nunca serás libre para decidir, otros lo harán por ti.

El que alude a los Derechos Humanos para protegerse y no lucha por el de los demás, no es digno de ellos.

Cuando “todas las mujeres” tomen conciencia de su valor y luchen por la igualdad, ¡pero todas!, descubriremos la humanidad

Es paradójico que todas las que tienen esa igualdad, no se revuelvan contra aquellos que la eliminan en oriente.

Hoy me inspira el sol de este amanecer teñido de rojo pasión, ¿quien puede soportar sin sucumbir a su corazón?

¡Hacedlo con pasión!, os lo ruego, así al menos volaré, disfrutando y sintiendo el dulce tacto y aroma de tu boca, mientras llego al cielo.

Son tus ojos los que añoro, el carmín de tus labios que tanto anhelo los que me aturden de tanto deseo. Vuelve a mi, al corazón que tanto amor te dio, y dime…, dime algo, ¡por Dios!, ¿no os días cuenta que de amor muero?.

Al son del baile de las hojas mientras se deslizan en el aire cayendo suave y dulcemente entre las manos de Eolo, contemplo la estación de la melancolía aleteando cual miles de coloridas mariposas , se van despidiendo de la primavera y verano, para languidecer en invierno.

Los días que amanecen soleados, solo se quiebran por voluntad ajena.

A veces duele decir tanto la verdad como al que la escucha.

La envidia nacida del amor y del odio es el centro de su fuerza y libera la peor de todas las energías, el mal de ojo.

El primer eslabón de la sabiduría, es reconocer el origen de tus propios errores para cambiar el rumbo de tu propio destino.

Hay programas de humor con los que al principio sonríes, pero cuando te has dado cuenta del fondo, ¡deprimen!

 

 

La Venganza del Altozano – Capítulo II

Capítulo II

Andaba Don Ferrando tomándose un tinto de Valdemoro en una de las tabernas de la C/ Mayor, solo, consigo mismo y sentado en la mesa, que por derecho de consejos y otros cortejos, había ganado a base de lengua, pluma y espada, cuando un fraile de negra sotana, de aquellos que te abren la puerta del paraíso, ese tan bien vendido, pero que nadie tenía prisa por visitar, se le acercó y sin decir nada, sentó sus reales posaderas en la otra butaca, aquella que estaba tan solicitada para negocios de muchas calañas, la que tercie, siempre y cuando la ganancia le permitiera seguir con su vida malsana.

— Decidme fraile, ¿a qué se debe la compañía de la Santa Inquisición?, o ¿hay algún motivo por el que deba ser juzgado y enviado al paredón?

— No es el motivo de mi visita Don Ferrando, hoy me traen otros quehaceres, entre ellos darle las gracias, puesto que hemos comprobado que nos ha enviado a otro que el perdón de Dios solicita, a base de flagelarse en el convento de San Francisco el Grande.

— ¿A quien os referís?, pues no creo conocer persona que en la vida tanto haya pecado para luego convertirse y a hostias redimirse. 

— Vuestro es el amigo al que con amor hemos recibido, mas intentamos que no apremie con tanta severidad el castigo, puesto que si así sigue, será él su propio verdugo, el que finalice sus penas por el exceso de devoción a nuestro Santo, sin que tal vez sea para tanto. Don Enrique lleva por nombre, antiguo colega de andanzas por tierras de Calvino y Lutero.

— ¿Don Enrique?, ¡pardiez!, que no es para tanto, un lío de faldas no será la causa del dolor que le aflige, otro será el motivo, y este lo desconozco, por lo tanto no puedo ayudaros en la búsqueda de tan cruel falta, puesto que las que yo conozco lo son, pero nada para fustigarse hasta perder la razón.

— Seguid así, necesitamos mas fieles con esa pasión, que nos ayuden a rezar y aclamar a Dios, para que con su bondad perdone a los personajes que se buscan la vida con la fusta o con la espada, con la pluma o con la lengua, que tanto daño hace a esta España, siempre en guerra y en el nombre del Señor.

Así sin más, de la misma forma que llegó y ocupó el lugar santo para unos, e infierno para otros, se levantó sin despedirse, rompiendo la costumbre del tabernero, que bien decía, aquí y siempre, hola y adiós.

