LA POSADA DE…

Encarna y la posada. Capítulo III.

En cuanto me dijo que la habitación estaba reservada para el maestro de los vehículos de transporte agotaos hasta la extremaunción, pedí ir a descansar, que mañana comenzaba el periplo por tierras de Lerma, como base principal y desde Burgos a Madrid la obra, en algo

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Encarna

que jamás había ni visto ni oído, fabricar gasoductos y por aquellos tiempos, esta pluma no sabía si el gas venía de las botellas de butano, del supermercado o canalizado por tuberías.

Encarna como buena anfitriona y propietaria de tan especial lugar, ¡perdón!, por aquellos años sus padres Eufrasio y su querida madre Esperanza, quien siempre estaba ahí, desde el canto del gallo hasta el final, me llevó hasta la puerta que debía abrir si quería dormir en sitio cubierto y

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Olvido, Encarna y Esperanza

seguro, así que dándole las gracias a la vieja usanza… -¡Muchas gracias Encarna! –Entré en la que sería mi casa durante unos cuantos meses, siete para soñar y un parto natural en su tiempo para estar, ¡que ya es decir!

Tras haber colocado toda la ropa en el armario, al estilo de mi mano, ¡claro está!, es decir, tirado en el interior, ¡pero bien organizado!, bajé a cenar y a tomarme una bicicleta sin pedales, que para esos, tiempo tendría por delante.

Música de moda, ¡de la época!, por supuesto en el bar, pub, cafetería, restaurante y pensión IMG-20160830-WA0005y un quinto, que así tardaba más en tomar los tres tercios, ¿de Flandes?, ¡no! ¡de chela bien al polo!, como dicen en la Patagonia, cerveza muy fría, ¡eso es!, finiquité la cuestión y a la cama como todo un campeón, solo, por supuesto, que no traía contraria, como se cocía en los madriles de Cuatro Caminos y Carabancheles de entonces, que mañana sería toda una experiencia.

Con la primera luz del día tocó diana, a toda mecha un café con la leche adecuada, unos bollos y a correr con pantalones cortos, bermudas beis clarito inmaculado, deportivas blancas y polo blanco, que el enchufe debía ser como un edificio de grande.

Llego a la base, por aquellos entonces no decía una sola palabra mal sonante, y veo que allí lo más educado era, ¡Me cago en D…!, ¡ay va la hostia!, ¿pero esto que es?, y encima los allí presentes de tierra y barro hasta los dientes. Vista la primera impresión y con la confianza de que seguro me habría equivocado de base, pregunté al primero que se acercó.

-¡Buenos días!, disculpe, sería tan amable de indicarme dónde están las oficinas de la empresa que hace el gasoducto?

Educado siempre fui, ¡eso creo!, pero aquel personaje me miró de arriba abajo, como si de pronto hubiera aparecido un extraterrestre de algún mundo perdido, tomó aire, sopló, resopló y cuando parecía que iba a perder la paciencia…

-Me llamo Jesús, ¿quién cojones eres tú, te has caído de un ciruelo o qué?, ésta es la base de dónde partimos al tajo. ¿A quién buscas?

Lo que son las cosas de la vida, ese personaje luego sería mi mentor e introductor en el mundo de la micología y para colmo mi protector, pero la primera impresión fue terrorífica, tenía el pelo tieso del polvo, no distinguía el color del cabello, en aquel momento podía ser rubio, blanco, cobrizo, ¡a saber!, y su lengua, ¡vaya formas tenía el caballero!, me acordé de mi madre, educándome desde niño para ejercer con talento el buen verbo, incluso me había puesto guindillas en la lengua por decir palabrotas y ahora estaba en el núcleo de la fabricación de ellas, ¡vaya tela!, qué vueltas da la vida.

-Encantado Jesús, busco a Angel Cotta, un ingeniero de pruebas hidráulicas, ¿sabría dónde puedo encontrarle?

-¡Jajajajaja!, ¡no me jodas!, ¿tú eres su sobrino?, pero si pareces una bailarina en medio del campo, ¿dónde coño vas vestido así?, que esto es un gasoducto, no las terrazas de la castellana, pero da igual, así aprenderás más rápido, ¡jajajaja! Sígueme que te llevo a la línea. Coge esa mola y unos cepillos, estos días vas a destajo.

¡Mamma mía!, ¿dónde estoy?, eso es lo primero que pensé, pero siempre he sido aventurero así que tiré para adelante, cogí aquel trasto que pesaba al menos 10 kilos, los cepillos como recambios, unas gafas y un sobrero con un plástico abatible como protección de esos que usan los soldadores y a la aventura, que para miedo ya están los hospitales.