Ahí quedó cabizbajo nuestro héroe, llevando su propia cruzada, siendo como era, amigo de sus amigos y ahora culpable por una mujer despiadada que dejó sin fuerzas al aprendiz de Tenorio. Aquella losa que ahora en la espalda cargaba, era demasiado pesada. ¿Por qué su amigo habría tomado una decisión de tanto sufrimiento, sabiendo que la mejor tesitura siempre ha sido un escarmiento?.

En estas llegó otro antiguo camarada y actual socio en alguna que otra justa de paga bien remunerada.

— Don Ferrando, ¡por Dios!, ¡vaya cara! ¿en que puedo seros útil para borrar de una vez esa profunda cicatriz que tanto os atañe, y no os deja disfrutar de la bolsa que tanto amañe nos ha costado, sin caer ni heridos ni apuñalados?

— Un profundo malestar remuerde mi conciencia Don Julián, no hay nada mas duro que fallar a un amigo dejándole morir como un animal.

— ¡Vive Dios que es imposible de vuestras manos!, os conozco en las buenas y en las maduras, en las bravas y en las putas, por crudas que se tercien las cosas, jamás dejáis a un colega, menos aún a un amigo, pongo la mano en el fuego y firmo como testigo.

— Si os dijera que es cosa de mi ciencia, de los consejos que a veces me piden y doy con sumo placer y paciencia, pues nadie es mas agradecido que aquel que conoce el hambre y de pronto le das todo aquello de lo que ha carecido, permitiéndote ver el cambio de su semblanza, a medida que llena la panza.

— Vuestras enseñanzas en terreno de mozas son bienvenidas aquí y después en las chozas. Siguiendo esa sabiduría que con tanto celo dais, no hay mujer que se resista, salvo que el problema sea de vista.

— Hoy he escrito unos versos, que quizás os gusten, no se me ocurre otra cosa, que un réquiem a la vida.

Siendo joven amé. ¡Si!, amé la vida,

la fuerza de mi juventud no me permitía

ver más allá del amor que sentía.

Avancé en años y en sapiencia,

aprendiendo a base de hostias

gracias a la cultura y a la ciencia.

En Cristo siempre creí,

por su valor, por su entrega y por sus cojones,

¿quien mejor que aquel que los pone en los fogones,

para protegernos, perdonarnos sin pedir un puñetero maravedí?

Y aún hay descreídos, cretinos todos ellos, ¡idólatras de su propia egolatría!,

que anteponen sus propios criterios

a la bondad y armonía de los cementerios

robando, asesinando y mancillando al que creó su rebeldía.

Mas os juro que de estudiar no he parado, esperando entender

toda la fe, la mía y la de  los paganos,

la de aquellos que no creen, ni dejan creer.

Propietarios de la verdad,

asiduos de la mentira y la vanidad,

¡dejad a los demás que vean su realidad!

Chorizos, mangantes, cuatreros, sinvergüenzas, ¿que mas podéis robar?

¿No tenéis suficiente con la esperanza,

y la miseria que cubrís con vuestra puñetera panza?

Un altar, un cuchillo y el chilán, esta vez si estará justificado que os hagan rodar.

Y es que me duele el alma,

porque quiero seguir amando,

la vida como antaño, que no se vaya volando,

que siga dulce, amable, cariñosa y en calma.

— ¡Rediós! el religioso os ha ganado por la mano. Os faltan unos tintos, unas justas y se os pasa el problema volando, aquí esquiva y con la otra dando, a mamporros o leñazos y si se tercia, a besos, abrazos y arañazos de alguna joven doncella, que os eclipse el corazón eliminando vuestras penas con dos buenas razones, durante un par de días el dolor se irá de vuestros calzones.

— Vamos que no es para tanto. Es la sotana del fraile que trae las noticias según le baile, ya veréis como en un rato, todo queda por ser un problema del aparato.

— ¡Jajajaja!, ya me parecía a mi, no era posible que vuestra gallardía y entereza quedaran tan mal por el verbo de un traidor a Dios, vestido de sotana que siguiendo sus costumbres, tortura por la tarde o por la mañana, con la misma frialdad que nosotros nos deshacemos de los protestantes, zanjando cuestiones a espada por delante.

Poco a poco, el vino se llevaba los remordimientos, empezando el día como debe ser para tal jerarquía, que de tantos muertos y guerras vividas, no les quedaba otra ilusión que recibir la muerte de un brazo certero, de esos que con un solo toque caes de una pieza y entero sin saber qué ha pasado, si es el vino o verdes te las han segado.

En estas apareció otro no esperado, pero bien recibido, puesto que en muchas y enumeradas ocasiones, habían llenado el cinturón de los pantalones, debido a la gracia del carnicero, que cuando venían malos los tiempos de la bolsa, siempre tenía en cuenta a los soldados de los tercios, dándoles algo qué llevar a la boca, aunque fuere sin dinero.

— ¡Don Francisco!, qué alegría el que nos faltaba para acabar en alguna almadraba y en buena compañía.

— Señores, agradecido me siento por su bienvenida, pero no es momento para caer en otro cerco, ni aun siendo en una sociedad como esta, sería la excusa perfecta de mi María, no está el horno para bollos, si me trinca, aún puedo pasar más hambre que vuestras mercedes en Flandes.

— ¿Qué os ha ocurrido para venir tan inapetente de gloria, Don Francisco ¿es la memoria?, ¡por Dios, vaya día!.

— En absoluto Don Ferrando, son los ardores que causan los amores que no son correspondidos. Mi esposa está de uñas, pues se dice por ahí que en buena compañía me deje unos buenos maravedís, y no es así, de tal forma que alegando el destrozo, no me deja tocarla ni acercarme, imagínese el resto.

— Eso se arregla con buenas palabras y en armonía, no hay mujer que permanezca insensible a unos versos, menos si viene de alguien como usted, tan apuesto.

— Para poemas estoy yo, sin dormir llevo una semana esperando que mi compañera me de la ración correspondiente, y me la da, créame que me la sirve, con uñas y dientes.

— ¿Si tenéis asegurada la cena, qué más podéis pedir?, ¿no es suficientemente amena?.

— Veréis mi fiel amigo, creo que no me he explicado correctamente y por eso no me habéis entendido, la ensalada no es de verduras o de frutas, ¡es de hostias!.

— Ahora sí, aún así sigo pensando que con unos verbos, pero escritos, para impedir que os sacudan mientras los recitáis, y mas tarde le de tiempo a releerlos, vuestra esperanza aumentará, y ella tornará ese odio que tanto daño le hace, por la pasión que necesitáis.

— ¿Vuestra merced cree que funcionará?

— Es de esperar, no obstante qué tenéis que perder?.

— Razón tenéis, pero como no sea de vuestra pluma, que de estos menesteres ando corto y manco, escribir no es mi punto fuerte.

— No os preocupéis, dadme unos minutos y os lleváis la prosa, pero recordad que es vital que la entreguéis con esta flor tan colorida, que nada tiene que ver con una rosa, pero bien sostenida, vuestra amada no podrá hacer absolutamente nada.

Mientras los demás compañeros en vinos y risas se inundaban, Don Ferrando escribía como él sabía, tocando siempre el cariño, el esmero y lo mejor de la lozanía.

— Aquí tenéis, dejadlo en su almohada cuando os marchéis, pero siempre en compañía de esta bella planta, recordadlo bien, pues de ello depende que esta noche tengáis suerte o en la calle os encontréis de repente. Leedla antes, debéis ser consciente y que el exceso de amor no os lleve a la muerte, no quiero ser yo el culpable, puesto que suficiente tengo con la carga de otros muertos y los enterrados en vida.

¡Guapaaaaaaaa!!!!:

Hermosa, firme y de amor llena. Además simpática, pero cuando quieres, ¡que lo da la tierra!.

Y ahora en esta semana, quisiera verte por la noche y por la mañana,  con repiques de campana, demostrarte con pasión que el que escribe, es la mejor solución.

Con tu adorable y grata compañía, seguro que las tardes se hacen cortas,  las noches largas y las mañanas, ¡Ay las mañanas!….