Suzuki Santana blanco, de aquellos que llevaban ballestas en lugar de amortiguadores y ¡hala!, sube que nos vamos.

El camino lo habían fabricado las excavadoras mientras abrían la zanja para introducir aquellos enormes tubos ya soldados en su interior, 26 pulgadas de, unidos entre sí mientras otras máquinas llamadas saibon, sayvon, o saivon, nunca supe cómo se escribíanconstruccion-gasoductos con saibon y la verdad es que no encuentro la manera de buscar el nombre correcto, para eso les dejo una fotito y se hacen una idea.

Como les decía el caminito se las traía, íbamos dando saltos como las pelotillas esas de goma que no paran cuando las sueltas en el suelo, con el tiempo y en uno como ese, casi mato desnucada a mi querida novia por el camino, cogimos un bache e hizo un bollo en el techo como los de los dibujos animados. ¡Vaya susto!

Llegamos al frente, ¡y no es para menos! Un batallón de gente protegida por todos los lados iba avanzando a toda prisa, unos limpiaban las bocas de los tubos, otros pasaban una radial para eliminar todo el óxido, conectaban la línea de enormes conductos dejando milímetros de distancia en las bocas, y los soldadores dale que te doy con su oficio según el perímetro del electrodo que utilizaban. ¡Vaya panorama!Currando en la línea

-¡Coge tus herramientas y repuestos y te pones a limpiar las embocaduras, que no quede nada de óxido ni de plástico, ¡recuerda!. Te recojo cuando finalice la jornada. ¿Traes algo de almuerzo?

Como se pueden imaginar ni almuerzo ni ná de ná, tan solo ganas de empezar para ver qué era aquello y qué se sentía trabajando a destajo, así que me callé para evitar que se volvieran a reír de mí, y a currar.

El trabajo era sencillo, un cepillo de púas de acero que giraba a toda velocidad y que había que pasarlo con un pelín de destreza sobre el vértice de la boca de los tubos. Al principio todo perfecto, iba aguantando la marcha como todo un campeón, pero empecé a notar que las púas se soltaban y se me clavaban en las piernas y brazos, hasta que alguien me dijo.

-¡Pero animal!, ¡cambia el cepillo, hombre, que te vas a despellejar!

Como es de Ley hice caso y empecé a cogerle el truquillo, a eso de las 10 de la mañana pararon para almorzar, y fue entonces cuando me di cuenta de lo que es un pardillo, qué hambre tenía, me di un paseo mientras los demás se ponían las botas hasta que por fin comenzó el trabajo de nuevo.

A eso de las 6 de la tarde finalizó el día, Jesús vino a buscarme para llevarme a la base, pero prefirió dejarme en La Posada de Eufrasio y ya de paso tomar una cervecita helada, que hacía un calor de mil demonios.

Cuando entró Encarna me miró un tanto extrañada, y claro no sabía por qué, hasta que en un espejo que tenía a mi espalda pude contemplar el motivo, ¡parecía un minero salido del agujero!, pero con pantalones cortos y un polo, los brazos y las piernas como la cara, negras como el tizón, así que me tomé el botellín a toda prisa, subí a la habitación y me duché hasta aparecer de nuevo detrás de toda aquella mugre de unas horas. Miré la ropa, ¡me la he cargado!, ¡caray!, ¡vaya enchufe que me han dado!, ¡joder!, ¡eso por espabilado! Y me lo tomé como hay que hacerlo, con mucho humor, que no hay otra forma.

Bajé al pub, ya no me miraban de forma alarmante, me tomé unas cervecitas hablando con la posadera y viendo una niña que tendría aproximadamente  10 años por aquellos entonces, su hermana.

A la mañana siguiente lo mismo, rayo de sol y en pie, pero no podía, me dolían hasta las pestañas, ¡vaya agujetas señores y señoras!, y acababa de empezar el trabajo así que pueden imaginar cómo estaba. Al bajar la escalera para ir a la cafetería a desayunar, iba un robot, bajaba despacio, de lado a lado, intentando evitar cerrar y abrir los párpados, porque hasta ahí sufría las inclemencias del primer día en mi vida a destajo.

Así estuve una temporada, que por supuesto no voy a narrar, cada día después del trabajo al mismo sitio, lo que hizo que aquella familia, padre, madre, hijas y el Espíritu del Santo que me protegía, fueran como parte de la mía, ¡lo que son las cosas!

No les voy a contar todas las anécdotas de esos nueve meses, tengo para escribir una novela de mil páginas y me quedo corto, pero sí algunas de ellas, las más curiosas, incluso de fantasmas reales en Lerma, pero eso, en el próximo capítulo de La Posada de…

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