Cuando sonríes dulzura tu mirada lleva impresa, cual anthurium de roja hoja, tierna y dulce, suave y rosa, que a vos os gusta e interesa.

Y del tallo amarillo, ¿que hacemos?, ¡pardiez!, si no conocéis semejante flor, mirad en muestra almohada, y decidme qué he de hacer para ir de visita y volverte a conocer.

¡Vaya toalla!, selectiva, sincera y esplendorosa, cuan duro me ponéis el gualda destino, que así…,  así no puedo seguir tratando a mi sino.

No obstante para cuidar las formas y que vuestra merced no se espante, a partir de ahora…, yo iré por delante, andando con paso firme y con esmero, mientras vos, mi dulce doncella, disfrutáis del bello balanceo de este ternero, pues al menos así no tendré que ver vuestro garbo y luchar contra el diablo para que deje de tentarme.   

Pero también os digo…, que yo sí me dejo, pues lo contrario, sería descortés y para un mal hablado…, un pendejo.

Y con esto me despido, del sueño de un amor herido que de vuestro tesón sabe, pues viéndote cada día mas morena y celosa, ¡me duele, me duele mucho la cosa!

Bien seguro estando, que después de esta os estaréis carcajeando, me despido de vuestra merced, esperando que tanto dolor se me pase, pero no con el tiempo…, que sea rozando.

¡Madre del Amor Hermoso!, si le entrego esto vuelve a hacerme su esposo o acabo en el foso.

— De eso se trata, si no dais en el clavo, seguro que no volvéis a sufrir, simplemente…, os mata.

— Pensaba que la muerte me llegaría de otra suerte, con los menesteres de la pasión y del amor, y no con el estoque de un cuchillo o una espada.

— Id tranquilo, pues mañana disfrutaréis de la vuelta al ruedo, feliz de la azaña de la importancia de un buen credo.

— Creo que tenéis razón en cuanto a los honores, espero no sea yo el que ruede tirado por los caballos.

— No seáis pájaro de mal agüero, que sois todo un torero.

— Eso espero, mañana sabremos quien ha pasado por la guadaña, el toro o el de la muleta,  todo por la meta.

Así, sin más nuestro amigó se despidió, rogando a Dios que intercediera como quisiera, pero que no le faltara el amor de su vida, sin él habría perdido la partida.

— ¿Vuestra merced está seguro del contenido de esa carta?, porque un fiel servidor cree que a nuestro carnicero le van a degollar pero…, con mucho  esmero.

— Mi ciencia hasta ahora no ha fallado, esas letras que salen de mi pluma y mano, llevan el mensaje escrito a conciencia y a su subconsciencia,  ese que distrae a una dama desde la tarde a la mañana sumida en sus ilusiones, perdida en el paraíso de la ficción de su propia imaginación, pensando en el contenido y el peso de dos buenas razones.

— Visto de esa manera, me atrevo a asegurar que el éxito de nuestro afamado carnicero, será conocido en el mundo entero, pues bien se sabe que su María los tiene bien puestos. Si sale bien el asunto, nos llevaremos un disgusto, pues no quedará de él ni para hacer un llavero. Si por contrario sale mal, al menos nos quedará el consuelo de haberle perdido en la lucha con tanto esmero.

— ¡Pardiez que sois positivo!, según vuestra manera de ver es mejor que las ensaladas sigan siendo de hostias a raudales, porque si triunfa le van a dejar sin manantiales. Sabed que el fracaso sería su muerte en vida,  que siendo como es, mejor que se vaya con un sonrisa que sin prisa.

— Sois propietario de la razón en cada momento, pero por vuestro bien espero, que si vence en los lances y desaparece con la mirada sonriente y extraviada, que luego no vengan arrepentimientos, que no os dejan dormir por tantos tormentos.

— Ya los tengo y no duermo, ¿qué más da sumar, que sea suficientemente digno como para que un amigo se vaya al otro lado tumbado, de costado, en cuclillas y empujando con pasión hasta reventar el corazón?

— Ya quisiera para mi ese castigo, si funciona os pediré el testigo.

Así pasaron la tarde hasta finalizar la noche, cantando al vino y al amor, soñando con el éxito de aquellas duras justas que antaño habían mantenido, en tierra seca o mojada, allá en su añoranza y siendo sabedores que en su vida, les faltaba la esperanza de volver con ventura, de cualquier de aquellas crueles guerras, que en el nombre del rey y de España, seguirían donde fuere hasta encontrar la suerte de enfrentarse a la misma muerte, con destreza y cojones o entre vinos y fogones, esperando que el destino les diera un dulce final.

Saliendo ya de la taberna, ambos, escorando de babor a estribor, intentando mantener la posición en mitad de la galerna, tanteando el suelo con las manos y por igual con las piernas, aguantando estoicamente aquella batalla que con Baco habían librado, sujetando los vasos cual espada a punto de dar la final estocada, cayeron al piso, y en aquella lucha en desigual enlace, allí mismo tiraron la toalla, rindiéndose al deshonor por haber perdido las agallas.

— Don Julián, ¡hip!, no hay guerra que el dios del vino pierda, fijáis como andamos, ¡hechos una puñetera mierda!

— ¡Hippp!, no habléis tanto, mantened las fuerzas, que aún nos queda llegar a la paz del descanso en el catre.

Y así de lado a lado de la calle, aguantando la tormenta y el chaparrón, se despidieron.

— ¡Hip!, vaya usted con Dios.

— ¡Vuestra merced primero!, que es un caballero, ¡hip!

La Venganza del Altozano I

La venganza del altozano

Don Ferrando, hidalgo apuesto y rudo, es antecesor de Don Juan Tenorio, y por sus periplos en tierras de Países Bajos, Florencia, Génova, Venecia, Sicilia, y Saboya, de Casanova. Hoy a sus treinta y cinco años harto de picar, suele visitar en la calle Tudescos un lugar por soldados bien conocido, el famoso Mesón de la Tinaja donde suele ir de rondas con sus amigos y viejos camaradas . Estos en ocasiones le solicitan consulta, y muy en especial, si hay faldas complejas que lidiar, pues hablan las malas lenguas, o las buenas, según tercie el interés, que no hay moza en España, que pudiere resistir sus encantos, no por guapo, sino por su lengua y pluma que le hacen atractivo con y sin motivo.

Hombre enjuto, rápido de movimientos y muy bien encorsetado, hecho en mas de mil crueles batallas, de espadas, guerras y muchas posadas, según se dice, posee en el fondo un buen corazón…, pero muy en el fondo.

Don Enrique, alma permanentemente en pena y fiel compañero y amigo de Don Ferrando pide consejo, a ver si puede, de alguna vez empezar un buen cortejo. Y así  transcurre y discurre la conversación y la historia:

— Y dime mi buen amigo. ¿Qué osa molestarte que tan preocupado os veo? Pues sabed que no por callado es necesario ser tonto, y que un buen oído vale mas que un riñón.

— No es menester juzgar ni el contenido ni el contencioso, que para líos, ya no está mi cuerpo, aunque puestos…, hasta el catre.

— ¿Catre?, ¿y esa es la raíz del problema?

— No mi querido amigo, el catre no es la cuestión, es el corazón, que no me cabe en el calzón, y es necesario indicar…, que está a dos tientos de sufrir una grave irritación.

— !Pardiéz que el problema torna grave!, pero hay fácil solución.

— !Fácil!, lo que se dice fácil, lo será para vos, que sois hombre de buenas palabras, verso y prosa remunerada.

— Pero D. Enrique, que de poeta, poeta, solo al comienzo, y siendo cuestión de bragueta, que una vez entrado en discurso, prefiero la prosa, pues con algunas groserías, se pone mucho mas hermosa. Sabed que el catre no es matemática, pero si ciencia y que a vuestra merced con un pequeño curso, no os faltará ni cita, ni audiencia.

— Buen humor nunca os falta D. Ferrando, y en especial con carne ajena, pero cuente, cuente y póngame al día con ese curso, que me pierdo la cena.

— Unos pequeños consejos, y luego un periodo de entrenamiento, que ahí está el sustento. Debe empezar por olvidar la vergüenza, andar erguido y parecer sin serlo…, un sinvergüenza. Esto no es tarea de diez minutos, pero empecemos.

— Supongo que nos llevará un buen tiempo, a ver si con tanta formación en breve cae un batallón.

— Pronto y bien empieza D. Enrique, que en la caza mayor, tan necesario es el humor como la compañía de un buen altozano.

— Pues a por el altozano  y que me venga de mano.

— Al porte y la desvergüenza debe añadir la etiqueta, y ésta, clara y concisa, y que se note la piruleta.

— !Coño, D. Ferrando!, que armado estoy, pero llevo daga, y en este terreno la pica no es viable, que para marcar, marco, ¿pero y luego?

— Si lleváis daga, simulad una espada. Luego Dios dirá, utilizad vuestra cordura, saber e inteligencia con un toque de zorrería, humor, un par de versos, y ya entrados en calor, mucha prosa, agua de Lanjarón y limonada de Moya para vuestra merced. Para ella, algunos mejillones, almejas y un buen vino blanco, que abre el apetito, y a veces con espanto.

— Ya tenéis  la receta, de manera que ahora os toca tirar de la carreta.

— Muy bien D. Ferrando, y hasta pronto, espero que este curso esté bien probado, y que el corazón por fín rompa la carestía, que el hambre acucia y a esta paso, termino con la malvasía.

Pasaron los meses y D. Enrique no aparecía, este motivo era de preocupación, pues no tenía noticas ni sabía de su paradero desde el curso de formación, por lo que a las dos semanas, y haciendo agravio del bolsillo, se dedicó a visitar todas las tabernas de la ciudad. Mira por donde, en esto que paseando por la Calle Mayor y camino de Casa Botín, apareció como alma que lleva el diablo.

— Pero  D. Enrique, !pardiéz! que no se nada de vuestra merced desde la antaña formación y andaba con suma preocupación. Pero si estáis como la bota de vino después de las viandas, escurrido y chupado de frente y de lado. ¿Cuantos días lleváis sin probar bocado?, pinta tenéis de haber dormido mucho tiempo al rocío.

— No me hable vuestra merced, que ando buscando escondite, que por tanta chanza, ya no me queda ni pito ni panza, y ahora estoy en busca y captura y a Dios rogando para que no aparezca ni se repita la escena.

— ¿Pero que me decís caballero, es que no os han ido bien mis buenos consejos?. ¿Que avatares os han tenido tan lejos de vuestra cotidiana vida?,¿Habéis entrenado y entrado en materia?

— Si no es por vos, creedme mi querido y buen amigo, es por la fortuna que tengo, que andaba buscando jaula para un buen pájaro y me encontré en la jaula y el pájaro atado.

— Amigo mío, os garantizo que no era mi intención haberos metido en semejante  lío, pues a Dios pongo por testigo, que solo pretendía enseñaros a conseguir algo de trigo.

— Vuelvo y repito que no es culpa vuestra, pues no encontré el límite en la meta, que por doquier os juro que he disfrutado de vuestra receta. Pero es de Ley,  saber parar buscando el equilibrio y en consecuencia, por abusar de la suerte, un buen altozano, no me dejaba ni el pié ni la mano, y no digamos  la bragueta.

— Pues bien os viene entonces esta experiencia, que la calle es la universidad, y lo que te llevas…, la renta.

— ¿Renta?, !madre de Dios!, ¿así llamáis a la tormenta?

— Relajaos, que después de la tempestad llega la calma.

— ¿La calma?…, será la de los muertos, que a este paso, me deja en los huesos y sin alma.

— Que no hay mal que cien años dure, Don Enrique.

— !Por Dios!, ¡ni cuerpo que lo aguante!

— Mirad que sois exagerado, ya será para menos, habréis de aprender que con las damas, hay que ser mas considerado.

— Pero Don Ferrando, si no es problema de consideración, es que si sigo, el cura tendría que haberme dado la extrema unción. Pero como vos me habéis dicho, y en aprender soy muy ducho, la próxima vez me tocará con cuidado estudiar el cuerpo del que temporalmente me habré de apropiar.

— No es menester que os culpéis, pues os garantizo, que unas veces llueve, y otras cae granizo, y para ello un buen sayo y hasta el cuarenta de mayo.

— Razón tenéis, en cuarentena me habré de poner, y buscar alguien que mientras espero,  me haga de cena, mero y cordero.

— !Pero hombre de Dios!, contad, contad que me tenéis intrigado y a ver si os puedo ayudar, siempre y cuando sea de vuestro agrado.

— Complicado lo veo, a menos que no os importe servir una temporada de señuelo, hasta que el tiempo olvide el chance  y de lágrimas seque el pañuelo.

— ¿Señuelo?, explicadme, pues algo se me escapa.

— Veréis, seguí a pié y juntillas vuestros consejos, todo iba a las mil maravillas, pues ese mismo día empecé con las prácticas, allá en las pedanías. Era salir, coser y cantar, que siempre había una buena moza esperando el yantar.

— Pero…, y entonces, ¿que ocurrió?, que me tenéis in albis.

— In albis estoy yo, que de tanto hambre que había padecido, no supe poner final a las viandas y en consecuencia ahora tengo que andar cabeza abajo, en agosto con sombrero de ala ancha y bigote recortado, pues me persigue un buen altozano, con cadena y candado en mano.

— No me digáis mas, por lo que veo, disteis con otra que tenía un corazón mas grande que el vuestro.

— ¡Ay si os contara!,  y qué siniestro, encerrado y encadenado me tenía en la bodega, dándome todos los días, buena cantidad de zumo de Moya y agua de Lanjarón, para que no bajara el volumen del corazón. Y para que no decayera, además me obligaba a comer como a un buen mozarrón y mire, mire vuestra merced en que me he quedado.

— Durante el día mientras el descanso la obligaba, yo no dormía, pues buscaba salir como fuere de tan brutal prisión, y por la noche, después de la campiña, o mejor dicho batalla, caía rendido hasta que volvía otra vez con el zumo de Moya y el agua de Lanjarón. Días enteros lamentando haberos hecho caso, pero al final y gracias a Dios, encontré la solución, pues se quedó sin remedios para mi corazón y no tuvo otra, que dejarme salir a por la receta, por lo que aproveché y cerrando la bragueta, salí corriendo como alma que lleva el diablo, hasta este momento que a Dios gracias me habéis localizado.

— Pero D. Enrique, si es que en todo hay que tener soltura, porque cuando se da con un toro, o matas o mueres, ese es un problema grave de mujeres, que cuando la plaza es grande, hay que pedir ayuda al primer andante, y salir por peteneras.

— Visto lo visto es mejor el celibato, que un te pillo y aquí te mato,  que para toro ya están los de Miura, que no soy nadie sin orejas y rabo, por lo que partiendo de ahora, me meto a cura.

— Ni tanto ni tan calvo, que vuestra merced es un hidalgo, que con un descanso, ganará mucho mas que rezando. Y…., para la próxima, anótese un tanto, que en esta vida tanto monta, monta tanto, vuestra merced o el altozano. Mas grave habría sido si vuestra doncella, no fuera bella, y puestos a monserga, hablad con ella con buena jerga.

— ¡No D. Enrique!, mas quiero vivir y seguir viviendo, en clausura en un buen convento, que a base de rezar hay buen sustento, que en estos casos mas vale el pájaro encerrado, que ave en cazuela. 

— Pero no sea tan severo, que una experiencia como esta la hará mas entero y a ciencia cierta, mil veces mejor que la omertá.

— Adiós D. Ferrando, que vuestra merced disfrute de sus encantos, que ya tengo bastante espanto.

— Adiós D. Enrique, espero que vuestra merced no vaya a tal residencia, pues el remedio que habéis buscado, carga mi conciencia y me vería obligado, a recluirme a vuestro lado, pues no quiero ser el culpable por haberos ayudado a conocer la ciencia de mi experiencia.

— Id con Dios Don Ferrando, que vuestras enseñanzas han sido buenas, mas no el enseñado, que no supo poner fin a la lozanía y de paso, ni os sintáis mal ni desolado, pues hincharme hice y de muy buenos bocados y ahora toca, lo que toca, hambre de lozanas y a pedir con la mano, para que no vuelva a repetirse, la venganza del altozano.

Relatos históricos, irónicos y sarcásitos de los que soy autor